Quizá piense que lo estamos engañando, pero tenga la confianza de que no le mentimos. Desde agosto del año pasado, Emmanuel Rosales, de 13 años, es capitán de un avión MD-11 , con capacidad para 200 pasajeros, y desde hace dos años, el quinceañero Alejandro José Vargas Valerín aprovecha su tiempo libre para volar un Boeing 777-200, uno de los más grandes que existen.
Pese a su corta edad, ambos son experimentados pilotos y entre los dos suman casi 1.500 horas de vuelo. ¿Cómo lo lograron? Menos nos creería si le decimos que lo hicieron sin salir de sus casas o de sus propios dormitorios.
Ellos son aficionados a los vuelos virtuales, un pasatiempo que cada año conquista a más gente en el mundo y que en Costa Rica es practicado por al menos 80 personas. La mayoría son hombres de diversas edades y todas las ocupaciones imaginables. Hay colegiales, arquitectos, publicistas, deportistas, abogados, agentes de viajes, pensionados, sobrecargos y pilotos reales, cuya pasión por la aviación los ha llevado a devorar manuales para aprender a volar todo tipo de aeronave.
Hacen realidad el sueño de domar esas pesadas máquinas gracias a los simuladores de vuelo, sistemas computadorizados muy similares a los que usaron para entrenarse los terroristas del World Trade Center o los que ayudan a los pilotos reales en sus adiestramientos periódicos.
El simulador más utilizado es el Flight simulator , de Microsoft, que nació en 1995, pero que se ha remozado año tras año, hasta llegar a una versión ultramoderna, en tercera dimensión. También utilizan el simulador X-Plain.
Pero más a allá de disfrutar del realismo de las imágenes en pantalla, los usuarios que han perfeccionado sus conocimientos, tienen, de igual manera, la oportunidad de conectarse en red para interactuar con otros pilotos y controladores aéreos.
En ese universo cibernético conocido como VATSIM (agrupa a unas 120.000 personas), los participantes no pueden volar a su antojo, ni hacer uso de la violencia. Por el contrario, deben respetar las reglas y procedimientos que rigen el mundo de la aviación (incluyendo el lenguaje técnico) para evitar ser desconectados o sancionados por inspectores que vigilan a los usuarios y su comportamiento. La otra red que está en funcionamiento se denomina IVAO (International Virtual Aviation Organization), pero en esta el tráfico aéreo es menor.
Además de la computadora y el software , los más apasionados terminan equipándose con otra serie de implementos que le añaden autenticidad a su aventura. En tiendas nacionales –o en Estados Unidos– adquieren timones o joysticks , pedales, gorras con luces infrarrojas que les permiten moverse dentro de la pantalla sin utilizar el mouse , micrófonos, escenarios, parlantes y hasta partes de la cabina de un avión.
Con la idea de comprender mejor este pasatiempo, el sábado 26 de mayo un equipo de Proa decidió vivir la experiencia de un vuelo virtual en la casa de dos aficionados. Ese día, de 2 de la tarde a 10 de la noche, decenas de personas de Centroamérica y Panamá se conectaron a VATSIM para compartir en línea y viajar a diferentes destinos. Solo nos hizo falta abrocharnos los cinturones.
A bordo de un 767
Desde el jardín, la vivienda de Rodrigo González Campos no se diferencia de las otras casas de la urbanización Monte Azul, en Zapote. Sin embargo, quienes ponen un pie en su pequeña oficina saben que allí la imaginación –literalmente– vuela. Sobre todo cuando este arquitecto de 39 años cierra las persianas, se coloca el quepis, toma posición en su silla y enciende sus dos computadoras. El techo, pintado para simular mismísimo cielo, le agrega un toque de realismo. “Volaremos en mi avión preferido: un Boeing 767, y seremos de la compañía United. Nuestro destino será Nicaragua, saliendo del Coco (el aeropuerto Juan Santa María). Viajaremos con 190 pasajeros”, dice Rodrigo, mientras ingresa al programa y comienza a prepararse para su vuelo virtual.
Mas no le basta con encender los equipos y sentarse a jugar. Con cartas de navegación bajadas de Internet y folletos que él ha ido adquiriendo con el tiempo, elabora su plan de vuelo, calcula el peso y balance del avión, pide el combustible necesario, revisa instrumentos, inspecciona su aeronave y analiza las condiciones meteorológicas (suministradas por los satélites), entre otras tareas básicas que le permitirán realizar su periplo sin contratiempos.
En la pantalla del frente, se divisa su avión estacionado en una de las mangas del aeropuerto Juan Santamaría. Las instalaciones son idénticas a las reales, solo que se muestran en su versión final, pues Rodrigo, con ayuda de algunos funcionarios de Alterra y gran cantidad de fotografías, las diseñó y compartió con los cibernautas. Así lo han hecho de manera desinteresada otros aficionados de todo el mundo con los distintos aeropuertos.
En el monitor de la derecha también hay movimiento. Se observan todos los aviones y pilotos que en ese preciso instante están conectados en la red y viajan por Centroamérica. Parecen simples puntos esparcidos por un mapa, pero Rodrigo, gracias a su software , averigua quiénes son, de dónde vienen y adónde se dirigen. De esa forma, descubre que hay varios ticos piloteando, pero también extranjeros, como un norteamericano que venía desde Nueva York y estaba a punto de aterrizar en Costa Rica.
Asegura que, por medio de este sistema, ha incrementado su círculo de amigos, dentro y fuera del territorio nacional, pues acostumbran darse cita en cibercafés, casas o hasta restaurantes para volar juntos, intercambiar información o hacer pedidos especiales en las tiendas. El sitio predilecto de reunión es el bar La Candela, cerca del aeropuerto Juan Santamaría. Desde allí captan con nitidez la frecuencia de la torre de control y disfrutan de los aterrizajes o despegues de los aviones verdaderos.
