
Normalmente, asumimos que conocemos a todos los tipos y grupos de personas. Con toda la información que tenemos a nuestro alcance, ya casi nada nos asombra. Pues bien, a mí en lo particular me asombró tanto un grupo de hombres y mujeres cuando escuché de ellos, que desde entonces me han hecho leer libros enteros acerca de sus ideales, sus motivaciones, su filosofía de vida y, sobre todo y ante todo, su forma de asumir la espiritualidad. En mi caso, son el ejemplo más claro de que existen hombres y mujeres que comprenden a Dios en un nivel excepcional, y de quienes deberíamos aprender mucho. Primero, les contaré la fascinante historia del documental.
El Gran Silencio. En 1984, el productor cinematográfico alemán Philip Gröning escribió una carta que voló hasta aquel viejo edificio ubicado en los Alpes Franceses. En la carta, dirigida al P. Prior del monasterio, solicitaba permiso para hacer un documental sobre la vida monacal que se vivía en el convento. Nunca se había permitido el ingreso a nadie, ni mucho menos hacer una película. Por tanto, Gröning sabía que sería un trabajo único, especial, diferente, nunca antes visto. Pero su emoción se desvaneció cuando el P. Prior le respondió, que no era posible aceptar su solicitud, y que en caso de aceptarla, el monasterio le avisaría en su momento.
Para su sorpresa, 16 años después recibió la carta que había esperado. El monasterio estaba listo. Existían condiciones que debería cumplir, claro, si deseaba filmar a estos monjes consagrados a una vida de claustro y oración. Nada de auxiliares, asistentes, cámaras con flashes. Pero sobre todo: debía vivir y trabajar dentro del monasterio, al menos por seis meses. Gröning aceptó de inmediato.
Este documental, ganador de un premio en el Sundance Festival, recoge la vida de los monjes, en su ámbito espiritual y laboral. Hilvanando los diferentes momentos, tareas, rutinas y actividades, el documental es una muestra de todo lo que allí se realiza. Es un trabajo de 162 minutos, en donde no se dicen más que 200 palabras. Muestra las diferentes facetas de los monjes Cartujos, seres humanos de carne y hueso, buscando servir a Dios, con una vocación única, de oración, meditación y contemplación, cuyas vidas se rigen por una regla, un cuarto voto que los hace sobresalir de las demás órdenes sacerdotales: el silencio.
La Orden de los Cartujos. La Orden fue fundada en el año 1084 por San Bruno. Hoy, existen 450 monjes y monjas en 24 monasterios alrededor del mundo, quienes unidos bajo un Prior, se rigen por la soledad, la pobreza y la sencillez, la vida comunitaria y la liturgia cartuja. Celebran la Eucaristía tres veces al día y el canto de la Liturgia de las Horas. Para ellos cada día inicia a las 11:30 p. m., pues no hay como la noche, para poder rezar en silencio.
Llevan una vida contemplativa, esto es, la más profunda de las vidas, la más verdadera. Consecuentemente, la más secreta e inexplicable. Ellos así la comprenden; y por su simpleza y espiritualidad, difícil de explicar con palabras. No salen al exterior, excepto una vez por semana a dar un paseo; no tienen visitas; no hacen apostolado; no poseen radio, televisión ni Internet. Nada de esto les hace falta. Como bien lo explican en su Regla: “Nuestra ocupación principal y nuestra vocación es la de dedicarnos al silencio y a la soledad de la celda.[...] En ella con frecuencia el alma se une al Verbo de Dios, la esposa al Esposo, la tierra al cielo, lo humano a lo divino'”.
