Los cultivos de transgénicos (sobre todo soya, maíz y arroz) abarcan ya el 4% de la superficie agrícola del mundo. Los genes que se les han introducido son, sobre todo, los destinados a conferir a las plantas resistencia ante plagas y suelos más pobres, aunque en algunos casos también se han enriquecido con vitaminas.
Pero la experiencia disponible no es una carta blanca para la introducción de nuevas especies, por lo que la OMS insiste en que hay que realizar un examen exhaustivo de todas las nuevas variedades y un seguimiento de las ya aprobadas.
La organización también señala que deben investigarse los riesgos de contaminación de campos salvajes, y poner en marcha políticas de prevención de riesgos (aislar los cultivos modificados de los que no lo están para evitar que intercambien genes).
En un informe titulado "Biotecnología moderna de los alimentos, salud y desarrollo humano", la OMS destaca que este tipo de cultivos pueden aumentar la producción agrícola, la calidad alimentaria y la diversidad de los alimentos cultivados en una zona determinada del mundo.