Edad: 31 años
Estado civil: casado
Nacionalidad: peruano
En su visita al país, el escritor Santiago Roncagliolo (Lima, 1975) criticó la literatura elitista –aquella que se escribe en lenguaje complicado y dirigida a los sabios– pues está seguro que se pueden escribir libros muy profundos de una manera más simple.
Él afirmó que su generación es más humilde y que se bajó “del pedestal de la sabiduría”.
Este peruano de 31 años presentó anoche su novela Abril rojo en el Instituto de México. Tal libro le dio fama internacional a este escritor pues con ese texto ganó el año pasado el Premio Alfaguara de Novela y sus $175.000.
Además, hoy él firmará autógrafos en las librerías Universal e Internacional.
Con un fantástico humor y gran humildad, Roncagliolo habló ayer con La Nación acerca de Abril rojo y temas que le encantan como violencia, muerte y literatura. Este es un extracto de la conversación.
Usted conoció Perú y algunos hechos espeluznantes como asesinatos, desapariciones y tortura a través de su trabajo en la Defensoría del Pueblo. ¿Cómo fue que esos temas se transformaron en Abril rojo ?
Quería escribir de la violencia y la guerra, pero la realidad era demasiado horrenda para ir y ponerla en un libro. Era el tipo de historia que a cualquier lector hace para atrás. Era necesario coger todo el material de esa violencia transfigurarlo y darle un orden, para lo cual me sirvió el género del asesino en serie. Se convirtió en una buena historia de intriga que habla de lo que quería sin que el lector vomite en la página tres.
¿Por qué lo intrigó ese tema?
Las historias que hablan de violencia y hablan de muerte nos ponen en contacto con lados oscuros de todas las personas, con nuestro pequeño psicópata.
¿Cuál es el aporte de esta novela a la literatura latinoamericana?
La literatura latinoamericana descuidó el tema político, quizá por el desencanto de los 90. Ahora hay mucho interés en la novela de alguien joven [él] que vuelve a escribir sobre política. También interesa mi manera de hablar de política: no es una novela hecha para defender una ideología. Usa muchos elementos del cine y del audiovisual, cosa que antes no se hacía para hablar de política.
Usted dijo que, al contrario de otros países con dictaduras militares, los derramamientos de sangre y la violencia en Perú se produjeron durante gobiernos democráticos. ¿Por qué hasta ahora Perú se enfrenta a esa violencia desde la literatura?
Perú trataba de no mirar lo que había ocurrido por miedo a hablar. El cambio vino cuando la Comisión de la Verdad investigó las muertes y emitió un informe, lo cual produjo un escenario de reflexión en Perú. Allí se inserta esta literatura.
“Me interesaba mucho, en el caso de Perú –y creo que es válido para cualquier guerra– , como el mal se convierte en un bien colectivo, en una propiedad compartida donde todos decidimos que el otro es malo y, por lo tanto, nuestros crímenes contra él quedan justificados”.
Sus novelas Pudor y Abril rojo tienen a la muerte como protagonista. ¿Por qué siente tanta fascinación por ese tema?
Me fascinan los temas que le importan a todo el mundo: amor, muerte, soledad, sexo, big stuffs –grandes temas–. Cuando escribo una novela trato que sea una historia que pueda interesarle no solo a peruanos, sino también a costarricenses y a otros. Esa gente debe encontrar en esas historias algo que las atrape y que los emocione porque uno lee para emocionarse y vivir otras vidas; en un segundo término, uno lee para reflexionar.
“No escribo novelas sobre temas peruanos, sino sobre temas humanos y la muerte es el más fascinante de ellos. Si hay algo que todos sabemos es que vamos morir. La paradoja es que nunca sabremos cómo es la muerte”.
¿Qué tipo de narrador es?
Soy un narrador de historias. He hecho de todo: novela, libros periodísticos, musicales, guiones y hasta discursos políticos, género de ficción muy desarrollado en mi país.
¿Lo abrumó la fama que le dio el premio en Hispanoamérica?
No; además no soy tan conocido como Ricky Martin. No me abrumó, será que soy un gran exhibicionista. Algunos escritores se horrorizan con la promoción de un premio, pero si queremos que la gente nos lea tenemos que acercarnos y contarles de qué se trata el libro.
“A mí siempre me ha molestado el elitismo literario. Se pueden escribir buenas novelas profundas con un lenguaje cotidiano y que sean un placer de leer. La mayor parte de la gente cree que la literatura es algo muy difícil. Los escritores hemos hecho bastante poco por acercar la literatura a la gente, así que si la promoción me permite hacerlo estoy orgulloso de hacerla”.
¿A qué se debe que rechace esa literatura elitista?
Es una cuestión generacional. Durante todo el siglo XX hubo dos grandes discursos sobre la realidad y estabas en uno o en otro. El escritor miraba la realidad y decidía si se parecía o no al discurso que sostenía. Ahora vivimos en un mundo de mass media , así que qué le vas a creer a un intelectual que está encerrado en su cuarto leyendo y que te dice lo que él sabe.
“Esta situación ha hecho que los escritores de mi generación nos bajemos del pedestal de la sabiduría y sepamos que no tenemos todas las respuestas. Creo que tenemos un acercamiento más humilde a la literatura”.
Ha tratado de diferenciarse de Mario Vargas Llosa y siempre es comparado con él. ¿Considera esto un estigma?
Me pasa como con mi papá: llevo casi 32 años tratando de no parecerme a mi papá, pero llevo su nariz. Supongo que con Vargas Llosa pasa lo mismo: uno trata de hacer algo distinto para no crecer bajo su sombra, pero a la vez él está en tu ADN.
“Sin embargo, el hecho de que existiese Vargas Llosa te hacía sentir que tú también podías ser escritor porque ya había un peruano que era un gran escritor”.
¿En qué proyectos trabaja?
En julio montarán un musical que escribí yo. Se está editando una selección de textos del blog del año pasado. En octubre publico un libro periodístico con historias de los personajes de la cúpula de Sendero Luminoso.
¿Y qué pasó con la novela?
Sí, me acuerdo que antes escribía eso (ríe). La verdad es que ahora me cuesta mucho concentrarme entre los viajes y otras cosas que me apetece hacer.