
Alajuela. La noche ya estaba caliente, pero lo que puso al rojo vivo a las casi 6 mil almas que colmaron anoche el Polideportivo Monserrat, en Alajuela, fue sin duda alguna la calentura de un solo hombre: Tego Calderón.
Durante su primer concierto en Costa Rica, el popular cantante puertorriqueño de reggaetón animó a un mar de gente que, con tal de verlo en acción, no paró de moverse durante casi todo un día de fuerte música.
El cansancio no parecía haber sido invitado, pese a que muchos de los miles de fanáticos presentes llevaban más de seis horas de concierto. Algunos, incluso desde antes del mediodía, habían buscado un lugar privilegiado cerca de la tarima para no perderse ni un detalle del impresionante desfile, en el que, a lo largo de las horas, fueron apareciendo Mekatellyu, Tapón, los bailarines de Slam Jam y El Roockie.
Puntual. Este último salió a las 8 en punto y, ante un público embrujado y sediento, terminó de acalorar los últimos rincones de la noche.
Con el escenario vacío en las narices, el tumulto coreaba "Tego, Tego". Todo estaba prendido, desde los celulares hasta los cigarrillos. El olor a carne frita, a vapor de salchichas y a refresco volaba de un lado a otro con las cálidas ráfagas que cruzaban de vez en cuando la abarrotada gramilla.
Por el escenario, aún vacío de Tego Calderón -quien, tras la salida del Roockie se tomó su media hora larga, antes de aparecer- solo corrían los técnicos y los animadores, tratando de convertir la ausencia en ganancia.
Fuego vivo. Finalmente, los gritos apagaron la espera y la locura colectiva se confundió con los tambores que anunciaron la salida de Tego, que se topó de frente con "un millón" de caras sudadas, maquillajes corridos y gargantas enloquecidas por su presencia.
El recibimiento fue ensordecedor y espontáneo y lanzó sobre el escenario una verdad que vive del otro lado de la tarima: el desempeño de los fanáticos era tan bueno como el de los artistas.
"Costa Rica, ¿Qué fue?". La primera frase de Tego Calderón no esperó respuesta pues la aplastó la letra de su primera canción, El abayarde. La misma ruta tomaron Al Natural , El bueno, el malo y el feo y Cosa buena.
Sorteando los brincos y las piruetas de su equipo de bailarines, Tego cruzaba el escenario de un lado a otro, sin detenerse ni un momento.
Camiseta blanca enorrrrme, gorra oscura, pantalones flojísimos y un trapo blanco en la mano (por aquello del sudor), Tego recurrió al estilo desenfadado y provocador que lo ha hecho famoso.
El público, tan profesional como dijimos, coreaba, meneaba y sacudía lo que tenía, en el momento preciso, durante el tiempo oportuno.
En algunos rincones el cansancio había hecho mella y los hombros de los vecinos se convertían repentinamente en confortables y mullidas almohadas.
En otros sectores, por el contrario, las horas de música solo habían servido para despabilar los más fieros instintos.
El caso de un par de jovencitos que se comieron a besos no debe haber llegado, precisamente, a las camillas de la Cruz Roja, que estuvo presta en el lugar.
A la cuarta canción, Tego se echó su primer buche de agua y casi con el mismo impulso saludó a panameños, puertorriqueños y ticos. Las canciones y los estribillos oscilaban entre la multitud, que a esas alturas se había convertido en un enorme y acompasado hormiguero.
El ambiente acalorado sobrepasó con creces la llegada de la noche y transformó al polideportivo en un caldero que traspiró reggaetón y más reggaetón.