Si una persona se le acerca en la calle y le consulta cuál autobús tomar, de seguro usted preguntará para dónde va; de lo contrario, podría decirle que aborde el bus de Cartago cuando necesitaba llegar a Liberia. Pero ¿qué pasaría si esa persona le dice que no sabe para dónde va o, peor aún, le da lo mismo? Si le parece extraña tal situación, ¿no le parecería más insensato tener el mismo enfoque ante la dirección que damos a nuestra vida?
La metáfora no es mía, en la clásica historia de Lewis Carroll, el Gato de Cheshire le responde a Alicia que no interesa el camino a tomar si no le importa su destino. Mucho antes, también Séneca se refirió al tema: “nunca hay viento favorable para quien no sabe hacia dónde navega”, entre muchas otras referencias similares. Lo cierto es que esta necesidad de ir, aun sin tener claro el sitio, es parte de la realidad humana. Pero el riesgo de ponerse a caminar sin rumbo –o siguiendo ciegamente el que nos dieron otros– es terminar en un lugar muy distinto al que hubiésemos querido, a veces incluso sin posibilidad de regreso.
Proyecto de vida. Asimismo, antes de definir para dónde voy, necesito saber en qué lugar estoy (no es igual ir a San Carlos si estoy en Alajuela que si estoy en Limón). Estas preguntas (¿dónde estoy?, ¿para dónde voy?) equivalen a preguntarse: ¿quién soy? y ¿qué quiero hacer con eso que soy?, o en una sola: ¿cuál es mi proyecto de vida?
Pongo el siguiente ejemplo: si yo soy esposo, padre, amigo, ciudadano y trabajador, entre muchas otras cosas, ¿qué clase de esposo, padre, amigo, ciudadano y trabajador quiero ser?
Aristóteles usó una metáfora muy sugerente: “Si la labor de un músico es hacer música, la de un buen músico es hacerla buena”. Siempre se nos facilita pensar que eso de ser bueno es algo subjetivo, pero en el fondo todos sabemos cómo ser un buen algo. Haga la siguiente prueba (yo la he hecho decenas de veces): pregúntele a cualquier persona si Leonardo Da Vinci era un pintor cualquiera o un buen pintor, cuando le digan que era bueno –si no le dicen que era excelente– pregúntele inmediatamente cómo lo sabe; la respuesta es una: por sus obras.
Lo mismo sucede si pregunta por Beethoven como compositor o por Shakespeare como dramaturgo. Quizá no sea sencillo definirlo, pero sí reconocerlo a través de las obras.
Lo mismo sucede si le pregunta a cualquier persona cómo ser un buen padre, una buena madre, un buen amigo. La respuesta fluye fácilmente y está siempre relacionada con unos valores, con una forma específica de ser padre, madre, amigo.
Responsabilidad. La dificultad no reside en reconocer, sino en otros dos aspectos, el primero es el que ya hemos dicho: decidir. “Yo soy un padre y he decidido serlo bueno”, normalmente no nos tomamos el tiempo para llegar a esas decisiones, solo nos montamos en el bus sin saber hacia dónde se dirige.
Si tomamos la decisión, nos enfrentamos a una nueva dificultad: encontrar la fuerza de voluntad para mantenernos firmes. Yo he decidido ser un trabajador responsable, honesto, puntual' pero me da pereza llegar a tiempo y cumplir con mis tareas cuando nadie más lo hace (como si nuestras decisiones dependieran de los demás). Yo he decidido ser un esposo amoroso, comprensivo, en las buenas y en las malas' pero cómo no enojarme si me hace perder la paciencia (como si las emociones dominaran mi capacidad humana de razonar).
Stevenson lo representa con suma claridad cuando elDr. Jekyll sucumbe ante la tentación de convertirse en Mister Hyde. Nos resulta fácil dejarnos llevar por el “si quiero y puedo, lo hago” sin sopesar y hacernos responsables de las consecuencias de nuestras decisiones (o de la falta de ellas).
Tener un proyecto de vida es decidir cómo vivir aquí y ahora, no es pensar qué quiero ser en unos años o mañana.
Significa tener claro qué quiero hacer con lo que soy hoy y hacerlo; tomar el autobús que se dirige al destino que hemos elegido, no montarnos en cualquiera a ver qué pasa.