Viajar con enanos de la corte; amanecer al misterio de los tiempos en Tikal; descalzarse para subir sus templos y los de Yaxhá; cobijarse en la concavidad de gigantescas ceibas sagradas; bailar a Chaak, dios de la lluvia, bajo la lluvia y dentro del agua; escalar Topoxté, la ciudadela antigua de los enanos; oír la lengua de los animales, la de los lagos iridiscentes y la de los antiguos mayas en vocablos acariciadores; escuchar hablar a un maya moderno por celular en idioma Q'ueqchi' ; ver espíritus disfrazados de bosque a la orilla de un río dulce, dulcísimo; comer aromáticas flores blancas y una sopa caribeña que levanta ancestros; atisbar al padre sin cabeza en un hotel colonial; jugar a una especie de pelota maya dentro de una piscina a medianoche; son parte de las revelaciones que los espíritus mayas en Guatemala nos llevaron a experimentar.
Con su cielo, con sus aguas -que la bordean o que brotan desde su seno, como sus muchos lagos-, y con el fuego de sus tantos volcanes, en Guatemala, "alma de la Tierra", subyace un sortilegio eterno, una energía que todo lo sostiene, incluidas las almas de sus gentes y de su naturaleza: la cultura maya.
Por eso, para escribir esta crónica de viaje que no viene en ninguno de los dialectos mayas (subsisten 21 en la actualidad), pido permiso a la Tierra, al Cielo, al Viento y al Fuego, cuatro elementos, como señala la misma cosmogonía maya, y enciendo copal, resina sagrada de los rituales aborígenes, para que esos ancestros, y ustedes mismos, la acojan con benevolencia.
Fue una gira auspiciada por el Encuentro Mundo Maya, el INGUAT (Instituto Guatemalteco de Turismo), y COPA, hecha a fines de mayo, a la selva del Petén, sus lugares arqueológicos y luego al río Dulce, al Caribe picoso y sus poblaciones coloridas como Livingston. En el otro espectro, Antigua, Santiago Atitlán o Chichicastenango.
Consultando el libro Los Mayas, una civilización milenaria, constato asombrada que a los ticos que allí fuimos nos guiaron seres sobrenaturales, graciosas entidades que en la sociedad maya jugaron -y es la palabra, porque una de sus funciones era entretener a los gobernantes- un papel facilitador: los enanos.
"Se atribuía a los enanos una conexión con el inframundo, imaginado a modo de contrarréplica del universo humano. Según la concepción maya, se trataba del mundo del más allá. Pero además, divertían a los nobles con sus danzas cómicas y su burlesco comportamiento. Entre sus funciones figuraban también las tareas culinarias: servían los manjares exquisitos; también colaboraban en la construcción de monumentos pétreos." (Christian Pager: Enanos de la corte: acompañantes de los señores y mensajeros del inframundo ).
¿Y cómo se nos pegaron estos enanos? La primera noche nos llevaron al Palacio Nacional a una recepción oficial a la que asistió el ministro de Cultura y el de Turismo, entre otros funcionarios e invitados procedentes de diversos países. Aquel edificio es llamado por los mismos chapines El Guacamolón -y no se les haga la boca agua porque es un pastel refrito de diversos estilos arquitectónicos foráneos, nada que ver más que con el deseo altisonante de un estremecedor gobernante hace como 50 años, el dictador Ubico, de alejarse de su origen, su tradición y su pueblo-.
¡De ese encierro se escaparon los enanos! Mirando hacia arriba desde el patio central del Guacamolón, ciertas figuras de mampostería parecieron cobrar vida y desprendidos de su tiesura como juglares de circo se metieron en los bolsillos de Mauricio Cortés, Carlos Araya, cámaras al hombro de Destinos.com, y de esta cronista. Y ya no nos abandonaron.
Una civilización que se extendió a lo largo de 3.500 años (de 1550 A.C. a 1524 D.C), ¡imagínense!, evolucionó mucho en su cosmogonía y en su organización política y social, y lo que podemos atisbar son fragmentos de su gran-dioso aporte, y chispas de una iluminación que llevó a los mayas a elevarse espiritualmente. Los conquistadores trataron de borrar de la faz y de la historia una cultura que les resultaba incomprensible y, sin embargo, esas huellas vibran, están vivas: lo sentimos en este viaje. Se sobreponen, y consuelan, a la acuciante situación económica y social de la mayoría de su actual población indígena.
