
Antes, el futbol era una porción de vida de 90 minutos. Si ocurría una falta dentro del área, el fallo del juez de luto era cuestión solemne; suspenso y drama, situación límite; el chance de ganar, la ocasión de morir.
El ejecutor, verdugo; el arquero, víctima. Acto supremo. Mancha de cal. Punto de mira. Tirador. Arquero. El balón. La red...
Hoy, en nuestro medio, la modalidad de dirimir el tercer punto por esa vía, no ha conseguido más que alterar la realidad pues la experiencia ha demostrado, reiteradamente, que si un equipo de antemano se sabe inferior, la busca en campo ajeno. Y si las fuerzas son parejas, de modo inconsciente o tácito quizá, de tres puntos posibles, se reparten dos...
Y al albur, el tercero.
Además, tantos penales le quitan misterio al juego, del mismo modo que el ingrediente excesivo echa a perder un manjar.
Si la lógica universal de la balanza se inclina a favor o en contra, no hay que olvidar que el equilibrio es su esencia. O apliquemos un símil: si en el futbol hay blanco y negro, también los grises cuentan.
Florenses y belenitas nos dieron ayer una demostración más de la filosofía del penal. Un partido de fuerzas equilibradas. De Belén fue el primer tiempo; de Herediano, el segundo. Al final, ni uno ni otro. Y entonces... ¡a los penales! Cuatro para Herediano, uno para Belén.
Un arbitraje confuso; roces, choques e interrupciones derivaron en un espectáculo que en general no satisfizo el paladar de la tribuna.
De los lances importantes, destaquemos dos: los goles, precisamente.
Marco Lima tocó con maestría el balón tras un tiro de esquina de Sergio Morales; la pelota buscó el segundo palo y Alexánder Víquez acudió oportunísimo al cierre (28').
Quince minutos más tarde (43'), Johnny Murillo (relevo de Paniagua) inició un avance al ras, pasó a Paulo y este a Saraiva. Con claridad meridiana, el brasileño extendió el trazo a Sandro Alfaro. Destapado y certero. Uno a uno.
La segunda etapa se caracterizó por el afán desordenado de los jardineros, por los constantes roces y las decisiones desacertadas del árbitro central, Carlos Vargas (en perjuicio herediano, por lo general); también, por la solapada espera en pos de la alternativa: ¡el punto blanco!
En este apéndice debemos reconocer, sin embargo, la destacadísima faena de Geovanny Ramírez. El arquero visitante repelió con categoría las ejecuciones de Carlos Murillo y Diógenes Moreno y se convirtió, por tanto, en la principal figura de una tarde brillante... con espectáculo oscuro.