
El hígado graso se consolidó como una de las enfermedades más frecuentes y silenciosas del mundo. Especialistas de la Clínica Mayo, en Estados Unidos, señalan que esta condición avanza sin síntomas claros, pero puede prevenirse con cambios cotidianos. Entre ellos, destaca un hábito común: el consumo moderado de café.
El hígado cumple funciones esenciales para el organismo. Filtra toxinas. Regula procesos metabólicos. Protege al cuerpo. Sin embargo, rara vez emite señales tempranas cuando se daña. Por eso, cuando aparecen molestias, el deterioro suele estar avanzado.
La enfermedad hepática esteatósica asociada a disfunción metabólica, conocida como MASLD, ocurre cuando se acumula grasa en el hígado por alteraciones metabólicas. En algunos pacientes, esta condición evoluciona hacia una forma más severa llamada MASH, que incluye inflamación y cicatrices en el tejido hepático.
Según la Clínica Mayo, cerca del 20% de las personas con hígado graso pueden desarrollar esta fase grave. Con el tiempo, la fibrosis progresa hasta convertirse en cirrosis, lo que incrementa el riesgo de insuficiencia hepática o cáncer de hígado.
El principal factor de riesgo es la obesidad, aunque también influyen la resistencia a la insulina, la diabetes tipo 2, el colesterol elevado, la hipertensión y factores genéticos. En países occidentales, esta enfermedad ya representa la principal causa de daño hepático crónico.
Uno de los mayores retos es la ausencia de síntomas. El cansancio persistente o una leve molestia abdominal suelen pasar inadvertidos. Esto retrasa el diagnóstico y limita la intervención temprana.
A pesar del panorama, los especialistas destacan la capacidad de regeneración del hígado. Incluso inflamado, puede reducir la grasa acumulada si los cambios se aplican antes de la cirrosis. Así lo explica la doctora Blanca C. Lizaola-Mayo, directora médica del Centro de Trasplante de Hígado de la Clínica Mayo.
Entre las recomendaciones que llaman más la atención figura el consumo moderado de café negro con cafeína. Estudios citados por la especialista vinculan esta bebida con una progresión más lenta de la fibrosis hepática. El consumo de alrededor de tres tazas al día se asocia con un efecto protector en pacientes con hígado graso.
Cambios cotidianos que favorecen la recuperación
El control del peso corporal representa el primer paso. La pérdida gradual y sostenida reduce la grasa hepática, mejora la sensibilidad a la insulina y disminuye la inflamación. Los especialistas descartan soluciones rápidas y promueven ajustes progresivos.
La alimentación juega un rol clave. Se recomienda una dieta rica en frutas, verduras, granos integrales y grasas saludables, como la dieta mediterránea. También se aconseja reducir azúcares, bebidas endulzadas y alimentos ultraprocesados.
El ejercicio regular resulta fundamental. Al menos 150 minutos semanales de actividad física ayudan a disminuir la grasa en el hígado, incluso sin una reducción inmediata de peso.
Así como existen conductas protectoras, otras aceleran el deterioro. El alcohol, incluso en cantidades pequeñas, aumenta el riesgo de cicatrización hepática en personas con enfermedad metabólica.
Los productos que prometen desintoxicar el hígado también generan preocupación. Especialistas advierten que muchos carecen de respaldo científico y pueden causar daño. Por eso, recomiendan que cualquier cambio significativo se realice con acompañamiento médico.
La prevención continúa como la herramienta más efectiva. En un órgano que rara vez duele, actuar a tiempo marca la diferencia entre una recuperación posible y un daño irreversible.
*La creación de este contenido contó con la asistencia de inteligencia artificial. La fuente de esta información es de un medio del Grupo de Diarios América (GDA) y revisada por un editor para asegurar su precisión. El contenido no se generó automáticamente.