Vibrando en el Petén. En avión de Tikal Jets, nos llevaron a Flores, arrobadora ciudad a orillas del lago Petén Itzá: condensa lo colonial de callecitas estrechas y construcciones de balcón y escalerilla, con un aire tropicalón en tonos pastel. Del otro lado de esa ciudad, el hotel La Casona del Lago fue nuestro centro de operaciones para desplazarnos a la selva del Petén.
Anduve con el corazón en vilo esperando ver al mítico y sagrado jaguar atravesar la carretera en cualquier momento, como dicen los guías puede suceder; pero no. Y eso que salimos a oscuras un día a perseguir el alba en Tikal. Lo que sí oímos a placer fue a los monos aulladores negros, y resulta que en la mitología maya estos eran los patronos de escritores y artistas. Así que encomendémonos al mono, monos.
Si bien Yaxhá no es tan grande como Tikal, lo sagrado se siente desde el suelo en las veredas de la ciudadela y más si se transita descalza. A uno de los visitantes se le ocurrió hacer en voz alta una comparación odiosa y al bajar de un templo tropezó y cayó redondo, se los juro, y hasta quebró la grada.
Subir a los dos templos te deja en silencio pasmado: la vista es bellísima en torno. Y cuando empieza a llover, más vale bendecir al dios Chaak y dejarse gotear porque al final terminás seca; en cambio si te ponías la capa, salías mojadísima. ¡Un prodigio!
Y en nuestro primer viaje en lancha -¡cuánta emocionante travesía de lagos hubo durante la gira!-, llegamos a Topoxté.
Anjá, cuando el amabilísimo guía nos dijo que se sospechaba que esta había sido habitada por mayas enanos, por el tamañito de las gradas y las estancias, casi me da un soponcio. Los sentí en los bolsillos haciendo piruetas y gorgoritos y por poco me voy de jupa por escalar aristas prohibidas de esa ciudad.
"Como las proporciones del cuerpo de los enanos se alejaban de las habituales, se consideraba que ellos eran seres sobrenaturales bajo apariencia humana. Y dado que se les tenía -al igual que a los reyes- por mensajeros y vínculo de conexión con el universo trascendente de los dioses, los soberanos los elegían como acompañantes" (Op. cit).
Y cuentan que esos enanos sostenían espejos para los soberanos... Los espejos de nuestros enanos fueron múltiples: en las piedras, en los árboles, en los animales, en las aguas, las flores blancas, los manjares, la música, el baile, en los amables ciudadanos guatemaltecos. Pero sobre todo en las risas, como ecos infinitos de su misterio.
Tikal. "A menudo aparecen los enanos también como acompañantes o servidores del dios del Sol o del dios del maíz." Veríamos el amanecer en Tikal. Según la mitología maya, en la madrugada el sol nace de una guacamaya y en la noche se transforma en jaguar.
Tikal se fue despertando aunque nunca está dormida: fuimos nosotros los despiertos.
Ya camino de Yaxhá, el lago Sac Nah me había soplado un secreto: el dios Sol, Kinish Ahau, jugueteaba en la superficie del agua con la espuma blanca, Sac Nah, provocando diamantes.
Era una clave: el secreto de los mayas reside en su fusión con la Naturaleza. Ella ahora es cómplice de sus vestigios arqueológicos, de los espíritus que pululan para conservar vivo el pálpito de sus piedras.
Guacamayas, tucanes, pavos ocelados (silvestres y tan bellos como un pavorreal pero sin estorbo de cola), pizotes, escarabajos, mariposas, zenzontles, otras muchas aves y monos, se levantan al unísono con la bruma del alba y con las crestas de cada pirámide.
Visto desde el templo IV, el más alto de Tikal, es un portal para el Silencio, el tiempo sin tiempo. Alguien invocó a Bach pero no hacía falta. Bach ya había oído ese silencio en otra parte y compuso en consonancia.
