
A principios de la década de los 70 el actor, escritor y comediante mexicano Roberto Gómez Bolaños, mejor conocido como Chespirito, creó la serie de televisión
El programa resultó un éxito de audiencia y con el tiempo se convertiría en un fenómeno social que persiste 30 años después de que cesara la producción de nuevos capítulos.
Veinte mil personas bailaron recientemente la coreografía del Chavo en los alrededores del Monumento de la Revolución, en la capital mexicana, muchos de ellos con disfraces y atuendos alusivos a sus “héroes”.
La actividad cumbre de
Está claro que la figura del Chavo y los personajes de don Ramón, La Chilindrina, El señor Barriga, Quico, doña Florinda y el Profesor Jirafales son, para legiones de seguidores, objeto de culto.
El por qué de tanta popularidad y reconocimiento –sin embargo– es un misterio que recae más en el área de la psicología y la sociología, que en el análisis del programa como tal.
El argumento gira en torno a las aventuras del Chavo, un niño de 10 años, abandonado, quien a menudo busca refugio en un barril. Su vida transcurre en un vecindario marginal en donde impera la fuerza del porrazo.
La comedia surge a partir de ahí: doña Florinda golpea a don Ramón. Quico sigue el ejemplo de su mamá y lo trata de “chusma”. Luego don Ramón se desquita golpeando al Chavo y este, aunque de forma accidental, termina lastimando al señor Barriga.
La violencia del Chavo, vista así, es coherente con una sociedad acostumbrada a utilizarla como medio de entretenimiento, ya sea de manera gráfica o solapada, pero siempre permisible.
Se dice que en principio el programa estaba dirigido a un público adulto, pero terminó gustando mucho a los niños y fue así como se transformó en un programa “para toda la familia”.
Los actores, no hay duda, son talentosos, pero amarrados a la rigidez de sus personajes; cada cual con repeticiones
El resto es –en esencia– el juego de “ya sé lo que va a decir y lo que va a pasar”. “Ya sé que Quico se irá a llorar a su rincón, y doña Florinda saldrá a ajustar cuentas con don Ramón. A su paso se encontrará al profesor Jirafales quien le traerá flores y ella lo invitará a tomarse una tacita de café mientras don Ramón se desquita (otra vez) con el Chavo. Este argumenta en medio de su ‘pipipipipi’ que no le tienen paciencia. Don Ramón lo amenazará con darle otro, pero al final no lo hará ‘nomás porque...’ y rueda la rueda.
¿Será que ver el Chavo es en sí una experiencia catártica y analgésica? ¿Una pomada que nos brinda la sensación de poder anticipar y tener el control de lo que está por venir, en contraste con ese mundo real de grandes incertidumbres y futuros inciertos? ¿Será eso?
¿O será simplemente que Roberto Gómez Bolaños tuvo el gran acierto de crear una serie cuyas historias y personajes conectaron directamente con el corazón de las audiencias y dio vida, sin proponérselo, a una leyenda?
No lo sé. Pero en el fondo se me hace que todos compartimos la fragilidad y búsqueda de la felicidad del Chavo. Tan simple como poder comernos una torta, y siempre tener a mano un barril adonde refugiarnos cada vez que la vida nos quiera agarrar a golpes.