
Como cada año, con el inicio de la estación seca las ballenas jorobadas llegan a las costas tropicales costarricenses, tras un viaje de miles de millas desde zonas polares del norte .
Aquí encuentran las condiciones adecuadas para pasar el período de procreación y cría, que dura de uno a tres meses.
En Costa Rica, el Pacífico Sur es el mejor testigo de este espectacular fenómeno biológico.
En los alrededores de la bahía de Drake, isla del Caño y Parque Nacional de Corcovado se puede ver un promedio de tres a ocho ballenas por día, según el biólogo marino Mauricio Solís, quien estudia a estos cetáceos en colaboración con Roy Sancho.
La elección de la zona de asentamiento no es casual.
Después del recorrido por alta mar, estos cetáceos eligen la costa para instalarse, preferiblemente lugares de poca profundidad con corrientes leves, aguas mansas no contaminadas y de poco tránsito o actividad pesquera.
Bahías, arrecifes y los alrededores de las islas son sus hábitats preferidos, según los expertos.
La cría. Algunas hembras vienen a reproducirse. Con este propósito se pueden ver grupos de hasta ocho machos detrás de una hembra.
Las ya preñadas y listas para el parto pueden ser asistidas por otras (parteras), que ayudan a mantener a flote la cría.
Llegan otras. Con el inicio de la época lluviosa las ballenas jorobadas también arriban a Costa Rica. En esa ocasión viajan hasta la costa norte del Pacífico costarricense huyendo del invierno que se vive en zonas cercanas al Polo Sur.
Costa Rica es el único país del mundo donde se puede ver a estos cetáceos durante casi todo el año. También es el único donde existe la posibilidad de que se mezclen dos subpoblaciones geográficamente separadas (las del Pacífico Norte y Pacífico Sur).
No existen datos exactos sobre el número de ballenas que décadas atrás llegaban a Costa Rica, pero los biólogos estiman que hoy se ven más individuos que hace 10 ó 15 años.
Se recuperan. “Muy posiblemente las poblaciones se están recuperando de la cacería de entre 1904-1983, cuando se mataron más de 250.000 individuos. Pero probablemente la cantidad de individuos que se observaba antes de dicho evento era muy superior a la que se ve hoy”, señaló Solís.
Ver un animal salvaje es un evento ocasional y cuestión de suerte, aunque la experiencia y el conocimiento sobre la especie también ayudan.