29 julio, 2011

Viviana Gallardo fue mi mejor amiga de infancia y juventud. La hermana de mi alma. El lunes 2 marzo de 1969, primer día de clases –terrible experiencia iniciática– mi mamá me lleva de la mano al Liceo Franco-Costarricense. Yo, aterrorizado, abandonado en un aula llena de criaturas extrañas y de una temible figura de autoridad que era la profesora, mudo, crispado, al borde de las lágrimas. Sentada al lado mío estaba Viviana Gallardo.

Viernes 28 de noviembre de 1979, último día de clases de quinto año, esta vez melancólico, enamorado, lleno de acné, inseguro, la cabeza repleta de quimeras y sueños desmesurados. Ahí estaba también, a mi lado, Viviana Gallardo. Fue mi compañera durante toda la primaria y la secundaria en ese que, en mi corazón, sigue siendo el mejor colegio del mundo: el Liceo Franco-Costarricense. Once años. Y luego dos de universidad. Estudiábamos juntos, hacíamos las tareas juntos, hicimos presentaciones juntos, salimos en montajes de teatro juntos, durante los años de la adolescencia –turbulencia de los primeros amores, dolor de los primeros rechazos, estremecimiento ante las primeras sonrisas– fue mi confidente, mi asesora en materia sentimental.

Inseparables. Me conocía como ningún otro compañero o compañera llegó a conocerme. Hablábamos horas por teléfono. Todos los días. Las cuentas telefónicas eran inconcebibles. Mi mamá le puso un candado al teléfono. De nada sirvió. Encontré un sistema para pulsar los botoncitos sobre los que reposa el auricular con infalible destreza –no en vano soy pianista– que me permitía llamarla sin necesidad de hacer girar el disco sobre los numeritos del aparato. Simplemente, no podía pasar un día sin hablar con ella. Más exacto sería decir: no podía vivir sin ella.

Cuando el bus del colegio nos devolvía a casa, me quedaba a menudo a dormir en su casa. Ahí lo tomábamos, de vuelta, a la mañana siguiente. De seguro habremos sido regañados más de una vez por llegar tarde, por hablar en clase, y no me cabe duda de que en alguna ocasión habremos hecho trampa en los exámenes. Que alce la mano quien jamás lo hiciera. Lo compadezco, amigo, porque, sin querer por ello hacer la apología de la deshonestidad académica, también esto es parte de la vida de estudiante.

Era superlativamente inteligente. Intuitiva, culta, sensible, devoradora de libros, magnífica razonadora, naturalmente dotada para la argumentación y la polémica, cualidades que el colegio no hizo sino refinar con la frecuentación intelectual de los grandes autores franceses. ¡Cuánto aprendí de ella! Dábamos largas caminatas alrededor del colegio, yo le hablaba de Beethoven y de Musset, ella me instruía sobre las grandes corrientes del pensamiento político.

A los diez años de edad la recuerdo ya preocupada por el conflicto árabe-israelí, por la revolución cubana, por la dictadura chilena, por la inequidad social, por las grandes encíclicas papales. Era un intelecto de primer orden. Una vez, en su casa: “¿Por qué no quitás la foto de ese viejo barbudo de la pared?” (Marx) “La quito, de acuerdo, si vos quitás el busto de ese viejo melenudo que tenés sobre el piano” (Beethoven). Por mí llegó a amar la música clásica, y si algo hay en mí de sensibilidad social y de conciencia política, se lo debo a ella.

Pocos seres he tenido desde entonces tan cercanos a mi corazón. Y precisamente por no haber sido nunca novios ni cosa que se pareciera, nuestra amistad fue constante, estable: maduramos juntos. Éramos amigos en el sentido más puro de la palabra. Su temperamento contestatario y la firmeza de sus convicciones le acarrearon no pocas antipatías en la clase. Nunca le interesó ser reina de popularidad. Estaba muy por encima de eso. Decía lo que pensaba y lo hacía con la vehemencia y la pasión de la juventud. Una persona engagée, comprometida con sus ideas, con sus causas. Ardientemente idealista. Su rasgo más saliente: una desesperada sed de justicia social. Era su divina obsesión.

