El Estado costarricense decidió premiar a dos héroes que dejaron atrás consideraciones sobre su propia seguridad o estado de salud y se armaron de valor para superar la adversidad y ayudar a los semejantes.
Uno de ellos es el cartaginés Christian Sanabria Jiménez, un cruzrojista de 32 años; el otro es un niño de apenas 6 años, José Arias Madrigal, vecino de La Gloria de Puriscal, San José.
Ante los malos pronósticos. Junto con sus compañeros de la Cruz Roja de Cartago, Christian Sanabria se dirigía a atender –en el 2005– una emergencia en Tejar, cantón de El Guarco.
En el camino sufrió un accidente tan grave que lo dejó en estado de coma durante un mes.
Tras recuperar la conciencia, los médicos más optimistas lo confinaban de por vida a la silla de ruedas, en la que –en efecto– pasó muchos meses.
Sin embargo, su voluntad, la fe y el tratamiento médico pudieron más que los malos pronósticos y Sanabria volvió a caminar para reasumir el cargo de analista de sistemas en el Centro de Cómputo del Instituto Tecnológico de Costa Rica (ITCR), de donde se graduó con el grado de maestría en Computación.
Fue después de graduarse del ITCR que Sanabria decidió capacitarse para atender emergencias. Incluso estudió Medicina tres años y hasta obtuvo un título de emergencias médicas en la Universidad de Costa Rica, el cual no pudo recibir en el acto de graduación oficial pues días antes había sufrido el accidente.
Sanabria aún vive las secuelas del accidente: sufre de pérdida de memoria y perdió cerca de un 40% de sus habilidades motoras.
No obstante, en cuanto pudo, Sanabria dijo “presente” para ayudar en nuevas emergencias en la Cruz Roja de Cartago.
“Lo que me pasó a mí es una cosa del destino y por eso, después de mucho luchar por mi rehabilitación, me integré nuevamente al socorrismo”, explicó ayer tras conocer que había ganado el Premio al Mérito Civil Antonio Obando Chang en su edición 2008.
Sanabria calificó como “un estímulo moral” el reconocimiento, que quiere compartir junto a sus padres, su esposa, Laura Rodríguez Elizondo, y su hija, Viviana.
Salir del precipicio. En cuanto a José Arias Madrigal, el otro galardonado, viajaba con su familia desde La Gloria hacia Santiago, Puriscal, en junio pasado.
Su padre, Giovanni, sufrió un ataque de epilepsia, perdió el control del automóvil y este se precipitó a un guindo, sin dejar rastros visibles desde la carretera.
Toda la familia quedó herida. El único con movilidad era el pequeño José, quien, aún con una herida sangrante en el cuello, subió la pronunciada pendiente y pidió ayuda a una persona que pasaba por la carretera.
Después del rescate de su familia, Arias fue operado y estuvo en cuidados intensivos, pero ya se recuperó totalmente.
Colaboró Fernando Gutiérrez, corresponsal en Cartago.