
“La muerte no es algo bonito, pero lo único que tenemos seguro cuando nacemos es que vamos a morir, por eso no podemos ver la muerte como tabú”.
Así define el psiquiatra Adrián Montealegre la relación del ser humano occidental con la muerte, lo que hace que el proceso de una enfermedad terminal sea más dolorosa para el paciente y para su familia, y que la muerte sea difícil de llevar para los seres queridos.
Por otra parte, para su colega Mauricio Campos, el que la muerte sea un tabú convierte el suicidio en tabú más fuerte, y al no hablarse de este, se dejan pasar inadvertidas señales de alerta que pueden evitar que una persona se quite la vida.
“Tanto deberíamos aprender a vivir como a morir, pero nadie nos enseña a ninguna de esas cosas”, manifestó el especialista.
Ambos temas fueron abordados ayer en el Congreso Médico Nacional, que se realiza esta semana en el hotel Crown Plaza.
En las enfermedades terminales, no hablar de la situación puede empeorar la condición emocional del paciente y de sus allegados.
“Hay toda una conspiración de silencio. El paciente le dice al médico: ‘Yo no quiero que le diga nada a mi familia’, y los familiares piden: ‘No le diga nada mi familiar’. Retrasar el hablar de las cosas es peor. Es mejor un dolor fuerte que una piedra constante en el zapato”, explicó Montealegre.
Leyendo los signos. Para Campos, hablar y compartir entre la familia puede hacer que las personas detecten posibles signos de riesgo de suicidio.
“El problema es que el dolor emocional es intangible. En el país tenemos de siete a ocho suicidios por cada 100.000 habitantes. Debemos actuar antes de que las cifras lleguen a más”, advirtió.
“Tristeza constante, llanto, alteraciones en el comportamiento, en los hábitos de comida y sueño y sentimientos de culpa, son parte de las señales. En los adolescentes, el tener conductas riesgosas –como la promiscuidad– también puede ser una señal”, agregó.
