Algunas agroindustrias rurales que se instalaron para convertirse en polos de desarrollo regionales tuvieron un difícil arranque y todavía luchan por la consolidación.
En todos los casos nacieron con grandes expectativas y se las consideró la columna para revolucionar la producción regional.
Casos de este tipo son la planta aceitera de la Cooperativa Agrícola de Productores de Palma (Coopeagropal), en Laurel, Coto Sur; la planta de congelado de productos de la Cooperativa Agrícola Múltiple de Alfaro Ruiz (Coopagrimar) y la planta de Palmito de Coopegropal en el Atlántico.
Un caso más reciente es la Corporación Agrícola Nacional. Tiene una planta en Cartago y podría recibir pronto otra en La Chinchilla, parte alta de esa provincia.
El Gobierno de turno apoyó esos proyectos, ya fuera con transferencias directas de recursos, con el aval a empréstitos internacionales o con créditos en programas especiales, entre ellos el de Reconversión Productiva.
Sin embargo, el apoyo con financiamiento no es suficiente.
Los problemas de mercado, las dificultades para obtener clientes permanentes y la fuerte inversión que implica ingresar en mercados internacionales desestabilizaron el inicio en todos los casos.
La mayoría logró sobrevivir a esta difícil primera etapa y actualmente conserva la posibilidad de despegar y cumplir los objetivos iniciales.
Revolucionarios
En Alfaro Ruiz, los agricultores delinearon posibilidades de ir más allá en la comercialización de sus hortalizas y mejorar sus ingresos, en los primeros años de la década de 1990.
Tras algunos estudios se adoptó el modelo de congelado de hortalizas y se comenzó a buscar el financiamiento.
Los agricultores soñaron con colocar brócolis, zanahorias, remolachas y otros productos congelados en los grandes mercados... Era la revolución de la zona.
Hoy, la compañía está en la etapa de consolidación y busca convenios con otras grandes firmas privadas, lo cual le daría definitamente la estabilidad. Con el tiempo, llegarían las ganancias.
Así había ocurrido también en la zona sur del país, con la creación de la Cooperativa Agrícola de Productores de Palma (Coopeagropal).
Corría 1985 cuando se logró que el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) financiara la instalación de una planta extractora de aceite. El Gobierno avaló el crédito.
Los vientos de revolución productiva estaban en el sur.
En ese momento, los precios del aceite de palma eran buenos en el mercado mundial: tanto, que Coopeagropal pidió otros ¢800 millones para ampliar la planta y aprovechar otros derivados del aceite.
No obstante, sólo en el año de 1999 la cotización mundial cayó de $640 la tonelada a $255. Se vino el desgaste en las finanzas de la cooperativa y no se pudo hacer frente a la deuda.
Luego de una acalorada discusión, en febrero del 2001 el Gobierno accedió a readecuar la deuda para salvar a la industria.
El Ministerio de Hacienda avaló el crédito.
Coopeagropal está ahora en mucho mejor situación. Se vislumbran de nuevo los vientos de éxito. Así, hay propuestas para que esta firma, mediante un contrato de administración, se haga cargo de otra planta que opera y es propiedad del Consorcio Cooperativo Industrial de Palma Aceitera (CIPA), ubicada en Piedras Blancas de Osa.
Varios acreedores del CIPA (Banco de Costa Rica, Judesur y CNP) tratan de reactivar la planta industrial en cumplimiento de una sugerencia de la Contraloría General de la República.
El ente contralor encontró problemas de administración, pero avaló la influencia socioeconómica de esa agroindustria rural, que puede generar unos 3.000 empleos directos e indirectos.