San Sebastián (España), 28 jul (EFE).- El octogenario pianista cubano Bebo Valdés, su hijo, Chucho, y su antiguo grupo, "Irakere", junto con el cantaor Diego "El Cigala", llevaron el sentimiento y la hondura latina a la cuarta jornada de la 38 edición del Festival de Jazz de San Sebastián.
Fue una momento especial para los Valdés, que anoche vivieron un nuevo reencuentro sobre el escenario, y también para "El Cigala" por haber hecho realidad su deseo de conocer al hijo de Bebo.
Pero también fue especial para el público, que acabó dando palmas y haciendo coros a los músicos cubanos, que además de buena música saben cómo hacer pasar un rato divertido.
Bebo Valdés y el cantaor madrileño presentaron en la plaza de la Trinidad, el espacio emblemático del jazz en la capital guipuzcoana, el disco que han grabado juntos, "Lágrimas negras".
Este trabajo es una aproximación del flamenco al bolero, que ha producido el cineasta español Fernando Trueba, director de "Calle 54" y artífice de la vuelta a los escenarios de este pianista de 84 años.
El músico, leyenda de los años dorados de la música cubana, que ayer, domingo, recibió el Premio Donostia del Jazzaldia, fue ovacionado y vitoreado al salir al escenario por los más de 3.000 espectadores que abarrotaban el recinto y que hace días agotaron las entradas para este concierto.
Más de una hora del arte gitano de Diego "El Cigala" y de la sabiduría del viejo maestro para desgranar boleros sentidos y entrañables con más alma que desgarro.
"Lágrimas negras" fue el último bolero de su actuación, en la que sonaron piezas como "Corazón loco" y "La bien pagá" y en la que el tema "Se me olvidó que te olvidé" fue una emotiva dedicatoria a Compay Segundo y Celia Cruz.
Nadie quería que se fueran, pero el relevo fue igualmente gratificante: Chucho Valdés demostró, con su antiguo grupo "Irakere", que ha sabido dar forma a la herencia musical de su padre.
Este músico, que ha combinado el jazz con los sones cubanos, que ha grabado a clásicos como Chopin, Debussy o Ravel, elevó el entusiasmo del público con las piezas más rítmicas y bailables, que hicieron de la Trinidad una fiesta que consiguió disipar una breve amenaza de lluvia.
Balada para dos saxofones, "controversia" entre dos trompetas y hasta un chachachá sonaron en la noche de San Sebastián, de la mano de los excelentes músicos que siguen dando vida al grupo Irakere.
Pero el comienzo y el final de esta segunda parte lo protagonizaron padre e hijo, los dos al piano, que se despidieron con un dúo, ellos solos en el escenario, en el momento más emotivo de la noche, que el público recompensó con un gran aplauso. EFE
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