Una familia despierta a media madrugada: la casa se está quemando. Aturdidos, corren para un lado y otro. Intentan rescatar una computadora portátil, una caja con joyas, una mascota. Las llaves de las contrapuertas metálicas de repente no aparecen y las ventanas tienen rejas. En medio de las llamas, los niños gritan.
El espeluznante cuadro anterior puede ser una metáfora de lo que pasó en los sistemas de defensa norteamericanos durante las primeras horas tras los atentados del 9/11.
El informe
Hubo escasez e imprecisión en la información, problemas de coordinación, ausencia de protocolos de actuación para esa situación en particular. En una palabra: atarantamiento. La causa, por demás obvia: eso que pasó era en todo punto impensable. Por ejemplo, al estrellarse el primer avión (vuelo American Airlines 11) contra una de las torres del World Trade Center (WTC) nadie en la Casa Blanca o en el Pentágono sabía siquiera que ese avión hubiera sido secuestrado.
George W. Bush se hallaba en una escuela primaria en Sarasota, Florida, y antes de entrar al aula uno de sus consejeros se acercó para informarle que había sido una avioneta de dos motores.
¿Sobre qué bases alguien dijo que fue una avioneta? ¿Cómo fue que uno de los cuatro aviones secuestrados (American Airlines 93, que iba de Newark a San Francisco) dio vuelta en ‘U’ sobre Cleveland, Ohio, y durante 36 minutos voló hacia Washington sin ser detectado, en momentos en que ya ardían ambas torres?
¿Por qué los aviones de combate
Ante ese estremecedor panorama es inevitable preguntarse si habría sucedido lo mismo hoy. A riesgo de perder lectores luego de esta oración, se aclara que la respuesta es “sí”.
Nótese que una traslación de los atentados hasta el 11 de setiembre del 2011 exige a nuestra imaginación un esfuerzo para el cual ya no está dotada. No, porque ya sabemos lo que ocurrió, ya tenemos una medida de hasta dónde puede llegar la crueldad, cuando explota esa nitroglicerina emocional que se fabrica mezclando –entre otros–, fanatismo religioso, exclusión social, pulsión de muerte (el tánatos freudiano) y odio racial.
La base del argumento es que si esos atentados no hubieran ocurrido aún, la candidez seguiría siendo un componente básico de la civilización.
Por supuesto, tendríamos muy presente que los terroristas pueden ser tanto árabes (los libios que perpetraron el ataque al vuelo Pan Am 103, estrellado sobre Lockerbie, Escocia) como pronorteamericanos (el agente de la CIA, Posada Carriles, acusado del atentado contra el vuelo 455 de Cubana de Aviación), pero en nuestra memoria, esos eventos serían hechos más bien esporádicos, fruto de sociópatas aislados. Y, ante todo, en el orden de decenas o a lo sumo pocas centenas de víctimas, jamás de miles.
Es decir, que seguiría sin ser franqueado ese descomunal foso que separa el curso habitual de la sociedad y lo que puede llegar a fermentarse en cabezas enfermas con la nitroglicerina emocional mencionada.
Es interesante observar que ese abismo no pudo ser siquiera imaginado por la más febril de las mentes de Hollywood, esas que engendran un King Kong o un Godzilla.
Y no solo porque al cabo el bien siempre triunfa en los filmes apocalípticos, sino porque el grado de destrucción que intentaron los terroristas de esas historias no se acercó jamás a lo que al cabo sucedió en la realidad.
Por eso: la candidez estaría intacta en las fibras del tejido social. Y, si hoy se abriera de súbito el abismo de la sinrazón, con la infinita dimensión de su crueldad, los sistemas de defensa volverían a ser pillados por sorpresa, rebasados, justamente porque también ellos seguirían teniendo su cuota de candidez.
Concretando: estaríamos en una situación equivalente a la de hace diez años, en donde el Norad (Comando de Defensa del Espacio Aéreo Norteamericano) todavía no había identificado la amenaza de que un avión secuestrado fuera utilizado como proyectil. No disponía de ningún protocolo para tal eventualidad.
Como es lógico, los funcionarios de las diversas agencias tendrían hoy dispositivos de comunicación de última generación, con la más sofisticada funcionalidad, y cualquier anomalía se propagaría en el laberinto instantáneo de las redes del presente.
Pero la pavorosa información que se transmitiría es que, producto de la candidez, habría comandos terroristas a bordo de varios aviones, armados con cuchillos.
Y, pese a que el sistema de revisión de pasajeros habría identificado a un Mohamed Atta o un Abdul Aziz al Omari (dos de los desquiciados que abordaron el UAL 175, que se estrelló en la torre sur del WTC) como sujetos de medidas de seguridad especiales, ello no habría evitado que al cabo subieran al avión. ¡Qué espanto!
En otros términos, para un ser privilegiado que hubiera existido en ambas ramas de la bifurcación espacio-temporal, habría por todas partes una horrible sensación de
Lo mismo se derrumbarían las torres, y en el momento del atroz colapso habría escuadrones de aviones de combate sobrevolando Nueva York y Washington sin saber dónde está el enemigo, se estarían convocando teleconferencias donde por ‘A’ o por ‘B’ no podrían estar presentes todos los actores necesarios, los radares seguirían dando palos de ciego porque los sociópatas habrían, como hace diez años, apagado los transponders, es decir los equipos de comunicación a bordo.
Donde sí habría habido cambios sustanciales, fruto de la tecnología informática de la actualidad, es en la abundancia y prontitud del registro de la tragedia.
Habría quedado documentado el drama a niveles insospechados, casi que víctima por víctima, heroísmo por heroísmo, lágrima por lágrima. Habría sido a costa, sin lugar a dudas, de una sobrecarga en la capacidad de las líneas de datos y de los servidores, pero en pocos minutos YouTube se habría visto inundado de los videos más estremecedores (alguien se tira de la torre, con su celular toma el video, a medio caer empieza a subirlo a la red).
Habría habido millones de mensajes de texto, abrazos de despedida digitales, con una
Pero el hachazo contra el orgullo (y, en el fondo, contra la razón de existir) de nuestra especie habría sido igual de profundo, e incluso menos fácil de superar, porque el trauma se habría propagado más rápido, llegando con mayor intensidad y crudeza a más gente, insertándose para siempre en el recuerdo.