Si usted está en el creciente grupo de personas que luchan contra el sobrepeso, probablemente ha vivido esto en carne propia: después de cumplir con una dieta y perder peso, de alguna forma el cuerpo, al cabo del tiempo, vuelve a recuperar parte o todo lo perdido.
Los datos no mienten, al menos el 75% de las personas obesas que pierden peso, vuelven a recuperar los kilos que se habían quitado de encima. ¿Es por falta de voluntad? Aparentemente no.
Michael Rosembaum, del centro médico de la Universidad de Columbia, en Nueva York, lideró un estudio que demuestra que, cuando una persona pierde peso, se disminuye la segregación de una hormona llamada leptina.
Esa hormona, descubierta hace poco más de una década, es segregada por las células adiposas del cuerpo (las que almacenan grasa) y se encarga de orquestar en distintas regiones del cerebro muchas de sus respuestas hacia la comida.
En un principio se creyó que la leptina podía fomentar la pérdida de peso, pues se observó que personas que por un daño genético no producían la hormona, tenían un apetito voraz, pero una vez que se les administraba la hormona, eso cambiaba. No obstante, al estudiar los niveles de leptina en personas obesas, los expertos se percataron de que son altísimos, por lo que la idea de que se había hallado la solución a la obesidad se desplomó.
Sin embargo, Rosembaum y sus colegas ha encontrado un uso útil para esta hormona en el tratamiento de la obesidad: es un seguro para no recuperar los kilos ya perdidos.
Salvaguarda de energía. Charles Darwin lo demostró con su Teoría de la Evolución por Selección Natural: el más fuerte y el más apto es el que persiste. Para persistir hay que estar vivo y, para ello, mantener suficientes reservas de energía en el cuerpo es fundamental.
La leptina se encarga de eso: cuando los niveles de reserva de grasa disminuyen en el cuerpo, deja de segregarse, enviando al cerebro señales de que hay que comer y que se debe gastar menos energía –disminuyendo el metabolismo–.
En la época de las cavernas, en la que la disponibilidad de alimento no era constante, la función de la leptina fue muy necesaria; pero hoy, con supermercados y restaurantes en cada esquina y un estilo de vida muy sedentario, nuestro enemigo es la obesidad.
El cuerpo identifica la pérdida de peso como un período de escasez de alimento y empieza a ver cómo ahorra energía u obtiene más calorías para subsistir. Rosembaum lo demuestra en su estudio publicado en el Journal of Clinical Investigation .
Él tomó a seis pacientes obesos, les midió su nivel de leptina, evaluó sus respuestas cerebrales a estímulos visuales de comida (observando qué regiones del cerebro se activaban) y luego los sometió a una dieta que los llevó a perder el 10% de su peso inicial.
Tras adelgazar, volvió a medir su nivel de leptina y la respuesta cerebral a los estímulos visuales de comida. En todos observó disminución de la hormona. También constató que las regiones cerebrales que se estimulaban ante las imágenes de la comida cambiaron: los sitios vinculados a las emociones y las respuestas sensoriales y ejecutoras hacia la comida se mostraron más activos, mientras que las regiones cerebrales vinculadas al autocontrol estaban disminuidas.
No obstante, cuando a los pacientes se les inyectó leptina, Rosembaum halló que la actividad cerebral ante los estímulos de comida regresaba al estado previo a la pérdida de kilos.
Es posible que la leptina se convierta en un tratamiento para asegurarse que, una vez que la persona ha perdido sus kilos extras, no los vuelva a recuperar.