Una gigantesca ceiba a la entrada del parque, el árbol sagrado de los mayas, invita a protegerse en su oquedad central. La ceiba representa para los mayas el supramundo, el mundo y el inframundo.
En Quiriguá, otro sitio arqueológico que visitamos, donde se hallan las estelas más grandes del mundo maya, había en el centro una ceiba doble: parecía exhalar los principios femenino y masculino unidos.
"En el centro del cosmos se yergue una gigantesca ceiba, sustituida a veces, en la iconografía, por una planta de maíz. En la copa de este árbol del mundo, en el punto más elevado, se sienta el ave celeste Itzam Ye, una de las encarnaciones de la divinidad suprema Itzamnaaj o de Yax Itzam, "el primer sacerdote". Fue su arte el que insufló el alma al universo." (Elizabeth Wagner: Mitos de la creación y cosmografía de los mayas ).
Tikal nos deja conmovidos, orgullosos de poner pie: poner pie en que en este continente, en tu continente, hubo una gran, grandiosa civilización, equiparable con las que cimientan la tradición occidental.
Hay otros famosos sitios arqueológicos mayas a lo largo y ancho de México, la misma Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador, tanto o más impresionantes, pero seguro lo mismo que Tikal confirman lo siguiente: la esplendorosa fusión entre sus asentamientos, sus ciudades y la naturaleza circundante. Una lección aún por descubrir a fondo.
Montañas arropando enigmáticas pirámides dormidas; árboles imitando en su crecimiento la inclinación arquitectónica de algún templo a lo lejos; animales aceitando el aire con su energía vibrante.
De Tikal declaramos nuestra pirámide favorita, no el Templo I, dedicado a aquel famoso rey Cacao (nos dio ganas de morderlo), ni el hermoso Templo V, tan perfecto en su geometría, ni el más alto, el IV, el del amanecer, ahora en reconstrucción, o el II, gemelo del I y su contraparte femenina, con la gran plaza alrededor, ni la Ciudad Perdida, tan enigmática, sino la que los mayas en Tikal dedicaban a la observación de los astros: allí arriba dan ganas hasta de hacer yoga, poner al cuerpo en sintonía con energías cósmicas. Desde allí se ve todo Tikal en panorámica, los templos con sus crestas; palomillas sedosas se me posaron en la piel mientras veía en los árboles parejas de tucanes.
"Dondequiera que los mayas intervinieron en el espacio natural, ya fuera para establecer un asentamiento, construir un edificio o un altar o para roturar la selva y sembrar, reprodujeron el modelo del universo distribuido en cuatro partes. Las plazas, pirámides, templos y palacios imitaban bajo formas simbólicas el paisaje mítico configurado por los dioses el día de la creación. Las pirámides, con los templos que las coronan y los sepulcros en su interior, son la réplica, construida por la mano del hombre, de montañas y cuevas míticas". (E. Wagner)
Ellos buscaban una sintonía entre el mundo terrestre y el orden divino. Y por lo que allí sentimos, lo lograron, aun en el estado actual de huellas dormidas.
"Las almas no son para los mayas algo invisible e intangible, sino que pueden asumir formas concretas y materializarse a través de ritos especiales, por ejemplo a través de las danzas" (Markus Eberl: La muerte y las concepciones del alma ).
Y esa noche hubo danzas a orillas del lago Petén Itzá: fuego que no se apaga ni bajo la lluvia ni dentro del agua.
Al día siguiente, visitando la finca ecológica Ixobel, después de ponerlas en cabeza, cintura y tobillos, me comí unas aromáticas flores blancas, una a una. Nuestro guía, el inolvidable heredero maya, Marlon Díaz, temió un envenenamiento. Pero no. Y al regreso leo sorprendida:
"La flor blanca, como el hálito, el viento, también se refiere al alma, pues en el arte maya existen representaciones de cráneos de muertos que tanto exhalan ik (hálito) como flores blancas ( sak nik )" (Karl Taube: Los dioses de los mayas clásicos ). Taube la llama la "blanca conciencia de la florescencia".
Así que, amigos, en este viaje me comí el alma. ¡Vaya con esos enanos!