
El 10 de febrero de 2009, a 789 kilómetros sobre Siberia, una colisión marcó un punto de quiebre en la seguridad espacial. El satélite estadounidense Iridium 33, clave para las comunicaciones, chocó a 42.000 km/h con el ruso Cosmos 2251, que estaba desactivado.
El impacto transformó una teoría académica en una amenaza real. Dieciséis años después, la órbita terrestre funciona como un embotellamiento donde la basura espacial representa un riesgo geopolítico comparable al de los misiles.
No hubo una explosión visible. Sí ocurrió una dispersión silenciosa y peligrosa. Más de 2.000 fragmentos grandes y miles de astillas se propagaron en todas direcciones. En la actualidad, la competencia entre Estados Unidos, China y Rusia no se limita a llegar primero a la Luna o Marte. También se centra en mantener operaciones seguras dentro de un entorno orbital saturado y volátil.
Reacción en cadena
El principal temor de los especialistas recibe el nombre de síndrome de Kessler. La teoría fue propuesta en 1978 por el científico de la NASA Donald Kessler. Describe un escenario donde la densidad de objetos en la órbita baja es tan alta que una sola colisión genera fragmentos capaces de provocar nuevos impactos. El proceso deriva en una reacción en cadena sin control.
El especialista en dinámica orbital del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales (Inpe), Antonio Bertachini de Almeida Prado, señala que el planeta ya se encuentra en una margen de riesgo peligrosa. Explica que una colisión entre dos objetos puede convertirlos en miles de fragmentos. Esos restos pueden multiplicarse de forma exponencial y acelerar la contaminación orbital.
En ese escenario, algunas órbitas quedarían inutilizables durante generaciones. El bloqueo de estas autopistas espaciales afectaría servicios esenciales. El impacto alcanzaría el GPS, las transacciones bancarias internacionales y los sistemas de pronóstico meteorológico. En el plano geopolítico, las mayores pérdidas recaerían sobre las potencias espaciales.
El jefe del Núcleo de la División de Ingeniería Aeroespacial del Instituto Tecnológico de Aeronáutica (ITA), Luís Eduardo Vergueiro Loures da Costa, indica que los países con mayor presencia espacial pagarían el precio más alto. Las fuerzas armadas de Estados Unidos dependen de los sistemas orbitales para su despliegue. En un escenario de Kessler, esa capacidad quedaría seriamente comprometida.
Aunque Brasil no forma parte del grupo de potencias espaciales, su dependencia de la infraestructura orbital es profunda. Los satélites resultan clave para el monitoreo de la deforestación y las quemas en la Amazonía, la previsión de eventos climáticos extremos, la agricultura de precisión y los sistemas de navegación y sincronización. Estos últimos apoyan desde el transporte aéreo hasta operaciones de defensa.
Incidentes recientes
La tensión aumentó en los últimos años. En 2021, Rusia realizó una prueba de misil antisatélite (ASAT). El ensayo destruyó de forma deliberada su propia nave, la Cosmos-1408. El resultado fue una nube de 1.500 fragmentos rastreables. La situación incluso puso en riesgo a la Estación Espacial Internacional.
Un episodio más reciente evidenció la fragilidad humana en el espacio. Durante la misión china Shenzhou-20, tres taikonautas quedaron atrapados en la estación espacial Tiangong. Un pequeño detrito, posiblemente menor que una moneda y desplazándose a velocidades hipersónicas, impactó la cápsula de retorno. El golpe provocó una grieta en una ventana.
El incidente obligó a China a ejecutar una misión de rescate de emergencia. La cápsula Shenzhou-21 fue enviada para traer de regreso a la tripulación. Para el profesor del ITA, estos hechos confirman que el lixo espacial no funciona como un arma. Se convirtió en una debilidad compartida por todos los actores.
Existen normas aceptadas de forma internacional. Una de ellas establece que los objetos lanzados deben reingresar a la atmósfera en un plazo máximo de 25 años. La NASA adoptó una regla más estricta. Sus proyectos exigen la reentrada en un máximo de cinco años. El especialista considera que esta medida debería extenderse a todos los países, ya que la ausencia de reglas efectivas perjudica a todos por igual.
Privatización del conflicto
El panorama se vuelve más complejo con la entrada de actores privados. La empresa SpaceX, de Elon Musk, lanzó miles de satélites Starlink. En respuesta, China inició la construcción de la constelación Qianfan. El proyecto prevé 13.000 satélites y es liderado por Shanghai Spacecom Satellite Technology.
Aunque el proceso aparenta una carrera comercial, la lógica de poder se mantiene. Los satélites privados suelen servir a intereses nacionales. Estos sistemas pueden ofrecer internet en zonas de guerra, como ocurre con Starlink en Ucrania. También garantizan la soberanía de datos, un objetivo estratégico para China. El congestionamiento orbital eleva el riesgo de fricciones diplomáticas si un satélite privado estadounidense colisiona con uno estatal chino.
En este contexto, empresas como SpaceX anunciaron el reajuste de la órbita de más de 4.000 satélites Starlink. Bertachini valora la medida, aunque aclara que no soluciona el problema de fondo. El espacio sigue bajo un vacío jurídico. No existen leyes globales vinculantes que obliguen a la limpieza orbital. La situación agrava el conflicto financiero y diplomático.
El especialista advierte que no hay mecanismos claros para sancionar a quien incumple la retirada de un satélite. El costo de la limpieza resulta elevado. Ningún actor quiere asumirlo. La responsabilidad debería recaer en quién lanzó el objeto. Si eso no ocurre, quienes deseen usar la órbita deberán limpiarla por su cuenta. El escenario actual refleja un impasse legal.
Secreto militar
El diagnóstico del problema es claro. La solución enfrenta la desconfianza mutua. En la actualidad existen cerca de 13.000 satélites en órbita. La ausencia de una regulación global unificada convierte el monitoreo en un terreno dominado por el secreto militar.
El ingeniero aeroespacial y director ejecutivo de la startup brasileña Safe on Orbit, Luis Fellipe Alves, explica que la tecnología para rastrear y evitar colisiones ya existe. Sin embargo, encuentra resistencia dentro del ámbito militar. Esa postura genera puntos ciegos en la vigilancia global.
Alves señala que hay bases de datos públicas. La precisión es limitada. La interpretación resulta compleja. Además, millones de fragmentos menores a 10 centímetros permanecen invisibles para los sensores actuales. Aun así, estos restos pueden perforar blindajes como agujas hipersónicas.
Ante el bloqueo diplomático, el sector privado comienza a llenar el vacío. Safe on Orbit se convirtió en la primera empresa espacial brasileña en recibir capital de riesgo. Su labor se centra en optimizar maniobras para evitar colisiones. El directivo sostiene que la mentalidad empresarial cambia. El argumento de que el problema nunca ocurre pierde fuerza frente al cálculo financiero.
Cada vez más compañías consideran el monitoreo de la basura espacial como un servicio esencial. La vigilancia constante reduce el riesgo de perder una nave valorada en millones de dólares. Un choque podría terminar una misión antes de tiempo y generar pérdidas irreversibles.
*La creación de este contenido contó con la asistencia de inteligencia artificial. La fuente de esta información es de un medio del Grupo de Diarios América (GDA) y revisada por un editor para asegurar su precisión. El contenido no se generó automáticamente.
