El Mercurio/ GDA. 8 enero
Esta imagen describe a la comunidad bacteriana que vive en nuestro sistema digestivo. Ilustración: V. Altounian / Science Translational Medicine (2016)
Esta imagen describe a la comunidad bacteriana que vive en nuestro sistema digestivo. Ilustración: V. Altounian / Science Translational Medicine (2016)

Santiago, Chile. Estudios realizados en poco más de mil europeos muestran que las personas que sufren depresión carecen de dos tipos de bacterias intestinales. Asimismo, investigaciones en ratones y humanos sugieren que una dieta a base de probióticos ayudaría a manejar el estrés.

En la última década, la ciencia ha descubierto vínculos notables entre el microbioma intestinal -las bacterias que habitan en el sistema gástrico- y el cerebro.

Una relación bidireccional, ya que no solo alteraciones a nivel emocional repercuten en el bienestar intestinal, favoreciendo procesos inflamatorios, por ejemplo.

En sentido inverso, cada vez se suma más evidencia de cómo estas bacterias repercuten en el estado de ánimo y en trastornos como el alzhéimer, el párkinson, la depresión, la esquizofrenia y el autismo.

“En el siglo XX, la medicina microbiana puso el foco en matar bacterias con antibióticos para salvar vidas. Pero ahora podemos apreciar la importancia del microbioma para tener una buena salud, incluida la salud del cerebro. Estamos empezando a ver una especie de relación entre el cerebro y el microbioma”, dice el neurocientífico de la University College Cork de Irlanda, John Cryan, uno de los máximos representantes de este campo de estudio.

Intestino sano

A juicio del investigador, “para tener un cerebro sano es posible que lo que necesitemos sea un intestino sano”.

Este vínculo no ha estado libre de controversia. Gran parte de la investigación sobre el tema se había centrado en animales pequeños y en los primeros años, nadie tomaba en serio los planteamientos que Cryan y otros investigadores hacían. Pero trabajos como el realizado con europeos y depresión comprobaron que esa relación es tangible.

“Es la primera prueba real de cómo los químicos de un microbio podrían afectar el estado de ánimo en los humanos”, dice Cryan sobre ese estudio, publicado el año pasado en Nature Microbiology.

Gran parte del trabajo de Cryan se ha hecho en laboratorio, donde junto a sus colegas crían colonias de ratones libres de gérmenes -y de bacterias intestinales- en cámaras de aislamiento. Allí se le inoculan diferentes cepas bacterianas, con el fin de estudiar su comportamiento y estados de ánimo.

“La idea es ver cuáles de ellas serían las más beneficiosas para combatir, o cuando menos aliviar, determinados trastornos psicológicos”, dice.

Estos resultados permitieron llegar a los “psicobióticos”, concepto acuñado por el psiquiatra Ted Dinan y uno de los más cercanos colegas de trabajo de Cryan: se trata de probióticos -bacterias vivas beneficiosas- que, administrados en cantidades adecuadas, producen un efecto positivo a nivel cerebral.

En ratones con estrés, por ejemplo, al incluir en su dieta la bacteria Lactobacillus rhamnosus , reducen sus crisis de ansiedad o estados depresivos. Las investigaciones aún no salen del laboratorio, pero -asegura Cryan- es cosa de tiempo.

No se trata de tomar un yogur para combatir la tristeza, pero ya hay estudios que apuntan en esa línea. Por ejemplo, en una investigación con estudiantes previo a un examen importante, se observó que aquellos que durante ocho semanas incluyeron en su alimentación leche fermentada tenían niveles más bajos de cortisol (la hormona del estrés) y mayor cantidad de serotonina (neurotransmisor que regula el estado de ánimo). GDA/El Mercurio/Chile