“Prueba de radio, Coco torre, ¿me copia?”, dice Rodrigo por un micrófono, al tiempo que la voz de un controlador aéreo le responde: ‘Buenas tardes, prosiga’.
Luego de intercambiar información básica, el Boeing 767 de United recibe la orden de mantenerse fuera de pista, ya que está por aterrizar un avión de la compañía Copa, otro de Continental y una avioneta.
Son las 5:20 de la tarde cuando finalmente nos autorizan el despegue. Rodrigo enciende motores y su pequeña oficina retumba a más no poder debido a la fuerza de cinco parlantes distribuidos por todo el aposento. Despacio, se coloca en la pista, rueda y toma velocidad hasta que las llantas de su avión dejan de rozar el asfalto. Las casas se miran diminutas.
“Nuestro vuelo será de 50 minutos en tiempo real y aunque está un poco nublado, creo que no tendremos ningún problema”, asegura Rodrigo, quien ya suma diez años de experiencia en estos vuelos virtuales.
El viaje más largo que ha hecho fue de Washington a Londres y tardó aproximadamente ocho horas. Durante ese lapso, su computadora se mantuvo encendida y aunque utilizó bastante el piloto automático (para descansar y comer, como también lo hacen los pilotos en la vida real), la mayor parte del tiempo permaneció alerta para evitar emergencias.
Desde que comenzó a volar en línea, Rodrigo no ha sufrido ningún percance fuera de lo normal. “Al principio, cuando volaba con avioneta y lo hacía solo con el tutor interno del simulador, sin conectarme a VATSIM, sí me estrellaba constantemente porque estaba aprendiendo. La sensación es horrible, como si de verdad me hubiera matado”, dice.
De niño, Rodrigo siempre había soñado con convertirse en piloto, pero durante la juventud, la arquitectura le ganó la partida. Por eso, cuando descubrió el Flight simulator , sintió que era una excelente alternativa para cumplir su anhelo. Eso sí, sin perder la cabeza.
“Mucha gente me pregunta si en una eventualidad yo podría pilotear un avión real. Sin embargo, no puedo ser tan irresponsable de asegurarlo. Uno no puede obviar que esto es un simulador y que, volamos en un universo ficticio”, aclara, mientras desde la cabina del 767 se observa la península de Nicoya. “Vamos a una velocidad de 340 nudos”.
Tras el micrófono
Después de despedirnos de Rodrigo y desearle un buen aterrizaje en Managua, nos trasladamos a la casa de Esteban Vega Cruz, en las cercanías del Parque de la Paz. No habíamos entrado siquiera a en su habitación, cuando respiramos la adrenalina del muchacho de 19 años, quien le daba instrucciones de vuelo a seis aeronaves.
Aunque en la vida real, Esteban está a pocas horas de obtener su licencia como piloto privado, en VATSIM, se desempeña como controlador aéreo, pues, cuando se inició en este mundo cibernético, sintió gran curiosidad por las voces tras los micrófonos.
El sábado de nuestra visita, el joven controlaba Cenamer , aeronaves que viajaban a más de 19.000 pies y se encontraban en el área comprendida entre Costa Rica y la frontera con México. Por debajo de esa altura, otros controladores también estaban haciendo lo suyo para guiar el tráfico aéreo: los de aproximación, los de la torre y los de superficie.
Cuando en la red no se encuentra conectado ningún controlador, los pilotos vuelan en una frecuencia especial y se comunican entre sí para darse instrucciones.
“ Copa 301, imposible copiarle. Verifique su equipo”, advierte Esteban a un Boeing 737 que se dirige a Bogotá y, al parecer, no le está escuchando correctamente la información de vuelo que él le suministra.
“Si no me escucha y perdió comunicación, puede tomar otra ruta o pasar muy cerca de otro avión y provocar una emergencia”, nos explica, sin apartar la vista del radar.
Para adquirir la licencia como controlador virtual, este muchacho debió pasar antes por un período de entrenamiento. Comenzó a la edad de 10 años, luego de asistir a una feria de la aviación en Base 2, dar una vuelta en avioneta (como si se tratara de un carrusel para los niños asistentes) y escuchar a algunas personas hablar de los simuladores de vuelo.
“Yo quiero aprender a volar”, dijo a sus papás (también involucrados en el mundo de la aviación), quienes finalmente accedieron a comprarle el software . Pronto conoció a otros pilotos y controladores aéreos que aceptaron entrenarlo, sin imaginar que el discípulo aprendería muy rápido, al punto que ahora es instructor de otros muchachos e, incluso, forma parte de la directiva de controladores aéreos virtuales de Centroamérica y Panamá (www.vatca.com).
“Cuando estaba en el cole , en el Metodista, pocos me comprendían. Yo prefería quedarme en casa volando o controlando aviones, que ir a una fiesta”, comenta Esteban, quien en la actualidad trabaja también para la empresa IBM con la finalidad de costearse la carrera de piloto.
“Dos veces a la semana, mato fiebre en la compu . A veces vengo de un vuelo real entre Pavas y Palmar sur y me siento a controlar toda la noche. Gracias a Dios, mi novia y mis padres me apoyan y comprenden que esto me encanta”, asegura.
Para seguir con la entrevista sin “poner en peligro a sus aviones”, solicita ayuda. En eso, otro controlador, ubicado en Panamá, lo releva y continúa dando instrucciones a las nuevas aeronaves que aparecen en el radar.
Todo indica que habrá mucha acción durante el resto de la noche.