7 enero, 2011
 La vacuna contra sarampión, rubéola y paperas protege de complicaciones respiratorias y males en el cerebro. | AP
La vacuna contra sarampión, rubéola y paperas protege de complicaciones respiratorias y males en el cerebro. | AP

Las vacunas no causan autismo en los niños, y el estudio del médico británico Andrew Wakefield que afirmaba que 12 menores sufrieron ese padecimiento tras ser vacunados contra sarampión, rubéola y paperas es un fraude.

Esta es la conclusión de una investigación cuya primera parte se publicó ayer en la revista British Medical Journal, la cual recoge siete años de trabajo del periodista Brian Deer.

El estudio de Wakefield aseguraba que 12 niños sanos que recibieron la vacuna de sarampión, rubéola y paperas presentaron problemas neurológicos como autismo. De acuerdo con Wakefield, el llamado “timerosal”, una sustancia conservante (con base en mercurio), era la que causaba estos padecimientos.

Con su informe, publicado en febrero de 1998 por la revista The Lancet, Wakefield hizo que miles de padres de familia dejaran de vacunar a sus hijos por miedo a estas secuelas. Sin embargo, la investigación revelada esta semana desacredita ese estudio y señala que tres de los niños participantes en ese primer análisis nunca tuvieron algún tipo de autismo, y que otros cinco de los analizados ya tenían retrasos en su desarrollo cognitivo antes de vacunarse.

El nuevo reporte también subraya incongruencias y datos falsos en los expedientes de los pacientes “para hacerlos calzar con la hipótesis de Wakefield”. Además, “la mayoría de los niños participantes fue reclutado por campañas antivacunas”, dijo Deer.

El trabajo también apunta que Wakefield –quien fue despojado de su licencia médica el año pasado y está hoy bajo investigación judicial– “fue contactado para hacer un estudio que desacreditara las vacunas”. Un hombre llamado Richard Barr, quien buscaba demandar a las farmacéuticas, le ofreció 150 libras esterlinas ($230, unos ¢115.000) por hora.

Para el médico e investigador tico Adriano Arguedas, el estudio de Wakefield tuvo efectos serios. “La hipótesis era que, luego de la vacunación, se inflamaba el tubo digestivo y esto producía un intestino más poroso que permitía la absorción de sustancias tóxicas al sistema nervioso central y causaba el autismo. El estudio tuvo un efecto negativo, pues hubo padres que no vacunaron a sus hijos”, comentó.

El médico enfatizó que estas enfermedades pueden prevenirse con vacunación y así evitar complicaciones como la esterilidad masculina y daños en el cerebro –por paperas– , y neumonías mortales –debido al sarampión–.

Controversia. Esta no es la primera vez que el estudio de Wakefield de 1998 es cuestionado. Después de su publicación se realizaron otras 20 investigaciones para intentar comprobar si había conexión entre la vacuna y el autismo, y todas ellas demostraron lo contrario.

Incluso, en febrero del año pasado la revista The Lancet se retractó de la publicación de ese informe de Wakefield, pero, para muchos médicos, el daño ya era grande. “No hay razón que justifique la negativa a vacunar a los niños. Las vacunas que se aplican en los programas de inmunización han pasado por rigurosos estudios clínicos por parte de las agencias regulatorias internacionales y nacionales. Una vez que una vacuna es aprobada, también hay un sistema de farmacovigilancia que monitorea los eventos adversos”, explicó Ana Morice, viceministra de Salud.

No obstante, para el médico costarricense Agustín Páez, la controversia no acaba con la publicación de esta investigación, ya que no es la única que ha tocado el tema. “La investigación no presenta la posición de Wakefield. Además, la aceptación de las vacunas no va a darse solo porque sale este artículo. Organismos como la FDA y el CDC también tuvieron sus dudas, al punto de que no autorizan vacunas con timerosal para menores de tres años ni embarazadas”, dijo Páez.

“Aunque el artículo haya sido un fraude, no contesta la pregunta de si las vacunas son causantes de males neurológicos”, añadió.

Pese a los constantes intentos de la prensa internacional por contactar a Wakefield, no fue posible obtener su respuesta.

La revista British Medical Journal anunció que publicará el resto de la investigación en sus dos próximas ediciones.