Un simple “matasellos” puede revelar la ruta que siguió una carta hace ciento cincuenta años a bordo de un ferrocarril en Costa Rica, a través de pueblos y bosques, hasta llegar a Limón o Puntarenas.
El estudio de esas travesías es lo que el filatelista costarricense Álvaro Castro-Harrigan presenta en su nueva publicación El Correo Ferroviario de Costa Rica .
Dicho libro relata la historia del servicio de correo de la mano de la construcción de los ferrocarriles al Caribe, Pacífico y sur del país.
Además, incorpora una sección de fotografías ferroviarias con algunas imágenes inéditas, y culmina con una relación histórico-filatélica de los “matasellos” utilizados en las cartas transportadas por ferrocarril a finales del siglo XIX y principios del siglo XX.
Hasta el momento, la carta trasladada en ferrocarril más antigua que se ha encontrado data de 1873. De acuerdo con el autor, aún en 1982 se utilizaba este medio para transportar correspondencia.
Una historia casi olvidada. Álvaro Castro es un educador de profesión y un filatelista por afición. Sin embargo, los profundos estudios que ha hecho lo han convertido en un experto sobre la historia postal de nuestro país.
“Lo más importante del libro es que retoma el tema del correo, que muchas veces es olvidado por hablar de la construcción de los ferrocarriles y el auge bananero paralelo”, indicó Castro. “Pero el correo tuvo una mayor agilidad con los trenes, porque antes de ellos se entregaba a caballo o a pie, y tras varios meses de envío”, agregó.
Homenaje. El 23 de julio de este año se cumple el centenario del ferrocarril interoceánico de Costa Rica.
Hace cien años, en esa fecha, se concluyó la línea Puntarenas-San José, y dado que desde de 1890 ya funcionaba la línea al Caribe, a partir de entonces el país tenía una línea ferroviaria de puerto a puerto.
Para 1910, ya se había desarrollado el servicio de correo ambulante: un agente postal recibía en los pueblos pequeños la correspondencia que sería transportada en vagones especiales del tren.
En pueblos más grandes, había oficinas postales con agentes que coordinaban la entrega de sacos de yute llenos de cartas al ferrocarril.
“Había personajes propios del Correo; por ejemplo, los ‘ portavalijas’ , que llevaban los sacos a pie, de un lugar a otro, y los ‘ postas’, que los llevaban a caballo”, comentó el autor de la investigación.
Agregó que hay mucha evidencia en cartas personales y comerciales sobre la forma como se transportaba el correo en la época.
Según los hallazgos del libro, los “matasellos” de finales del siglo XIX eran explícitos, ya que decían el lugar del origen y el destino. Otros son pictóricos, probablemente producto del ocio de los agentes. Los hay circulares, rectangulares y ovalados, de varios anillos y tintas.
“Cada carta y sello es para los filatelistas como la vida. Somos como detectives auxiliares de la historia”, expresó Castro.