
Lo que comenzó como la búsqueda de un martillo extraviado terminó en uno de los hallazgos arqueológicos más relevantes del Reino Unido. En la localidad de Hoxne, una herramienta perdida llevó al descubrimiento de un tesoro romano valorado en £34 millones, unos $46,6 millones.
En 1992, el agricultor Peter Whatling solicitó ayuda a su amigo Eric Lawes, jardinero jubilado y aficionado a la detección de metales, para localizar el objeto en su terreno. El 16 de noviembre, ambos encontraron diversos artículos antiguos enterrados, entre ellos monedas y cucharas.
Tras el hallazgo, los descubridores informaron a la policía local y al servicio arqueológico. Esa decisión permitió a los especialistas realizar una investigación formal y documentar con precisión la ubicación de cada pieza, lo que dio un alto valor científico al conjunto.
Las piezas pasaron a conocerse como el Tesoro de Hoxne. Los expertos lo consideraron uno de los conjuntos de oro y plata más importantes del final del período romano encontrados en Gran Bretaña. A nivel internacional, ocupó el quinto lugar entre los diez mayores tesoros de metales preciosos de los siglos 2 al 7 d. C.
El conjunto incluyó 15.233 monedas, vasijas de plata, joyas de oro, cucharas y utensilios de higiene personal. También aparecieron restos de madera y otros materiales orgánicos, lo que permitió determinar que los objetos estaban guardados en un baúl de roble con compartimentos internos protegidos con paja y tela.
Algunas monedas correspondían a los años 407 y 408 d. C. La mayoría pertenecía a décadas anteriores. Con base en esos datos, los especialistas estimaron que el tesoro fue enterrado durante el siglo 5 d. C. El motivo y la identidad de su propietario no quedaron esclarecidos.
Entre las hipótesis planteadas, los investigadores señalaron que el tesoro pudo ser ocultado durante un período de inestabilidad en la Britania romana, entre finales del siglo 4 e inicios del siglo 5 d. C. Otra posibilidad fue que se tratara del botín de un robo.
En 1993, las piezas pasaron a manos de la corona inglesa, que posteriormente las vendió a museos. Parte del tesoro se exhibe en el Museo Británico, en Londres.
El dinero obtenido fue entregado al descubridor, quien lo compartió con el dueño de las tierras. Ambos recibieron $2,32 millones, según el valor fijado en ese momento.
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