Cuando, treinta años después de su muerte, la evocamos y juzgamos, tendemos a olvidar que al cometer el error de enrolarse en el terrorismo, no era más que una chiquilla de dieciocho años. Un tremendo, fatídico error que pagó con su vida. La vehemencia de la juventud es un arma de doble filo. Toda esa pasión mal encauzada, envenenada por ideologías perversas y almas inescrupulosas, puede convertirse en una terrible fuerza destructiva. Muchas razones convergieron para llevarla a tomar tan trágica decisión. Muchas. Alguna vez hablaremos de ellas. Son numerosos los responsables de este derrape moral: no quiero ni siquiera empezar a señalarlos por el momento. Pero lo haré: de eso no les quepa la menor duda, y me referiré específicamente a los que quedaron impunes, a los que salieron huyendo como cucarachas hasta que la tormenta se aplacase.

Inocente. Nunca asesinó a nadie, nunca jaló el gatillo en la saturnal de la muerte del viernes 12 de julio de 1981, aun cuando, por supuesto, fue parte activa del evento incalificable de esa noche infausta. La prensa la satanizó. ¡Cómo olvidar las infames fotos alteradas gráficamente que la presentaban como la imagen misma del mal, y que tantos periódicos vendieron a la sazón! La encarcelaron en una celda de dos por dos metros. Abusaron sexualmente de ella. Una mañana, el cabo Bolaños asomó su metralleta por las rejas de la celda y le descerrajó doce disparos directo al cuerpo. Nunca la juzgaron: la ajusticiaron. A boca de jarro. Ejecutada como si de una bestia rabiosa se tratase. Sin escrúpulos, sin asco, sin remordimientos, sin piedad.

Al cabo sí lo juzgaron. Su pena consistió en seis años de prisión purgados de la siguiente manera: el señor podía salir durante el día a pasear con su familia, irse de picnic, trabajar, estudiar, y pasaba las noches en la cárcel, donde, quién sabe, tal vez hasta jacuzzi, baño sauna y cama de agua tendría. A dos balazos por año, le salió el negocio, al cabito. Eso fue lo que dictaminó una juececita de mazapán, una hadita madrina salida del ballet El cascanueces. Nuestro corrupto, sobornable, inoperante sistema penal: entonces como ahora, la gran verguenza de nuestro triste país.

“Decile a Jacques que me mande sus cuentos”, le pidió varias veces Viviana a su mamá, durante las dos semanas que pasó recluida. No se los envié. No entendí la magnitud de la tragedia. Yo creí que ella iba a salir, creí que todo se iba a enderezar, que aquello era una especie de pesadilla de la que inexorablemente habría de despertar. Era joven, e inconsciente, y estúpido. Te fallé, amiga, y no me lo perdono, no me lo perdonaré jamás. Te fallé en muchos frentes. El primero de todos: no haber olfateado –a pesar de los signos que me diste– el cepo mortal en que estabas prendida, y del que no sabías ya cómo escapar (¿qué otra cosa significaban tus furtivas, nerviosas visitas al conservatorio, tarde en la noche, cuando me pedías que tocara piano para vos, y era como si quisieras que te leyera la mente, como si imploraras mi ayuda sin atreverte a formular la angustia que te atenazaba?). Pero no te supe leer. Yo sentí que huías de algo, que buscabas la salida de una amenaza tremenda e inconfesable, pero no pude, no supe ayudarte.

Quisiera poder pensar que ahora, desde alguna arcana dimensión del ser, puedes por fin leer mis cuentos y volver a oír mi música. Tal vez. Como dice Machado: “Vive, esperanza, ¡quién sabe lo que se traga la tierra!”. Por mis manos puedo jurarte –lo sabes– que no ha pasado un solo día desde tu asesinato en el que no te haya pensado, evocado, querido, y –sépalo el mundo– mi ternura por ti es imperecedera.