14 octubre, 2010
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El pequeño Rigoberto Rivers nació en Gran Caimán, en el Caribe, sin problemas aparentes. A los ocho días de nacido dejó de respirar y su corazón casi se detenía.

Los médicos diagnosticaron hipoplasia ventricular izquierda, patología que hace que ese lado del corazón sea más pequeño y se impida el paso de la sangre, lo que puede resultar fatal.

“Me dijeron que había que operarlo de emergencia porque, si no, no vivía. Menos de una hora después los doctores dijeron que ya no había nada que hacer y que mi hijo moriría. Comenzamos a llamar a clínicas en Estados Unidos y Honduras y no querían hacerse cargo del caso. En Costa Rica encontramos la esperanza”, expresó Lesbia Cardona, madre del pequeño.

El bebé llegó al país el sábado 2 de octubre, a los nueve días de nacido, en un avión ambulancia. Médicos de la Clínica Bíblica lo atendieron para estabilizarlo.

“Fue todo un reto; asumir el paciente más crítico que uno se pueda imaginar en esta vida. Un bebito tan pequeño es una vida muy frágil”, explicó Elliott Garita, cirujano cardiovascular que estuvo a cargo de la intervención.

“Demoramos dos días en dar el diagnóstico y poder estabilizarlo para una cirugía. El bebito tenía también un problema de coagulación, infecciones y estaba muy descompensado”, añadió Garita.

Esperanza. Afortunadamente, el problema no era tan grave como indicaba el primer diagnóstico que se dio en Gran Caimán. No obstante, la falla cardíaca era severa y había que hacer una cirugía urgente para evitar la muerte del menor.

“Lo que tenía el niño era una coartación de la aorta, es decir, un segmento de la aorta era muy estrecho y esto impedía el paso de la sangre al resto del cuerpo. Es algo más fácil de tratar que el diagnóstico inicial, pero había que operarlo para que no muriera”, dijo Jorge Cortés, director de la Clínica Bíblica.

“Por dicha en Costa Rica hay talento humano y equipos tecnológicos que pudieron tratarlo y darle vida”, agregó Cortés.

La cirugía. El pequeño fue intervenido el pasado 6 de octubre.

La parte estrecha de la aorta de Rigoberto medía un milímetro de ancho, mientras lo normal son cuatro milímetros, y esto impedía que la sangre saliera del corazón al resto del cuerpo.

El procedimiento consistió en cortar la parte más estrecha de la aorta y colocarle un “parche”, un tubo de un material conocido como gore-tex que permite que la sangre fluya sin problemas y que la aorta crezca normalmente conforme lo hace el bebé.

La intervención demoró poco menos de cinco horas y el menor ya evoluciona favorablemente.

“Afortunadamente, no presentó mayores complicaciones y está respondiendo bien al tratamiento”, explicó Carlos Paniagua, pediatra neonatólogo que está pendiente de Rigoberto.

Recuperación. Pese al éxito de la cirugía, todo un equipo de médicos costarricenses –dos cirujanos, un neonatólogo, un intensivista pediátrico, un hematólogo y un infectólogo– vigila la evolución del recién nacido.

“La evolución es muy lenta. Sobre todo en la parte digestiva, tiene infección en los intestinos debido a la mala circulación. Debemos estar pendientes de él 24 horas al día durante al menos una semana más”, dijo Garita.

Sin embargo, el pronóstico de este niño es mucho más favorable y los médicos están esperanzados.

“Yo agradezco a Dios haber podido viajar a Costa Rica; aquí la calidad de los médicos logró salvar la vida de mi hijo”, afirmó Cardona.