La madrugada de aquel jueves era fría. La rutina en el servicio de emergencia del hospital San Juan era la misma: pacientes con trauma de cráneo, heridos de bala, ancianos con dificultades respiratorias, mujeres a punto de dar a luz...

Ese día ingresó en el servicio José. Llegó inconsciente y con una parálisis en el lado derecho del cuerpo; además era diabético, hipertenso y tenía los niveles de colesterol muy elevados. Venía muy mal.
El diagnóstico fue rápido: accidente vascular cerebral (AVC), conocido como derrame. Se presenta cuando no llega suficiente sangre al cerebro y como consecuencia el órgano, al no recibir el oxígeno que requiere para funcionar, se daña.
En este caso se afectó el hemisferio cerebral izquierdo lo que ocasionó la parálisis en la mitad de su cuerpo, precisamente en el lado derecho.
El paciente quedó internado en el San Juan de Dios. Su estado era delicado: no podía movilizarse.
Mediante un ultrasonido el especialista Ricardo Slone detectó que las arterias que transportan la sangre hacia el cerebro ( carótidas) estaban obstruidas. Los neurólogos discutieron el caso y pidieron un estudio de las arterias para orientar el tratamiento. Encontraron que el vaso que irriga el cerebro izquierdo -carótida izquierda- estaba totalmente tapado, lo que originó sin duda, el derrame. El daño era irreversible: los médicos no podían hacer nada.
Continuaron la exploración en la arteria derecha. Vaya sorpresa. En un 98 por ciento su carótida derecha también estaba obstruida; si no se procedía con rapidez el paciente moriría en cualquier momento. Ese dos por ciento de luz en la arteria era el único hilo que lo mantenía con vida.
Había dos opciones: una cirugía de emergencia o efectuar un procedimiento para abrir de nuevo el paso de sangre en la arteria, eliminando el cúmulo de grasa alojado en las carótidas, a la altura del cuello.
Ambas opciones eran de mucho riesgo.
La balanza se inclinó por la segunda: limpiar la arteria mediante un recurso que apenas está tomando auge en centros médicos estadounidenses.
El cardiólogo y hemodinamista del San Juan de Dios, Carlos Calderón Calvo, tomó las riendas para realizar la operación conocida como angioplastía carotidea.
Momento crucial
El 24 de febrero y después de pedir a casas norteamericanas los implementos necesarios, se realiza el procedimiento. Alistaron a José. El servicio hemodinamia estaba repleto de médicos. No era para menos, estaba en juego la vida de este paciente de 44 años de edad.
Llegó el momento. Había que abrir paso a la sangre hacia el cerebro y la mejor manera era con una sonda provista, en su extremo, de una especie de balón desinflado.
El paciente estaba con anestesia local. Introdujeron la sonda por la arteria femoral, a la altura del fémur.
El viaje de la sonda era seguido por los profesionales a través de un monitor. Calderón Calvo tenía que actuar rápido, no más allá de 20 segundos porque el cerebro no podía permanecer mucho tiempo sin irrigación. Llegaron al sitio. Inflaron el diminuto balón con el único objetivo de aplastar la capa de grasa hacia las paredes de la arteria y luego colocar una mallita para impedir una nueva obstrucción.
La luz de la arteria se abrió y el flujo de sangre hacia el cerebro mejoró considerablemente.
"Aquello fue impresionante, fue fantástico", comentó el cardiólogo Fernando Quirós Guier, quien coincidió con el cirujano cardiovascular, Denis García Urbina, en que se trata de un procedimiento muy complejo que requiere de mucha pericia y concentración.
La irrigación de José mejoró, pero unos minutos más tarde sufrió una pulmonía (inflamación en el pulmón) que obligó a dejarlo más tiempo en la unidad de cuidados intensivos.
En los últimos días ha mejorado y la esperanza de los médicos es que una vez superadas tales complicaciones respiratorias, inicie el proceso de rehabilitación y puede recuperar facultades en su lado derecho: escribir, recobrar el habla, en fin, el movimiento, y retornar a casa.
Como José, ya han sido intervenidos exitosamente, con la angioplastía carotidea, otros cuatro costarricenses. Esto coloca a nuestro país al mismo nivel de Estados Unidos en la práctica de este novedoso procedimiento.
El drama de José
El propósito de los médicos es que José pueda recuperarse y siga una vida normal
Antes de llegar al servicio de urgencia del San Juan de Dios, enfrentaba dificultades para caminar. Primero pasaron inadvertidas porque creyeron que era consecuencia de la diabetes que le habían detectado años atrás.
Pero, conforme pasaron las horas, los problemas para movilizarse iban creciendo y por ello decidió, con ayuda de su esposa, buscar ayuda médica. Asistió a consulta en una clínica periférica capitalina. Allí le dieron las primeras atenciones.
Retornó a su vivienda ubicada en el sector sur de San José. Pero, unas horas más tarde, en la madrugada, según narró su esposa, pegó un grito y quedó rígido.
Ella se asustó muchísimo y pidió ayuda a la Cruz Roja de Desamparados. Los trasladaron inmediatamente al servicio de urgencias del Hospital San Juan de Dios.
El diagnóstico fue rápido: un derrame cerebral le había dejado paralizada la mitad derecha del cuerpo.
José, técnico del Instituto Costarricense de Electricidad (ICE), antes de que le diera este derrame, sufría diabetes, era hipertenso, y tenía los niveles de colesterol muy elevados. Era un paciente con un altísimo riesgo de sufrir un infarto vascular, cerebral o un infarto en su músculo cardíaco (miocardio)
Fue intervenido con éxito pero como dice el refrán: tras cuernos palos. Una tuberculosis que le había sido diagnosticada en el 93 está ahora causándole problemas a él y poniendo en apuros a los médicos.
José, padre de dos hijos, de 7 y 10 años, sigue internado en el hospital San Juan de Dios. Los especialistas confian en que salga pronto con el propósito de que inicie un intenso programa de rehabilitación, ya sea en el San Juan de Dios o en el Centro Nacional de Rehabilitación Dr. Humberto Araya Rojas.