
Durante muchos años, Martti Ahtisaari fue uno de los candidatos favoritos al Nobel de la Paz y siempre se quedó muy cerca del galardón, pero ayer, por fin, este peso pesado de la política finlandesa fue anunciado por el Comité Nobel de Oslo como ganador del prestigioso premio.
A pesar de que su última misión pacificadora, llevada a cabo en Kósovo, no fue coronada por el éxito, el Comité Nobel consideró que Ahtisaari, “a través de sus esfuerzos diplomáticos en varios continentes y a lo largo de más de tres décadas, ha demostrado el papel que pueden jugar los mediadores en la solución de los conflictos internacionales”.
Así, por sus aportes “a la creación de un mundo más pacífico y a la fraternidad entre las naciones”, Martti Ahtisaari logró imponerse a otros 197 aspirantes al Nobel. Venció a activistas de los Derechos Humanos, a 33 organizaciones internacionales y a la exrehén colombiana Ingrid Betancourt, quien ya había preparado un comunicado y convocado a una rueda de prensa en un elegante hotel parisino por si salía ganadora.
“Hace muchos años habían amenazado con premiarme. Creí que ya no iba a ocurrir”, manifestó el dirigente finlandés.
Ahtisaari acaba de cumplir 71 años y se define como “un tipo optimista” que, tras una vida dedicada a la política y la diplomacia, sigue creyendo en el poder del diálogo. “No hay disputa que no tenga arreglo”, dice y, tras haber sido el principal artífice de los acuerdos de paz de Namibia, Timor Oriental y Kósovo, resulta difícil encontrar a alguien que se atreva a contradecirlo.
Paz para el mundo. Ahtisaari nació en Carelia, una ciudad que hoy es parte de Rusia. Quiso ser maestro y llegó a ser presidente de Finlandia. “Como docente aprendí a tener paciencia, como diplomático aún más”, afirma al hacer un recuento de su vasta carrera política que se inició a mediados de los sesentas cuando se especializó en Cooperación Internacional.
Durante casi una década, estuvo a cargo de las embajadas finlandesas en Tanzania, Zambia, Somalia y Mozambique. Luego, se convirtió en funcionario de las Naciones Unidas.
En 1977 sirvió como comisionado de esa organización en Namibia (territorio entonces administrado por Sudáfrica y cuya descolonización exigía la ONU). La labor culminó 13 años después con la independencia de ese país africano.
De allí, Ahtisaari pasó a ocuparse del conflicto de los Balcanes: entre 1991 y 1993 fue jefe del grupo de trabajo de la ONU para Bosnia Herzegovina y, un año después, los socialdemócratas finlandeses lo nominaron para el cargo de presidente, que en los países nórdicos tiene, amen de funciones representativas, un papel importante en la política exterior.
Aun siendo presidente, este pescador y golfista aficionado consiguió resultados positivos como mediador entre la comunidad internacional y el presidente yugoslavo Slobodan Milosevic.
Tras ser sucedido en la presidencia por Tarja Halonen, Ahtisaari fundó Crisis Management Initiative (CMI), una pequeña organización no gubernamental que tiene oficinas en Helsinki y Bruselas, y que será la beneficiaria de los $1,4 millones que le entregará la Fundación Nobel el próximo 10 de diciembre.
La CMI se ha anotado varios puntos en los últimos años. Con Ahitsaari a la cabeza, la organización supervisó el desarme del Ejército Republicano Irlandés (IRA) en el 2000. Inmediatamente después, centró la atención en la guerra civil en la provincia indonesia de Aceh.
En el 2005, la mediación diplomática del finlandés logró poner fin al conflicto entre el Gobierno indonesio y los exinsurgentes independentistas del Movimiento Aceh Libre, que contabilizó 15.000 muertos desde 1976.
Desde entonces, la CMI se ha abocado a organizar encuentros entre grupos musulmanes iraquíes, sunitas y chiitas, con vistas a facilitar el diálogo entre ambas comunidades religiosas.
Una nota roja. Tantos y tan sonados son los éxitos de Ahtisaari como mediador, que sus detractores solo pueden referir un fracaso.
Durante su última misión en los Balcanes, el expresidente fin-landés no logró resolver el rompecabezas kosovar.
Así, en febrero de este año, cuando el Parlamento de Kósovo proclamó oficialmente la independencia en aplicación del llamado Plan Ahtisaari, contó con el reconocimiento de unos 50 países occidentales, pero acrecentó la censura de Rusia y Serbia.
De hecho, hace tan solo dos días, cuando el nombre del ganador del Premio Nobel de la Paz era todavía un misterio, la Asamblea General de la ONU dio luz verde a la petición de Serbia para que la Corte Internacional de Justicia estudie la legalidad de la independencia de su antigua provincia.