
La inteligencia no siempre se mide por la rapidez. Un estudio científico cuestionó la idea de que pensar más rápido equivale a ser más inteligente. La investigación indicó que personas con alto cociente intelectual (CI) tardan más en responder preguntas complejas. Esa demora se relaciona con decisiones de mayor calidad y con menos errores.
El estudio se publicó en la revista Nature Communications. La investigación reunió a científicos del Berlin Institute of Health, Charité-Universitätsmedizin Berlin y la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona. El trabajo reexaminó bases centrales de la investigación sobre inteligencia humana.
Los investigadores explicaron que la clave está en la conectividad funcional del cerebro. Las personas con mayor CI mostraron una sincronía temporal más alta entre distintas regiones cerebrales cuando enfrentaron tareas difíciles. Esa coordinación permitió que el cerebro pospusiera la decisión final durante más tiempo.
La mayor sincronía cerebral favoreció un procesamiento más profundo de la información. Las regiones del lóbulo frontal mantuvieron activa la memoria de trabajo por más tiempo. Esa capacidad permitió sostener la incertidumbre sin responder de forma inmediata.
En contraste, los cerebros con menor sincronía funcional tendieron a responder de manera apresurada. Las simulaciones mostraron que estas personas tomaron decisiones antes de completar todos los pasos de procesamiento necesarios. Esa conducta incrementó el margen de error.
Los cerebros más sincronizados utilizaron el tiempo adicional para una acumulación de evidencia más ordenada. Ese proceso resultó más lento. También produjo respuestas más precisas. La investigación señaló que esa estrategia redujo los errores en desafíos complejos.
El estudio diferenció entre velocidad de procesamiento simple y resolución de problemas complejos. Las personas con alta inteligencia respondieron rápido en tareas sencillas y automáticas. En problemas que exigieron reflexión profunda, el tiempo de respuesta aumentó.
Los participantes resolvieron patrones lógicos de dificultad creciente. Estas pruebas midieron la inteligencia fluida. Esa habilidad permitió resolver problemas nuevos sin depender del conocimiento previo.
Para el análisis, el equipo desarrolló modelos cerebrales personalizados. Los científicos usaron datos de escáneres cerebrales y modelos matemáticos basados en procesos biológicos. Estas simulaciones reprodujeron el funcionamiento del cerebro humano.
Los modelos se construyeron con información de 650 participantes del Human Connectome Project. Esta iniciativa estadounidense estudia las conexiones neuronales del cerebro. Los avatares virtuales replicaron los tiempos de reacción y el rendimiento intelectual de las personas reales.
El estudio también analizó el equilibrio entre excitación e inhibición cerebral. Este mecanismo reguló la conectividad funcional y la sincronía de las corrientes sinápticas. Ese balance explicó el intercambio entre velocidad y precisión en la toma de decisiones.
Una mayor sincronía se asoció con procesos más lentos pero más precisos. Las corrientes sinápticas mostraron menor amplitud y mayor correlación. Esa dinámica prolongó la integración de evidencia antes de decidir.
Los hallazgos abrieron nuevas posibilidades para la medicina personalizada. Las simulaciones podrían apoyar la planificación de intervenciones quirúrgicas y farmacológicas. También permitirían evaluar tratamientos para enfermedades neurodegenerativas como la demencia o el Parkinson antes de su aplicación clínica.
*La creación de este contenido contó con la asistencia de inteligencia artificial. La fuente de esta información es de un medio del Grupo de Diarios América (GDA) y revisada por un editor para asegurar su precisión. El contenido no se generó automáticamente.
