"Esta ha sido mi semana más negra en el Ejército". Las palabras del comandante en jefe de la armada chilena, Juan Emilio Cheyre, reflejaban la pena que sentía tras la muerte de tres reclutas durante las prácticas de instrucción en los primeros 10 días de mayo. Entonces, ni sospechaba de la tragedia que vendría.
Apenas una semana después, 485 conscriptos menores de 20 años y con apenas un mes de instrucción militar, culminaban un entrenamiento regular en las montañas próximas al sureño volcán Antuco.
Todos integraban un batallón del regimiento número 17 de Los Ángeles, que desde el 4 de mayo realizaban maniobras de entrenamiento en la cordillera de Los Andes, a pesar de las pésimas condiciones meteorológicas pronosticadas para esas fechas.
El 18 de mayo, a las 5:15 a.m., los reclutas salieron del refugio Los Barros para cumplir con una de las últimas pruebas. Debían marchar 25 kilómetros montaña abajo hasta el refugio La Cortina, en medio del viento, la nieve y los malos pronósticos.
"Veníamos tranquilos y, de repente, un viento de nieve lo oscureció todo. No nos veíamos ni las manos. Seguimos caminando y sentía cómo algunos de mis compañeros caían. Me aferré a los que estaban más cerca y nos tomamos de la mano. Logramos avanzar un par de metros, armamos una carpa y nos refugiamos unos ocho o diez. Del resto no sé lo que pasó", contó varios días después uno de los reclutas a la agencia de noticias DPA.
Los jóvenes reclutas fueron sorprendidos por una tormenta de nieve conocida como viento blanco, de una intensidad sin antecedentes en la zona durante los últimos 30 años.
Del grupo de soldados, 266 lograron ponerse a salvo, deslizándose a gatas entre la nieve o aferrados al compañero que marchaba adelante. Otro centenar estuvo aislado durante tres días y fue rescatado el 22 de mayo desde el refugio de Los Barros, hasta donde se replegaron después de la tormenta.
Pero 45 reclutas no tuvieron tanta suerte. Vestían solo calzoncillos, camiseta, pantalón, chaqueta de tela estilo camuflaje y un gorro de lana, cuando la tormenta les cayó encima. Además, cargaban mochilas muy pesadas y las carpas que llevaban para dormir no eran de un material que les permitiera luchar contra el frío intenso.
Hasta el jueves pasado habían sido hallados los cuerpos de 34 conscriptos. Algunos estaban enterrados cuatro metros bajo la nieve, acurrucados, tendidos de espaldas o afirmados de pie contra una roca, como refugiándose del frío.
Un artículo del diario El Mercurio informó que, según la autopsia practicada a los cuerpos, los soldados no pudieron vivir más de dos o tres horas una vez iniciado el viento blanco. Dónde y cómo fueron encontrados confirma que tuvieron una acelerada pérdida de visión y un estado de semi-inconciencia que no les dio tiempo de buscar un lugar seguro. La mala noticia de los desaparecidos llegó acompañada de testimonios que confirmaban la negligencia de quienes estaban a cargo del inexperto grupo.
"El mayor Patricio Cereceda dijo que la compañía de morteros tenía que marchar. Él se quedó ahí, echado para atrás en una silla, quizás tomando algo caliente, y nosotros&...; muriendo. Suerte -nos dijo- , no sabemos lo que les espera, es probable que no haya comida, nada, pero&...; suerte", confesó el conscripto Rodrigo Morales al noticiero Medianoche de Televisión Nacional.
La versión del recluta fue secundada por varios compañeros y confirmada por el comandante en jefe del Ejército, Juan Emilio Cheyre.
"Aquí no hay fallas de planificación del Ejército, no hay fallas de equipamiento. Lo que hay es una pésima orden que nunca debió haberse dado. Hay una responsabilidad de mando en haber realizado una marcha que nunca debería haberse hecho en las condiciones del clima que se vivía", aseguró.
Por falta de criterio y capacidad profesional, Cheyre relevó de su cargo a Cereceda, al comandante Roberto Mercado y al coronel Luis Pineda. Además, inició una causa judicial civil contra los tres oficiales, que ahora se exponen a penas de prisión de entre tres meses y diez años.
Ante las críticas, políticos y diputados de Chile plantearon la posibilidad de convertir en voluntario el servicio militar obligatorio al que anualmente responden 15.000 jóvenes de 18 años.
Por su parte, el gobierno chileno decretó tres días de duelo nacional y ordenó al Ejército adquirir, en cualquier parte del mundo y a cualquier costo, la tecnología más avanzada para buscar a los militares desaparecidos.
El mismo comandante en jefe lideró la búsqueda, e incluso vistió el cuerpo del primer soldado fallecido: José Bustamante.
Y aunque el Ejército prometió indemnizar a las familias de las víctimas con un monto superior a los $10.000 y una pensión mensual de $450, cierta desesperanza comienza a apoderarse de los dolientes, pues ya se comenta la posibilidad de esperar los deshielos para hallar los cuerpos faltantes.
"¿Por qué nuestros hijos? ¿Dónde están los hijos de la clase más acomodada de Chile? ¿Por qué los muertos representan a los más pobres?". El reclamo de María Mellado, portavoz de los familiares, aún no tiene respuesta.