Por qué en silencio. En el libro “Vivir de Dios”, un cartujo explica que siempre escuchan la misma pregunta: “¿Qué hacen ustedes ahí, encerrados en sus monasterios, cuando hay tanto quehacer en la Iglesia y en el mundo?”. Ellos se consideran una familia contemplativa, que frente al mundo pagano y materialista, lleva a cabo una experiencia intensa de lo divino. Procuran permanecer en la presencia de Dios, por aquellos que nunca lo hacen. Sus estatutos proclaman que “Al abrazar la vida oculta, no abandonamos a la familia humana, sino que, consagrándonos exclusivamente a Dios, cumplimos una misión en la Iglesia, donde lo visible está ordenado a lo invisible, la acción a la contemplación”. La misma Iglesia reconoce el carácter contemplativo de los Cartujos, y así, la excluye de toda actividad apostólica. El papa Pío XI declaró: “La estrechísima unión con Dios de los que pasan en el claustro su vida solitaria y silenciosa, es lo que mantiene en todo su esplendor esa santidad que la Esposa inmaculada de Cristo (la Iglesia) presenta a la consideración e imitación de todo”.
El monje no utiliza el silencio para desconectarse de su entorno. Lo utiliza como instrumento para alejarse de actitudes nocivas, vicios y egoísmos. Vive en la clausura, cada quien en su celda (pequeña vivienda), de forma que pueda favorecer la soledad interior, y poder alcanzar la pureza del corazón. El silencio abre paso a la oración y la meditación. Y escuchando el llamado a ser mejores, se dejan transformar por el Amor. Es así como para el cartujo, el fin de este camino es la contemplación, es decir, oración pura y continua, con las que alcanzará libertad, paz y alegría.
Misión universal. La vocación de un cartujo lo lleva a desligarse de todo: su nombre, su vida anterior, su familia, sus virtudes, su ego. Además, lo impulsa a llevar una vida ascética: ausencia de confort y distracciones, práctica de la pobreza en sus bienes personales, división del sueño en dos partes, trabajo, silencio, soledad, ayuno, frugalidad al comer. Solo así alcanza el secreto de la soledad: Vivir de Dios, para Dios, y reconocer este único amor, que solo unos pocos son capaces de ver. Para ellos el silencio no es algo de lo que se apasionen, pues la sobriedad del silencio la deben conjugar con la oración, la meditación, la dirección espiritual, el amor al hermano, el ayuno, la hospitalidad, la limosna y el trabajo.
Ellos ingresan al convento para apartarse del mundo y volverse a Dios. En su vida contemplativa buscan santificarse, haciendo sus vidas plenas y armoniosas. Purifican su alma, viviendo y muriendo en la Ley del Señor. Así, citan la palabra: “¿Qué adelanta el hombre con ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo?” (Lc 9, 25).
Pero además, sus vidas tiene un efecto más noble: trabajan por la salvación de la Iglesia. Buscan engendrar almas a la gracia, por el sacrificio y la oración'”yo me santifico a mí mismo con el fin de que ellos sean santificados en la verdad” (Jn 17, 19). Para un cartujo, su sacrificio y oración irradian sobre el mundo y los hombres. Como bien lo define un cartujo, “El nuestro es un apostolado oculto; es universal”.
El verdadero valor del hombre. Los monjes cartujos son un gran ejemplo en muchos aspectos. Uno de ellos es aprender a dejar de lado vicios y emociones como el orgullo y la vanidad. Esto, es sabiduría proveniente de los Padres del Desierto (tema para otro artículo). Pero al menos por hoy, perdónenme si fallo en esto, quiero compartir con ustedes ese gran orgullo que siento, pues existe entre los cartujos un costarricense, Fray Seráfico, quien habiendo profesado sus votos perpetuos, se ordenó sacerdote el 6 de octubre del 2008, precisamente en La Gran Cartuja, esa que fundó San Bruno en los Alpes Franceses hace casi mil años.
Como Fray Seráfico, estos monjes y monjas han sido elegidos de entre el mundo, para consumar sus vidas al Amor; pues su forma de vivir no es comprendida, y saben que no hay mucha esperanza en que sean comprendidos. Para el mundo, estas cosas son locuras, pues el mundo mide el éxito de un hombre según sean los resultados materiales que alcance. En cambio, la realidad de un cartujo, su vida, su dignidad espiritual de vida interior, no la capta el hombre común. Porque el hombre olvida, inmerso en el mundo, que su verdadero valor, no está en lo que hace, sino en lo que es.