La vida de los pueblos, más allá de lo anecdótico, encierra sentidos no siempre evidentes. El espíritu humano ha sido incesante en su intento por develar las arcanas de la historia. Hegel, el más ilustre representante de la lucha por encontrar lógica en el aparente caos de guerras y revoluciones, atribuyó al devenir racionalidad inmanente. Según él, más allá de trifulcas de objetivos puntuales, se escondía difusa la ruta hacia el pleno desenvolvimiento de un sistema político. Era el movimiento del espíritu de la historia en respuesta a lo más profundo de la esencia humana: su necesidad de reconocimiento. Hegel creyó encontrar en la democracia ese esquema de vida social, donde cada uno puede incidir en la vida pública con sus propios valores, moldeando la evolución de su entorno.
Culminación de un sueño. “Su” democracia era apenas la imperfecta del Estado prusiano, que excluía a la mujer de la vida pública y proscribía a los socialistas del ejercicio político. Pero el principio estaba ahí. En sus enunciados fundacionales se encerraba el poder inherente de sus premisas. Detrás de la eficaz simpleza de un voto se enraizaba la propia capacidad de perfeccionamiento de la democracia. Para Hegel, con el coronamiento de esos principios, la historia conquistaba su propio sentido y, como meta de llegada, concluía también el largo recorrido de la historia humana. No porque terminarían las guerras y los enfrentamientos, sino porque con la democracia se alcanzaba la culminación de un sueño humano milenario, donde, según él, se ofrecía para todos, en principio, una participación política con reconocimiento universal implícito de la trascendencia del ser humano. –¡Claro, para Hegel, “todos” todavía no era “todas” –.
En 1989, Francis Fukuyama, hegeliano al fin, vio en la caída del comunismo el fracaso de la única opción alternativa a la democracia liberal y entre los ladrillos de un emblemático muro, el fin de la historia como enfrentamiento entre visiones ideológicas disyuntivas. Seguirían, por supuesto, mil motivaciones para conflictos entre naciones. Pero no estarían buscando ya otros derroteros sistémicos, sino avanzando o retrocediendo, en otras partes, en otros tiempos, por vías incluso de sangre, sobre el sendero del mismo norte democrático.
Visión occidental. Quedaba, sin embargo, una civilización entera impermeable a la visión occidental. En todo Oriente Medio, la religión seguía compitiendo por dirigir la cosa pública y su visión arcaica estalló simultáneamente con los escritos de Fukuyama. La caída del Sha de Irán, en 1989, entronizó el poder omnipotente de los ayatolás, con un retorno al Corán como alternativa frente a la democracia liberal de Occidente. La historia no había terminado. La humanidad seguía con saldos pendientes en espacios autocráticos. Si a nosotros la democracia nos parece camino sin retorno, para muchos pueblos del mundo es todavía quimera difícil de soñar. ¿Quién habría pensado que el espíritu hegeliano de la historia se movía clandestino, invisible al mejor cuerpo de inteligencia del planeta, entre los corazones inquietos del alma árabe?
En un día y a una hora inesperada, llegó el último abuso. En una plaza de Túnez se derramó la copa y como reguero de pólvora echó a andar la misma aspiración milenaria que hermana los pueblos del mundo. No terminan aún esos pasos en Egipto, Yemen, Libia, Jordania, Siria...
Una larga jornada. En su tumba se mueve Hegel, sonriendo, ligeramente irónico, tal vez. La aspiración democrática se abre camino entre los pueblos árabes y hermana nuestros destinos. Son apenas los primeros pasos. Faltará mucho trecho todavía para que este sueño se asiente allá con hegemonía. Habrá retrocesos, avances parciales y, muchas veces, la democracia no pagará sus promesas. Ella convive entre nosotros, aunque incómoda, con inequidad. Pero no existe mejor alternativa para superar las brechas que profundizarla y perfeccionarla. Ya aprenderán los pueblos árabes que ese camino es tortuoso, hacia arriba y empedrado, como lo aprenden todavía las mujeres occidentales, a lo largo de más de 200 años de luchas que no terminan. A nuestras hermanas árabes les espera una larga jornada.
La revolución árabe despertó en Occidente dos expresiones modernas de una política internacional acorde al reconocimiento de la supremacía absoluta de la dignidad humana. Como en compás armónico se pregona optimismo. Por una parte, como bien apunta don Saúl Weisleder, se hizo realidad la opción de defender los derechos humanos y la vida, por encima de la vieja concepción de conservar la paz a toda costa. Por otra, Estados Unidos inauguró la doctrina “Obama”, su más audaz política exterior, que renuncia a acciones unilaterales y ejerce un liderazgo prudente y sensato, moviendo otras naciones a sumarse, sin asumir el costo de ser “policía del mundo”. Es grato amanecer en un mundo que se mueve. Galileo estaría fascinado.