
Jugar con un perro no solo sirve para entretenerlo o gastar energía. También puede fortalecer de forma directa la relación emocional con su dueño. Esa fue la principal conclusión de un estudio publicado en la revista Royal Society Open Science, realizado por investigadores de la Universidad de Linköping, en Suecia.
La investigación analizó cómo distintas interacciones cotidianas, especialmente el juego y el entrenamiento, afectan la calidad del vínculo entre perros y personas. Aunque ambas actividades mostraron asociaciones positivas, solo el juego produjo una mejora comprobable en la cercanía emocional después de una intervención controlada.
Los autores partieron de una observación conocida: los perros juegan con humanos durante toda su vida, algo poco común entre especies distintas. A diferencia de otros animales, los perros mantienen ese comportamiento incluso en la adultez, y estudios anteriores ya habían sugerido que esa capacidad pudo haber sido importante durante su domesticación.
El equipo planteó entonces una pregunta concreta: si jugar juntos fortalece tanto la convivencia diaria, ¿puede mejorar también la relación emocional entre perro y dueño más que otras actividades como el adiestramiento?
Para medirlo utilizaron la escala MDORS, sigla en inglés de Monash Dog–Owner Relationship Scale, una herramienta que evalúa la relación humano-perro en tres áreas: interacción cotidiana, cercanía emocional y costos percibidos, como esfuerzo, tiempo o responsabilidad.
Primero realizaron una encuesta en línea con 2.940 dueños de perros en Suecia. Se excluyeron perros menores de un año y hogares donde la persona respondía por más de un animal, para evitar distorsiones en los resultados.
Además de la escala principal, preguntaron con qué frecuencia jugaban y entrenaban con sus perros, si el animal había sido adoptado, cuántos perros había en el hogar y otros datos como edad, sexo y raza. Los resultados mostraron que tanto jugar como entrenar con más frecuencia se asociaba con mejores puntajes en las tres áreas evaluadas.
Sin embargo, esa primera etapa solo mostraba asociación, no causa.
Para comprobar si realmente jugar producía un cambio en la relación, los investigadores realizaron una segunda fase con intervención directa durante cuatro semanas.
Participaron 408 dueños divididos en tres grupos. El primero debía añadir al menos cinco minutos diarios de juego extra con su perro. Las actividades incluían esconder objetos, juegos de persecución, tirar de una cuerda o juegos de búsqueda.
El segundo grupo recibió tareas de entrenamiento con refuerzo positivo, como enseñar al perro a tocar la mano, permanecer en una manta o responder a giros rápidos. En este caso, se pidió evitar el uso del juego como recompensa para separar ambos efectos.
El tercer grupo no recibió instrucciones nuevas y funcionó como grupo de control.
Después de las cuatro semanas, todos completaron nuevamente la escala MDORS.
El resultado principal apareció en una sola dimensión: la cercanía emocional.
Solo el grupo de juego mostró una mejora significativa en ese aspecto. El cambio fue estadísticamente relevante, mientras que el grupo de entrenamiento y el grupo de control no presentaron diferencias comparables.
Eso significa que el juego no solo acompaña una buena relación previa, sino que puede contribuir directamente a fortalecer el vínculo afectivo entre ambos.
Los investigadores también señalan que esto puede ser especialmente importante en hogares con varios perros o en casos de adopción reciente, donde construir una relación sólida puede tomar más tiempo.
El estudio no encontró que el entrenamiento tuviera el mismo efecto emocional, aunque sí se relacionó con una buena convivencia general. La diferencia, según los autores, estaría en que el juego implica una participación más recíproca, espontánea y social entre perro y humano.
Los autores concluyen que dedicar algunos minutos diarios a jugar activamente con el perro puede tener un impacto mayor que reforzar únicamente rutinas de obediencia.
