
Los niños, incluso los más pequeños, esperan con ansias la Navidad. Para ellos este es tiempo de estar en familia (en casa y, sobre todo, fuera de casa), de disfrutar de los adornos y las luces de colores, de villancicos y, ante todo, de juguetes, de muchos juguetes.
Muchos niños esperan con ansiedad e incertidumbre que el fruto de su buen comportamiento anual se traduzca en regalos y aunque a ningún padre le gusta decepcionarlos, a veces, conviene no ceder a sus peticiones.
Así, a pesar de las súplicas de su hijas, este año, Ligia Muñoz, intenta resistirse: “Entre las dos tienen cerca de 50 Barbies y todas como nuevas porque después de abrir el paquete ilusionadas, las dejan en el estante y ni las vuelven a ver”.
Esa conducta, que parece extraña y, sin embargo, es frecuente se debe posiblemente a que esas niñas, como muchas otras, no saben cómo divertirse con los juguetes que desean tener.
“Hay padres que suponen que si los niños pidieron un juguete son capaces de aprovecharlo y a veces no se fijan siquiera si son recomendables para la edad de sus hijos”, dijo Gabriela Mora, gerente de la juguetería Toys, que cuenta que los juguetes con mayor demanda siempre son los que más se anuncian en los medios.
“Cuando regalamos una bola o una bicicleta asumimos que debemos enseñarles a los niños a usarlas, pero cuando se regalan muñecas o carros de control remoto muchas veces nos olvidamos de explicarles cómo y por qué resulta divertido jugar con ellos”, dice la psicóloga Mayela Zamora.
Habilidad. Y es que, pese a lo que se suele pensar, el juego es una habilidad que los pequeños adquieren a medida que crecen y son los padres quienes, en primera instancia, les transmiten la capacidad de gozar de una actividad lúdica.
“Si a un papá no le interesa la ciencia para nada es difícil que su hijo se entretenga, realmente, con un telescopio o un juego de química, aunque lo pida. Lo mismo ocurre con los deportes, la música o cualquier otra área”, argumenta el pedagogo Luis Diego Cerdas.
Así, ambos especialistas recomiendan que cuando se compra un juguete, al contrario de lo que ocurre con otros regalos, se debe pensar, sobre todo, en la posibilidad de compartir el juego con el niño.
Jugar para aprender. “Un niño que no sabe jugar, será un adulto que no sabrá pensar”, sentencia Zamora y se explica: “El juego es el primer medio de socialización. Todas las funciones cognitivas complejas se desarrollan a partir de él: jugando se aprende a imaginar, a respetar normas, a competir y a trabajar en equipo y sobre todo a que cada una de estas acciones nos puede deparar satisfacción”.
El juego, además, es un medio de expresión y comunicación con el que el niño aprende a superar el egocentrismo y ponerse en el lugar de los otros.
Desde ese punto de vista, todos los juguetes son educativos aunque no lleven una etiqueta que los catalogue como tales y enseñarles a los niños a sacarles provecho es lo único que los salvará del olvido o la destrucción.