En la coyuntura actual, China es la palabra infaltable en cualquier análisis de economía global. El robusto crecimiento que está experimentando Asia –y, particularmente, esta gigantesca nación– se empieza a extender hacia África y Latinoamérica.
Cada vez más, es imposible hablar de “acuerdo global” sin el consentimiento de los mercados emergentes. No en vano, G-8 troca por G-20, uno de los cambios más relevantes en materia de geopolítica mundial.
Costa Rica no escapa a esta realidad y una estructura muy concreta pero llena de significados da cuenta de ello: el nuevo Estadio Nacional, donado por el gobierno de la República Popular China, cuyos actos inaugurales, esta semana, tienen de cabeza a la población nacional.
Nunca antes las relaciones con China habían sido tan amistosas o tan intensas, podría decirse. Sin embargo, este vínculo de doble vía existe desde mucho tiempo atrás, antes de que los primeros obreros de uniforme rojo aparecieran en las inmediaciones de La Sabana para levantar el majestuoso coliseo donde, ayer, la Selección Nacional de China jugó un amistoso con la Tricolor.
La fecha es tan lejana como 1855, año en que, según registros, llegaron a territorio costarricense los primeros inmigrantes chinos. De muchos de ellos nacieron descendencias numerosas y prolíferas, que se anclaron para siempre en el país. Fabiola Martínez, Arturo Pardo y Adrián Arias nos cuentan hoy la historia.