Me gusta esa expresión deportiva: designa la situación en la que una persona aporta mucho por la falta de eficacia o de tenacidad de las demás.
La he visto funcionar en equipos de trabajo, cuando distintos miembros van adquiriendo protagonismos diversos, según transcurre la vida del equipo: ayer fue el momento de los creativos; luego, el de los visionarios; hoy, el de los cuantitativos; más tarde, el de los legalistas...
Así, en sus diversas etapas, el producto del equipo se va enriqueciendo con los distintos aportes pues, afortunadamente, para la profundidad y la amplitud de los productos del trabajo, todos somos diferentes.
El único que nunca debería echarse el equipo al hombro es quien ejerce la jefatura.
Si quien tiene el rol de jefe se ve obligado a hacerlo, es porque algo ha andado mal en su forma de escoger a sus colaboradores o de desarrollarlos.
Quien ejerce la jefatura debe intentar llegar a ser innecesario; esto es, debe procurar que el grupo de trabajo pueda lograr sus objetivos sin su presencia.
Cuando alguien se echa el equipo al hombro, muestra disposición a excederse.
No se concreta a hacer lo suyo, sino que siente responsabilidad por el trabajo de los demás. Su gesto evita que un grupo deprimido, frustrado, derrotado, baje la guardia y se encamine al desastre.
Con su ejemplo, hace que los demás miembros vuelvan a conectarse después de la caída temporal y a dar su contribución. Son los pilares de una familia, de una empresa, de una junta directiva, de un gabinete, de una facultad, de un país.
Algunos alardean de echarse el equipo al hombro. Otros lo hacen de manera silenciosa. Unos se quejan de haber debido hacerlo. Otros celebran la oportunidad de poder aportar más de lo que se esperaba de ellos.
Si somos de los que se echan el equipo al hombro, qué honor y qué responsabilidad; si no lo somos, apoyemos y agradezcamos a quienes lo hacen.