Grano de Oro de Turrialba. En medio de la espesa montaña, después de caminar media hora por trillos angostos y enlodados, se encuentra la primera casa turquesa y rosa de la reserva indígena Cabécar de Chirripó.
De su interior salen cuatro niños que examinan a los visitantes con una mirada profunda y corren descalzos hasta el viejo rancho donde antes habitaban, con piso de tierra y techo de paja.
Allí, con las botas puestas, está su mamá, Miriam Herrera: madre soltera, de 31 años de edad, ella es una de las beneficiarias de un proyecto de vivienda indígena impulsado por la Fundación para la Vivienda Rural Costa RicaCanadá.
Esta iniciativa pretende mejorar la calidad de vida de las familias, pero sin cambiar sus costumbres. Por eso, al diseñar las viviendas, se respetaron algunas particularidades de las viviendas tradicionales de ese grupo étnico.
Así, cada vivienda está suspendida sobre basas de madera de un metro y medio de altura para que, debajo, duerman los perros y los chanchos.
Por petición de los favorecidos se crearon módulos aparte y sin piso de madera, donde los indígenas pueden mantener la tradición de cocinar con leña sobre la tierra. También se cumplió su deseo de que las letrinas permanecieran a varios metros de la casa.
Al igual que Miriam, todos quisieron cambiar el color madera de sus viviendas y pintarlas con tonos turquesa, celeste o rosado fuerte, además de colocar llamativas cerraduras doradas en las puertas.
En la reserva cabécar, ubicada en Grano de Oro de Turrialba, en Cartago, se han construido 36 de las 624 casas que han sido ya otorgadas a familias de todo el país.
Todos los proyectos que se han desarrollado hasta ahora buscan mantener las particularidades de cada grupo étnico.
Miriam, como la mayoría de los favorecidos, conserva su antigua choza y la visita todos los días. Sin embargo, le resulta fácil explicar por qué prefiere la casa nueva, con piso de madera y techo de zinc: "Muchas veces yo estaba durmiendo tranquila y, de repente, sentía la lluvia que me caía encima. Ahora ya no me mojo", expresa la mujer.
Calidad de vida
Con un ingreso que, en muchos casos, no supera los ¢15.000 mensuales, era difícil que los indígenas lograran adquirir una casa nueva con recursos propios.
Las condiciones de pobreza rayan, en no pocas ocasiones, en los extremos.
La mayoría se dedica a sembrar banano, pejibaye y frijoles, además de cazar ardillas, aves y otros animales pequeños para el consumo doméstico.
"Yo tengo que mantener a mis hijos porque ese hombre el padre de ellos no sirvió para nada. A veces vendo un chancho y voy al pueblo para comprar arroz, pero casi siempre comemos banano", cuenta Miriam.
Los viejos ranchos donde aún viven numerosos indígenas son como encierros construidos con tablas delgadas, colocadas en posición vertical y amarradas muy fuerte con bejucos.
Aparte de la lluvia que se filtra por el techo, el viento helado y los zancudos aprovechan las rendijas que quedan entre las tablas para irrumpir sin misericordia.
Las chozas carecen de divisiones internas, por lo que sus ocupantes cocinan, comen, almacenan alimentos y duermen en un mismo espacio. Se acuestan en camastros de caña brava alrededor del fuego, con colchones de hojas secas.
Las nuevas casas, en cambio, cuentan con una cocina y tres habitaciones separadas.
Tener un cuarto propio es lo que más le agrada al joven hermano de Miriam, Cándido, quien vive a unos cien metros de ella junto a su madre, María de Los Ángeles García.
El muchacho, de 17 años, abre la puerta para mostrar su aposento: no hay más muebles que la cama de madera, donde reposan dos lapiceros, un par de cuadernos, un cuchillo y un pequeño radio de baterías, por supuesto, pues aquí no hay electricidad.
Un rifle cuelga de un clavo en la pared. "Antes iba a la escuela, pero dejé de ir porque me queda muy lejos. A veces salgo a montear con mi perro para matar tepezcuintles o lo que encuentre por ahí", relata Cándido.
Él demuestra estar más feliz con el cambio de vivienda que su madre, quien aguarda la noche sentada en un banco de madera en el viejo rancho, con su falda roja, blusa fucsia, collares multicolores, uñas pintadas de rojo, y 64 años marcados en la piel.
Odisea en la montaña
"Desde hace cinco años empezamos a pedir que nos ayudaran a construir casas porque había muchas en mal estado, y las familias no tienen el dinero para mejorarlas o para hacerlas nuevas", explica Aldérico Aguilar, miembro de la Asociación de Desarrollo Integral de Cabécar.
La entrada a la reserva se encuentra a unos cinco kilómetros del centro de Grano de Oro, el pueblo más cercano.
Sin embargo, los indígenas viven muy distanciados entre sí, por lo que es necesario caminar hasta siete horas por la montaña para llegar al sitio donde viven los últimos beneficiarios del proyecto habitacional.
En estas condiciones, construir las casas representó una proeza. Incluso, fue necesario improvisar una pequeña bodega en la montaña para almacenar materiales y trasladarlos desde allí hasta los sitios correspondientes.
Dado que los indígenas dominan mejor el terreno, algunos de ellos fueron contratados para llevar el zinc y la madera sobre los hombros, o a caballo.
Solo las tres casas ubicadas más cerca del centro de Grano de Oro se construyeron con bloques de cemento, ya que había una mayor facilidad de acceso para llevar los materiales.
Una de ellas pertenece a Lucía Aguilar García y a su esposo Wilfrido Aguilar, quienes viven allí con sus tres hijos. "Me siento contento porque esta casa es más cómoda, pero todavía estoy esperando que me paguen por el trabajo que hice durante la construcción", denuncia Wilfrido.
En efecto, su pago está pendiente, pero los responsables aseguran que pronto lo recibirá.
En total se tardó cerca de cuatro meses para construir las 36 casas del proyecto ChirripóCabécar, que fue inaugurado el pasado 4 de julio con la presencia de todos los habitantes de la reserva.
Para celebrar, los indígenas prepararon un acto cultural en el que presentaron la tradicional danza bulsiké .
Al final, los beneficiados con esta primera etapa del proyecto regresaron a sus nuevas casas, tan propias con sus milenarias costumbres.
Quienes no han estrenado permanecen en su viejo rancho, con la esperanza de resultar favorecidos pronto.