El quinto elemento. Dirección: Lue Besson. Guión: Lue Besson y Mark Kamen. Fotografía: Thierry Arbogast. Música: Eric Serra. Diseño de producción: Dan Weil. Con Bruce Willis, Mila Jovovich, Gary Oldman, Ian Holm, Chris Tucker, Luke Perry, Tricky. Francia, 1997. Estreno.
Los primeros cinco minutos de El quinto elemento resultan mágicos. El tono intelectual de su engima; las imágenes desoladas, espléndidas de un desierto lleno de augurios; la gravitación cósmica que atora la pantalla y la propuesta de una aventura absoluta pagan el boleto.
Si uno eligiera irse del cine a los seis minutos, igual brindaría por la película. Pero, claro, perdería todo lo que viene después; y lo que viene es inteligente, asombroso, cargado de originalidad.
Lue Besson (La femme Nikita, El profesional) demuestra que él puede usar los efectos especiales como apoyo -y muy eficaz- de un relato que busca su propia regla y se aferra a los significados. Y demuestra, de paso, que la industria europea de trucos tecnológicos (Digital Domain en este caso) nada le tiene que envidiar a sus homólogas gringas.
Vamos a la anécdota. Cada cincuenta siglos, una raja fatídica comunica la Tierra con su dimensión paralela y, a través de ella, el Mal irrumpe con todo su poder destructivo. Tiene lugar, entonces, una guerra cíclica, maniquea: la energía pro-vida y la antienergía pro-muerte luchan a cielo abierto.
El 18 de marzo de 2259, a las 2 a. m., los malvados atacan. A esta altura, los hombres se dan cuenta de que no existe cohete, misil ni rayo láser que pueda mover una pestaña a los invasores. Existe una fórmula, sí, ya probada por los antiguos y cuyo origen alquímico parece extraño al siglo 23. La fórmula nos habla de un quinto elemento -akasha, lo denomina la tradición morisca-, capaz de activar los cuatro elementos clásicos (agua, aire, tierra, fuego) y detener la catástrofe.
Aquí estamos, cuando surge un gran imponderable: el amor. Sin que nadie lo invitara, el amor cae sobre el expolicía y ahora taxista -un soberbio Bruce Willis- y una joven perteneciente a los Mondoshawan, comunidad extraterrestre y aliada a los humanos. Hay desparpajo (el teleperiodista Tricky nos hace reír a la hora de los tiroteos), grandeza escénica, ambigüedad: tres factores que le permiten a Besson forjar la historia de un pasado mañana complejo, ruidoso, dispuesto sin embargo a enfrentar sus retos. Una historia de chatarra pero también de seres vacantes de afecto y alegría, minúsculos de cara al infinito de las estrellas y el hormiguero de la metrópoli humana y deshumanizada.
A uno le dan ganas de gritar a mansalva la frase de Paco Ignacio Taibo II, al cierre de su libro Días de combate: "¡Cuánta soledad, carajo! ", pero, si uno examina mejor las cosas, no dejará de advertir que El quinto elemento acarrea por el camino un discreto y valeroso optimismo: y este es el mensaje.
Como yo soy un tipo muy inseguro, al término de la proyección corrí a mirar el cielo. Estaba en su lugar todavía; y allí habría de seguir -de acuerdo con la película- por lo menos durante los próximos cinco mil años. ¡Qué alivio!