Estas vacas están por completo fuera de su mundo, pero son felices. El secreto de su felicidad radica en que quienes han decidido que ellas produzcan leche en una zona no apta para estas tareas, les han dado tanto chineo que han conseguido convencerlas de que den leche y ellas, incluso, han dado más de la cuenta.
Esto ocurre en la comunidad de La Virgen de Sarapiquí, en la Hacienda Pozo Azul, en donde la familia Quintana tiene cinco años de estar bregando con un proyecto lechero que se ha convertido en un modelo, no solo por la cantidad de leche que logra producir, si no por las buenas condiciones ambientales con las que opera.
Alberto Quintana Kohkemper, y su hijo –Alberto Quintana Madriz– fueron quienes asumieron el reto de desarrollar una lechería en una tierra considerada, por tradición, no apropiada para la actividad. El ganado europeo, que ellos escogieron, requiere un clima mucho más frío que el de Sarapiquí, para producir la cantidad y calidad de leche para que el negocio resulte rentable. Pero, los Quintana, se empecinaron no solo en usar esas tierras, que ofrecían ventajas en cuanto a precio del terreno y posibilidades de mecanizarlas, sino que se pusieron a buscar la manera de convencer a las vacas de que ese sitio era el mejor para ellas.
Ese proceso, que llevó varios años de duro aprendizaje por falta de modelos cercanos a seguir, ya está dando sus frutos, cinco años después de que dieron los primeros pasos.
Más frío
La clave del asunto fue enfriar el ambiente para que los animales se sintieran a sus anchas. Esto requirió el uso de un sistema que atomiza agua sobre las vacas y luego la evapora, y también el empleo de duchas para bañarlas.
Además, en esta lechería el hato no anda por ahí vagando y comiendo en los potreros, si no que se mantiene las 24 horas en el galerón, en el que camina, van al ordeño dos veces al día, come un forraje de alta calidad producido por ellos mismos, y duerme sobre camas de hule y aserrín.
Con esto se logra una mayor producción lechera, se evitan enfermedades y lesiones y las vacas viven más felices aunque muchos crean que puede ser aburrido estar ahí metidas todo el día.
Factor ambiental
Pero esta gente no solo quería producir mucha y buena leche en Sarapiquí. Se empeñaron en hacerlo sin afectar, para nada, el ambiente. Por ello, decidieron instalar un gran biodigestor que procesa absolutamente toda la boñiga que generan las vacas y devuelve energía eléctrica para que funcione el sistema de enfriamiento, y abono orgánico para abonar la tierra en donde se siembra maíz para alimentar el ganado.
O sea, es un asunto redondo.
Según explica Quintana Kohkemper, los suelos de la zona son bastante malos por la gran cantidad de precipitación que lava los nutrientes naturales. En sistema tradicionales de siembra, esto obliga a aplicar grandes cantidades de fertilizantes que por un lado aumentan los costos y por el otro agotan rápidamente los suelos. Con los residuos del bidigestor consiguen lo contrario, disminuyen gastos y pueden tener hasta tres buenas cosechas, con una calidad estable durante todo el año.
Y todo aprovechando la boñiga. La del galerón de ordeño, en el que se mantienen 200 vacas, va al biodigestor, y la de la zona de crianza, donde hay 150 animales, se usa como alimento para millones de lombrices de tierra que producen, a partir de la lombricultura, un humus de muy alta calidad, que también fertiliza los campos de la hacienda.
La idea es que ahí todo se use y nada ocasione desechos dañinos. Agregó el empresario, que han tomado todas las precauciones del caso para que al aplicar esos abonos, no escurran y contaminen las cascadas; algo de lo que son muy cuidadosos, pues el río Sarapiquí atraviesa la finca.
Caro, pero rentable
Cuando Alberto Quintana hace un recuento de los costos y los beneficios, manifiesta que el desarrollo del proyecto es caro y su funcionamiento requiere más gasto en personal y costos fijos, pero permite bajar gastos en el rubro de alimentación y producir mucho más cantidad de leche, por lo que se alcanza un punto de equilibrio.
Aun así, considera que si la lechería es pequeña, de menos de cien animales, podría ser mejor mantener los sistemas tradicionales, pero que en negocios más grandes, de un centenar o más, se consiguen mejores resultados con este sistema.
Por otro lado, aseguró que esta opción permite llevarse la ganadería costarricense, concentrada hasta el momento en zonas altas que resultan difíciles de mecanizar, hacia otras más bajas, donde el terreno es más barato y sencillo de trabajar.
De igual modo, hizo hincapié en las posibilidades que ofrece el sistema implementado por ellos de operar lecherías que no contaminen, pues mencionó que en el país, en donde tenemos miles de empresas lecheras, son muy pocas las que no dañan el ambiente.
Un modelo
El esfuerzo de los Quintana no ha pasado inadvertido. El Instituto Costarricense de Electricidad ha usado esta experiencia para establecer otros biodigestores en lechería, pues considera que es una posibilidad para empresas que estén en sitios de difícil acceso para la electricidad.
La EARTH envía sus estudiantes a hacer ahí trabajo de campo. La Universidad de Costa Rica ha desarrollado, al menos, dos investigaciones en Hacienda Pozo Azul, una de ellas para lograr un doctorado, y en el que se hizo un estudio para desarrollar mejores forrajes a base de soya híbrida. Algunas municipalidades se han interesado en conocer el programa de lombricultura, que es el primero en el país aplicado a la producción lechera. Además, esta fue declarada como una lechería modelo en el campo ambiental.
Y es una experiencia que están dispuestos a compartir.