En setiembre del año recién pasado nos anunciaron la edición por parte de la Real Academia Española del Diccionario esencial de la lengua española (DELE) . ¿Para qué este nuevo Diccionario esencial?, preguntamos entonces. Para reunir, en más del 80%, el “léxico vivo” y vocabulario común que se utiliza en España y América Latina con el propósito de convertirse en el “diccionario de cabecera del gran público”. El propio director de la RAE, Víctor García de la Concha, afirmó entonces: “Este diccionario sirve al gran objetivo de la Real Academia, cual es trabajar por la unidad del idioma”.
Entre los 54.000 términos del Esencial (frente a los 87.000 de la última edición del DRAE, la 22.ª, del 2001) se hallan algunas novedades, entre las que figuran voces como “abrefácil”, “autogobierno”, “bulímico”, “castrante”, “farde”, “internet” (con minúscula), “salvapantalla”, “desminar”, “digitalización”, “mulá”..., y dichos populares como “estar al loro”, “comer el tarro”, “vender la burra” o “vender la moto”...
En ese entonces, también, nos aseguraban que el DELE estaría a la venta en Hispanoamérica en marzo del 2007. Hubo un breve retraso de cinco meses, pero ya puede adquirirse en Costa Rica.
En el caso concreto de nuestro país –ya lo habíamos dicho– el DELE prescinde totalmente de los costarriqueñismos (CR), que abundaban en el DRAE, y mantiene únicamente los centroamericanismos (Am. Cen.), vocablos cuyo uso sea propio al menos de tres países del istmo. Así, por ejemplo, no registra voces tan nuestras como arracache (tubérculo), bombeta (engreído), chicha (enojo), güila (niño), miche (pelea), jupa (cabeza)... Sí recoge, entre otros términos –siempre como centroamericanismos (Am. Cen.)–, salveque (mochila), china (niñera), tanate (lío), maje (tonto)...