Buenos Aires, Puntarenas. Desde el viernes y durante tres días, diablitos de rostros fieros, de largos colmillos o gestos cómicos y vestidos con hojas de plátano se tiraron a las calles de Curré.
No salieron a asustar, sino a revivir una fiesta tradicional del pueblo boruca en la que, a la vez que se juega, se representa la lucha que tuvieron los indígenas –llamados diablitos por los europeos debido a que no estaban bautizados– contra el conquistador español hace más de cinco siglos.
Esta tradición se llama el juego de los diablitos, la cual tiene su principal manifestación en una gran fiesta que se realiza en la comunidad de Boruca durante cada fin y principio de año.
Sin embargo, desde 1978, el pequeño pueblo indígena de Curré –ubicado en el kilómetro 229 de la Interamericana Sur– comenzó a hacer el mismo juego, pero con su propia gente y durante el primer fin de semana de febrero.
Eso llena a la comunidad pues no solo atrae a turistas, sino también a todos los lugareños que trabajan en otras partes del país y regresan a su tierra natal durante estas fechas.
Aquello es un fiestón. Unas familias hacen tamales de arroz y chancho; otros matan un cerdo para ofrecer la carne, y hay “chicheras” en unas 15 casas de la comunidad, donde le sirven chicha –bebida fermentada de maíz– a quien acerque un guacal, vaso o cualquier recipiente.
Días de juego. La actividad comenzó en la madrugada del viernes, momento en el que nacen los diablitos: personajes enmascarados bromistas que juegan, bailan al son de la música y son felices.
¿Quiénes se visten de diablitos? Cualquier indígena joven, incluso niños, de la comunidad que tenga el equipo necesario: una máscara de madera tallada a su gusto y un traje hecho con sacos de gangoche o yute y forrado con hojas de plátano.
Posteriormente apareció el toro –representa al conquistador español–, un foráneo agresivo que viene a dominar a los diablitos.
El toro es una armazón coronada con una máscara de toro. La manejan hombres fuerte del pueblo, quienes dan duras embestidas a los diablitos.
El sábado, el juego estuvo animadísimo porque hubo bastantes diablitos y buenos toreros.
Félix Rojas fue el diablo mayor –es decir, guía de los diablitos– en ausencia de Santos Rojas.
A las 9:17 a. m., Félix Rojas comenzó a sonar un cacho y salió junto con el toro y los músicos, quienes llevaban acordeón, “pito” (flauta) y tambor, a recorrer el Curré.
Quizá debido a lo cansada de la jornada del viernes o al efecto de la chicha, los diablitos no aparecieron temprano y el toro estaba solo en medio del patio de una casa.
La familia visitada repartió chicha a todos los visitantes.
Félix Rojas, con ayuda de Roberto Morales –otro diablo mayor–, volvió a sonar el cuerno y el cambute (gran caracol con un hueco en un extremo) para seguir aquella especie de procesión.
En la siguiente estación, el hogar de Rogelia Rojas, la música, el llamado del cuerno y el cambute y los gritos de los diablos mayores lograron su cometido: de entre unos arbustos salieron dos diablitos.
En ese momento comenzó la verdadera emoción.
Los diablitos retaron en dúo al toro gritando “¡Jesa, jesa!” y “¡Gua, gua!”. Aquel toro se levantó y empezó a dar fuertes embestidas; en cuestión de minutos tumbó a los diablitos; sin embargo, se levantaron y volvieron a azuzarlo.
Con los pies, los diablos hacían morisquetas y bailaditos al toro, y este se enfurecía hasta tirarlos al suelo. La escena se repitió cientos de veces.
Más diablos y chicha. Poco a poco y de casa en casa, los gritos y expresiones atrajeron a más diablitos.
A las 11 a. m., el toro estaba rodeado de una veintena de diablitos bromistas que no dejaban de molestarlo y retarlo.
Lo que quedó claro es que, aunque el toro jugaba, embestía duramente, tanto que rajó varias de las máscaras en el juego.
Hubo una pausa para almorzar. Un tazón de sopa de carne y verduras levantó, del cansancio y otros efectos de la fiesta, a diablitos y toreros. Pasada la 1 p. m., los diablitos volvieron a la carga contra el toro y visitaron otras casas.
Cada vez, el público crecía y crecía, y, aun así, la chicha alcanzaba para tanta gente.
Cuando el Sol comenzó a esconderse, el diablo mayor sonó el cuerno, y los diablitos se fueron para sus casas a descansar o a bailar con una discomóvil.
El domingo se llevó a cabo el último enfrentamiento serio: el toro tumbó a todos los diablitos, pero estos lograron reponerse y terminaron por matarlo.
Así acabó esta historia que se resucita cada año hasta que las comunidades borucas lo quieran.
