Aunque nuestro olfato nos parezca autónomo, investigadores de la Universidad de Oxford detectaron recientemente que la capacidad para identificar fragancias depende en gran medida de la palabra que las personas, según su propia experiencia, asocien al aroma.
Los expertos aseguran que, por ejemplo, palabras consideradas agradables como "queso cheddar" desencadenan regiones del cerebro encargadas de las funciones olfatorias y logran que el olor relacionado finalmente se perciba también como agradable.
También sucede lo inverso con la reacción ante frases como "olor humano" o "plástico quemado", que desencadenan una reacción de rechazo olfativo.
En la investigación participaron 20 personas de entre 23 y 35 años, quienes en un cuarto aislado fueron expuestas a un olor placentero similar al de las flores; uno desagradable, similar al plástico quemado; otro con olor a queso cheddar y, por último, un aroma a aire purificado.
En cada caso el voluntario entró a un cuarto donde vio aparecer delante suyo una palabra, mientras emanaba y percibía una fragancia específica una y otra vez.
Reacción diferente. Los voluntarios se expusieron a un mismo aroma, mientras se cambiaban los carteles con vocablos "relacionados".
Lo curioso es que en el caso en que el aroma era el mismo, pero las palabras cambiaron, los cerebros reaccionaron también en forma diferente, activando zonas cerebrales muy distintas.
Al analizar los resultados, Araujo y Rolls, autores del estudio, concluyeron que los impulsos cognitivos -lo que ya sabemos o pensamos respecto a una palabra- son decisivos en la manera afectiva como respondemos a ciertos olores. También los expertos advierten del peligro que significa que los alimentos estén mal etiquetados, ya que pueden producir reacciones totalmente dispares en el cerebro.