
Son increíbles la fuerza y la vida que tiene Yolanda Oreamuno hoy en día. ¿Qué pensaría si nos estuviera viendo por un huequito del Cielo? Ella, quien sufrió tanto la falta de reconocimiento en vida y que no quiso que se la considerara más una tica, ¿estaría zapateando como chiquita enojada por toda esta llamada “yolandamanía”?
¡Es impresionante que, a una semana de la actividad para develar su nueva tumba, con su bien merecida placa, hayan confirmado ser partícipes casi 350 personas! Fieles seguidores se reúnen para hacer homenaje; gente viene del extranjero solamente para este encuentro.
A mi vez, yo me inquieto: ¿qué pensaría ella? Es una pregunta que me he hecho durante mucho tiempo; por un lado, quisiera respetar su opinión, pero, por otro, me niego a aceptar dejarla en el abandono.
Por lo poco que conozco de ella y por lo mucho que me hubiera gustado conocerla, es que he logrado llegar a una respuesta esencial que me permite dormir tranquila.
Legado de vida y obra. Varias cosas hicieron de Yolanda lo que es hoy en día. Se habla de su belleza física e intelectual. Se habla mucho de su vida –quizás demasiado–. Se habla de su obra y calidad literaria. Yo resumo todo en dos variantes que la definen: el legado de su obra y el legado de su vida.
Sin embargo, por lo joven que murió, pienso que quedó un vacío en ambas variantes –vida y obra– y que Yolanda no se pudo completar.
Su obra, genial y exquisita, no fue apreciada en su época. Novelas y escritos perdidos, quemados, olvidados... Queda poco legado literario de ella, pero sumamente rico y profundo, y vale la pena saborearlo.
Yolanda nos dejó una obra maestra, un movimiento, una revolución en todo sentido, y en tan solo 40 años de vida' Con todo este movimiento –que está haciendo historia– y en especial con el homenaje del 8 de julio, se propagarán aún más sus textos. Supongo que es lo que ella siempre quiso' Si se lee su obra, si se la entiende y se la disfruta, se completa Yolanda en el campo literario.
Por lo demás, para nadie es un secreto que fue una mujer muy sufrida en la vida y en la muerte. En sus cartas pueden palparse esas lágrimas, ese dolor, ese corazón desgarrado que motiva a consolarlo con un abrazo. No quisiera ni pensar en el sentimiento de no poder ver a un hijo, de no poderlo abrazar, de no verlo crecer...
No obstante, también sé y respeto que hay dos versiones para cada historia, y razones válidas para que se diera así.
A pesar de todo. Su hijo salió adelante, se hizo un hombre admirable, correcto; formó una familia linda con cinco nietos ya. Es él hoy quien está detrás del telón, apoyando este movimiento y colaborando con la colocación de la placa en su tumba para sentirse cerca de ella, unido a ella.
A pesar del tiempo y los contratiempos, Yolanda terminó junto a su hijo, con él y su familia, dándole el cariño que se merece. ¿Qué más completo que esto?
Sí, 55 años es mucho tiempo, pero nunca es tarde para darle una sepultura digna. Quizás si se la hubiera enterrado en aquella época en un mausoleo elegante, con una gran placa y un gran homenaje, no sería ella lo que es hoy en día. No se hubiera hablado tanto de ella como se habla ahora, y esto –como todas sus experiencias en vida– es parte de lo que la sigue formando a ella, de lo que la hace la Yolanda Oreamuno actual.
¡Ella sigue viva, más fuerte y más completa que nunca! Sigue viva en su espíritu, en su familia, en sus seguidores y en su obra.
Así pues, yo duermo tranquila porque, a través del huequito del Cielo, casi puedo ver una leve sonrisa en sus labios y quizás hasta lágrimas de felicidad y de orgullo muy distintas de las que siempre sintió rebalsar de sus ojos, al ver que finalmente, 55 años después, de verdad se la aprecia, se le lee, se la admira y se la quiere, y que su ser y su legado se completan.
La autora es nieta de Yolanda Oreamuno.