24 diciembre, 2011
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Si hay algo característico de la Navidad costarricense es la tradición de “ir a portalear”; es decir, visitar los grandes portales de la comunidad o el barrio.

Según el Centro de Patrimonio Cultural, del Ministerio de Cultura y Juventud (MCJ), la tradición del portal se inició con San Francisco de Asís, en 1223.

A Costa Rica vino por influencia española y el catolicismo. De hecho, el pasito –representación de la Sagrada Familia– se deriva de los pasos, que eran las grandes figuras que usaban los españoles durante sus fiestas.

Es más, aún se conserva la creencia de que el “pasito” debe ser regalado o heredado a través de línea materna y se obsequia a una pareja de recién casados con el fin de depararles hogar.

Sin embargo, el pasito es solo uno de los tantos elementos que tiene el portal. Lejos de retratar el paisaje de Belén de Judea, el portal criollo tiende a ser una crónica visual. En la primera mitad del siglo XX, servían para recordar eventos ocurridos durante ese año.

“Los más hábiles de manos trataban de reproducir escenas vistas poco antes: una corrida de toros, un circo”, escribió Francisco María Núñez en el texto El portal olía a huerto en flor (1950).

Por herencia agrícola, los portales se colocan en el suelo para agradecer por la tierra y pedir por las cosechas del próximo año. Se escenifican potreros y sembradíos para darle aspecto de huerto, incluso se colocan frutas, ramas de ciprés y aserrín para darle olor.

“Se dejaba sazonar los ayotes más grandes, o los racimos de bananos de más de ocho manos, las naranjas, las toronjas y las limas; los cohombros y las granadas; todas las frutas que podían darle al portal aspecto y olor de huerto. La uruca y el ciprés también contribuían a darle aspecto de campo bien cuidado. La lana fresca, las parásitas recién traídas de la montaña, completaban el paisaje de fresca umbría. De floresta”, describió Núñez.

Debido a su complejidad y tamaño, la construcción del portal suele involucrar a toda la familia. Al ser motivo de orgullo, se acostumbra invitar a los vecinos a visitarlo mientras se les comparte un tamal con aguadulce o rompope.

La Nación también se fue a “portalear” por las siete provincias para descubrir historias detrás de esta tradición.