
Las personas que tienen sangre de tipo A, B o AB son más proclives a desarrollar un cáncer de páncreas que quienes tienen sangre de tipo O. Esto se debe a variantes del gen ABO, que están presentes en todos los tipos de sangre, salvo en el O. Estos genes pueden desencadenar alteraciones en las células pancréaticas que más tarde culminan en el desarrollo de un cáncer.
Así lo confirma un estudio realizado por el Instituto Nacional de Cáncer en Maryland, EE. UU., publicado en Nature Genetics.
“Es una tesis que se venía manejando desde los años 50, pero que no había podido demostrarse. Con estos hallazgos, sabemos qué tipo de gente debe cuidarse más”, explicó Stephen Chanock, coordinador de la investigación.
“Aunque amerita más investigación, este hallazgo podría conducir a mejores diagnósticos e intervenciones terapéuticas que esta enfermedad necesita con urgencia”, añadió Patricia Hartge, coautora del estudio.
Los investigadores estudiaron los genomas de más de 4.300 pacientes de cáncer de páncreas y más de 4.500 personas sin la enfermedad, y encontraron que el 78% de los pacientes con cáncer eran de sangre A y B, un 16% tenía sangre AB y solo el 6% tenía sangre de tipo O. Los que tenían sangre tipo A, lo desarrollaron a edades más jóvenes, por lo general antes de los 55 años de edad.
Confirmación de tesis. Esta nueva investigación confirma los resultados de otra realizada a principios de este año y publicada en el Journal of the National Cancer Institute. El estudio también indica relación entre el tipo de sangre y la incidencia de varios tipos de cáncer, entre los que se incluyen el pancreático, el de ovario y el de vejiga.
“Lo que esto nos apunta es que hay variaciones en los genes que regulan el tipo de sangre de cada persona, y esto los hace más proclives a ciertos tipos de cáncer”, comentó Jeff Bridges, investigador del primer estudio.
El cáncer de páncreas, es la cuarta causa de muerte por ese mal en EE. UU. y una de las primeras 10 en el mundo. Muchos pacientes no se diagnostican hasta que la enfermedad se ha propagado a otras partes del cuerpo. Menos del 5% de los pacientes sobrevive cinco años.

