
Un capitán en silla de ruedas ve amenazado su barco por un tiburón con aplasia troncal que danza a ritmo vigoroso.
Esta animada coreografía se presentó en el gimnasio de la Facultad de Deporte de la Universidad Nacional la semana pasada.
El espectáculo mostró los resultados del curso de danza contemporánea para niños con necesidades especiales, que se desarrolló en esa universidad durante los tres últimos meses .
“La música y la danza despertaron la sensibilidad de los niños y partes de su cuerpo que tenían dormidas. Les hizo sacar potencialidades que tenían dentro”, afirmó Iguandili López, profesora del curso y primera bailarina profesional dentro de la cultura indígena kuna.
Grupo heterogéneo. Tres niños y tres niñas con discapacidades tan dispares como movilidad limitada, autismo, hiperactividad o síndrome de Down, acudieron puntuales a sus dos citas semanales con la danza.
“Es posible coordinar a un grupo de estas características. Hay que buscar qué gestos son capaces de interpretar, agarrar esos movimientos de cada uno y hacer que todos hagan todo para favorecer la integración”, explicó López.
Precisamente, esa integración dentro del grupo fue uno de los aspectos positivos que hizo crecer la autoestima de los niños.
“Siempre han estado un poco aislados del resto de la gente, como los indígenas”, dijo la profesora, identificada con sus alumnos.
Dos niñas sin ningún tipo de discapacidad también formaron parte del grupo como fuente de motivación y vitalidad.
Terapia da frutos. “El cuerpo es la herramienta principal del ser humano, a través de él podemos comunicar muchas cosas”, explicó la bailarina panameña. Con esta filosofía la profesora enseñó a los niños a reconocer su propio cuerpo, el espacio en el que pueden moverse y lo que pueden expresar.
“Lo primero que hay que hacer es reconocer el espacio, qué es arriba y qué abajo, derecha o izquierda”, indicó López.
“Más tarde, con la música y el movimiento acompasado el niño puede llegar a ser más sensible y despertar partes de su cuerpo que tenía dormidas”, añadió.
Los alumnos mostraron un fuerte cambio de actitud entre el primer día, cuando llegaron silenciosos y cabizbajos a clases, y el último, en el que subieron seguros y felices al escenario.
“Cuando llegué había una niña que jamás hablaba ni sonreía. En la coreografía yo le decía que tenía que enseñar los dientes. Comenzó a sonreir y hasta a hablar”, contó entusiasmada López.
A pesar de que la profesora está satisfecha con los resultados, confiesa que en tres meses el trabajo se hace en forma muy acelerada. “Un año es el mínimo para llevar a cabo una buena terapia”, dijo la educadora.
Tras esta experiencia, la UNA organizará un curso similar el año que viene.
López también creará en Panamá una escuela de danza para niños con síndrome de Down.