
Hoy Irán aparece en los titulares de los medios de todo el mundo por razones geopolíticas. Pero en mayo del 2019, cuando lo visité, mi preocupación no era la guerra, sino si me permitirían entrar.
Llegamos de madrugada a Teherán en un vuelo procedente de Estambul, Turquía. El trámite de la visa a la llegada costó $73, pero en mi caso —por ser periodista— se convirtió en un pequeño interrogatorio. Tras seis o siete entrevistas, le dije a mi esposa que probablemente no nos dejarían ingresar. El ambiente era tenso. Finalmente, nos permitieron el ingreso. Fue desgastante, pero cruzamos.
Del Aeropuerto Internacional Imán Jomeini tomamos el metro hacia la ciudad. Compramos una tarjeta recargable prácticamente a puras señas. El persa es un idioma indescifrable para el visitante, aunque al menos el metro tenía señalización en inglés. Durante nuestra estadía, ese sistema fue nuestro principal medio de transporte.
Recorrimos el Gran Bazar, visitamos la Torre Azadi —símbolo nacional— y el Palacio de Golestán. Teherán es intensa, caótica, con un tráfico que obliga a cruzar las calles lanzándose entre autos y motos, imitando a los locales.

La comida fue otro descubrimiento. Viajamos en pleno ramadán, el mes de ayuno musulmán. Durante el día, los restaurantes estaban cerrados; al caer la noche, estaban repletos de familias que rompían el ayuno juntas.
Moverse no siempre fue sencillo. No pudimos usar Google ni tener Internet por los bloqueos. Todo lo pagamos en efectivo debido a las sanciones que impiden el uso de tarjetas extranjeras. La moneda, con tantos ceros por la devaluación, confunde al principio. Los iraníes hablan en tomanes, una versión simplificada del rial.
También viajamos en taxi a Qom, la segunda ciudad más sagrada del país. Fueron cerca de 300 kilómetros entre ida y vuelta, con dos horas de espera incluidas, por el equivalente a $12. En un país que parecía excesivamente barato para el visitante, ese precio resume la magnitud de la devaluación.
Nos sorprendió la amabilidad constante de la gente, incluso cuando el idioma era una muralla. Aunque en migración nos aseguraron que mi esposa no necesitaba cubrirse la cabeza, decidió usar hijab durante toda la estadía. No fue cómodo, pero era parte de entender el contexto cultural.
En el 2019, Irán intentaba abrirse al turismo. Hoy vuelve a ocupar los titulares por razones muy distintas. Yo lo recuerdo como un destino desafiante y complejo.
