
En la larga cadena de 3.000 millones de pares de bases que componen el código genético hay unos 25.000 genes que, a través de un mensaje, dan forma a las proteínas, que controlan las reacciones químicas del cuerpo humano.
El 97% restante del ADN era visto como reiterativo; ¡basura!, decían algunos. ¿Su pecado?: no poseía la receta para fabricar proteínas. Todo eso ha cambiado gracias a una investigación del consorcio Encode, la Enciclopedia de los Elementos del ADN que publicaron conjuntamente las revistas Nature y Genome Research.
En el estudio participaron más de 300 científicos, de 80 organizaciones diferentes.
Tras analizar el 1% del genoma humano, el grupo determinó que no solo los genes, sino que prácticamente todo el ADN cumple un rol funcional.
Esto es, es capaz de expresar un mensaje (el llamado ARN mensajero) y este, aunque no siempre se traduce en proteínas, influye en que los genes se activen o desactiven, clave para la manifestación de una enfermedad o rasgo hereditario.
Así, no se descarta que estas zonas supuestamente no activas también den pistas para comprender mejor la diabetes y la formación de tumores en el colon y la próstata.
Y también podrían encerrar la respuesta al dilema evolutivo respecto de dónde se desarrolló el lenguaje y la inteligencia si prácticamente compartimos el 99% de nuestros genes con los primates.
De esta forma, el injustamente llamado “ADN basura” maneja un sorpresivo “plan maestro de instrucciones” que pone un gran orden biológico, mucho más complejo de lo que se creía en la vida de una célula.
Más que basura. Los trozos supuestamente inservibles fijan la pauta acerca de qué proteínas se fabricarán, cuántas, cómo y en qué momento preciso. “Estos distintos ARN mensajeros regulan todo lo que acontece en una célula. Aquí vemos que nada ocurre al azar”, comentó Manuel Santos, genetista de la Universidad Católica de Chile.
“No sé si será una programación divina, pero puedo asegurar que esta no es casual”, agregó Eugenio Spencer, virólogo de la Universidad de Santiago.
Ambos científicos están igualmente maravillados con otro hallazgo de este trabajo que transforma la biología clásica: cómo el núcleo celular se las arregla para decidir cuál gen activar.
Si el ADN se desenrollara, equivaldría a una cuerda de metro y medio. Pero está todo empaquetado. Un plato de 46 tallarines (los cromosomas) donde están los genes.
”¿Quién dice en esta masa de ADN: ¡oye, gen, despierta, exprésate ahora, y tú otro, quédate callado!?”, dice Eugenio Spencer. La clave, descubrieron, está en las histonas, proteínas encargadas de desenrollar los cromosomas. “Al hacerlo sufren cambios químicos y, así, van iluminando las rutas”.
En la práctica, los genes perdieron su jerarquía y pasaron a ser un obrero más en el proceso.
Ya no controlan nada, sino que son simples recipientes de información y para expresarse deben enfrentar las instrucciones de varios jefes a la vez.
Y, de alguna forma, se las arreglan para hacerlo bien.