Alejandro Chinchilla es un adolescente común, de 16 años. Asiste al colegio, oye música, juega futbol y ve televisión.
Sin embargo, desde los ocho años de edad sufre de tics, movimientos involuntarios y ruidos que lo hacen comportarse, de vez en cuando, diferente.
Su maestra, en la Escuela Líder La Aurora, en Heredia, pensó que era mal comportamiento. Como castigo, lo hacía pararse frente a sus compañeros y pedir disculpas por sus actos.
A los diez años, una psicóloga halló la causa de sus tics: el síndrome de Tourette, un trastorno neurológico hereditario, el cual obliga a una persona a hacer movimientos y sonidos vocales involuntarios y repetitivos.
A pesar de que un análisis del psiquiatra Luis Diego Herrera Amighetti señala que en el país debe de haber unas 30.000 personas con ese síndrome, Chinchilla es uno de los pocos afectados que conoce el origen de sus tics.
Orlando Urroz, subdirector del Hospital Nacional de Niños, explicó que el síndrome de Tourette es difícil de detectar porque tiene muchas manifestaciones en el comportamiento del individuo. “Muchas veces se confunde con convulsiones”, agregó Urroz.
En un 80% de los casos, el síndrome se manifiesta entre los seis y ocho años de edad, generalmente en varones. El primer tic en salir suele ser el parpadeo excesivo.
Aida Rojas, madre de un niño de diez años con Tourette, comentó que hay desconocimiento sobre el tema. “Una psicóloga dijo que debía someter a mi hijo a un exorcismo porque no conocía qué era Tourette”, declaró Rojas.
Poco conocido. El síndrome de Tourette es un misterio. Se sabe que es hereditario, pero se desconoce aún cuáles genes están involucrados en su aparición. Esto ha impulsado a científicos a seguir la huella genética de este trastorno. Incluso, expertos nacionales, liderados por Herrera Amighetti, trabajan en ello.
Según explicó Herrera, el síndrome Tourette es un trastorno neurológico expresado en el comportamiento, emociones y pensamiento de un individuo.
El problema se localiza en los ganglios basales, un tejido formado por células nerviosas ubicado en la base del cerebro, que orquesta el movimiento del cuerpo e influye en la concentración y tensión de los músculos. Esto lo hace a través de la dopamina, un neurotransmisor que segrega las células que conforman los ganglios basales.
En las personas con el síndrome de Tourette este neurotransmisor emite una señal que está dañada, por lo que envía mensajes distorsionados.
Por ejemplo, el trastorno hace que el cerebro, cuando envía la señal al párpado para que se abra y se cierre, lo haga de forma errónea, impulsando que se abra y cierre sin control y varias veces.
Los tics comunes en las personas que padecen este síndrome son movimientos físicos que se repiten de una misma manera y sonidos vocales como carraspeos, tos seca, silbidos, gritillos y un ladrido con un sonido similar al emitido por una foca.
Herrera dijo que, en algunos casos complejos, quien padece Tourette repite palabras dichas por otra persona durante una conversación. Pero el tic más problemático es el que hace a un individuo blasfemar sin motivo alguno.
El especialista indicó que se diagnostica con síndrome de Tourette a aquella persona que posee dos tics motores y uno vocal, que suelen mezclarse con déficit atencional o síntomas obsesivos compulsivos y ansiedad.
“Es importante enfatizar que no son malas costumbres. Es algo involuntario, a pesar de que los pacientes logran controlarse en algunas ocasiones”, destacó Herrera.
Tratamiento y respeto. Yasmín Jaramillo, jefa de psiquiatría y psicología del Hospital Nacional de Niños, indicó que las drogas sirven para controlar tics fuertes o problemas vinculados con el síndrome de Tourette, como la ansiedad.
En el hospital infantil, la mayoría de los casos de Tourette se atienen en la consulta externa y los internamientos son poco frecuentes.
Luis Diego Herrera añadió que se acude a los drogas cuando el trastorno provoca daños físicos y sociales severos al paciente.
El experto reconoció que se aplicaban medicinas de manera más agresiva tiempo atrás, cuando se pensaba en “curar” los tics, pero estos solo llegan a ocultarse. “Los fármacos suelen poner lento al individuo y aumentar su peso. Un uso crónico crea un trastorno del movimiento secundario”, dijo Herrera.
La terapia psicológica, y en especial aquella que modifica la conducta, es una buena herramienta para controlar el síndrome.
Los médicos concuerdan que la ayuda al paciente debe acompañarse de terapia que ayude a mejorar la autoestima junto a el apoyo de la familia, amigos y maestro.