4 diciembre, 2011
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¡ Él no está! ¡Él no está! grita, desde dentro de una tienda, la mujer que cocina para Nicanor Parra. Es una mujer de pelo negro, lacio, desordenado, de un parecido asombroso a Violeta Parra. Nos mira enojada, desconfiada, y grita por tercera vez que el poeta salió. La mujer es el cerco eléctrico que controla el ingreso en la intimidad de Nicanor Parra, y el poeta (dice) está comprando Coca Cola a varias cuadras de su casa de la calle Lincoln, en el balneario de Las Cruces de Santiago. Nicanor anda a pie, pero nosotros tenemos auto y aceleramos cuesta arriba.

Los dos Volkswagen escarabajo dorados, destartalados, están puestos frente a la reja de madera blanca, tal como nos indicaron los carabineros hace unos minutos. Hay otras señales: en uno de los listones de la madera, alguien garabateó con marcador negro: “El Nobel para don Nica”. Sobre la puerta de entrada, que es de madera café con una ventanilla, un grafiti mal hecho dice: “Antipoesía”.

Las puertas están cerradas, pero las ventanas se ven abiertas de par en par, y las cortinas se cuelan afuera con el viento. Es la una de la tarde de un lunes de noviembre. El día está soleado, y en la casa de madera de dos pisos de Nicanor Parra no se escucha ruido alguno, salvo el chillido de las gaviotas.

–¡Nicanoooor!

–¡Nicanoooor!

Nada. Abro la reja blanca. Bajamos por la escalinata, miramos por las ventanas. Golpeo la puerta de madera: nada. La “Violeta” tiene razón. Estamos allí las tres: una escritora peruana crespa y sexy , una fotógrafa rubia despampanante, y esta periodista, paradas frente a la casa de Nicanor Parra con un canasto de mimbre, tres botellas de vino –dos de tinto, una de blanco–, un descorchador y dos ejemplares de sus Obras completas II , que acabamos de comprar en el mall de San Antonio a 35.500 pesos [68 dólares] cada uno.

Al fin sucede lo imposible: la ventanilla de la puerta de entrada se abre, y detrás de un enrejado de fierro aparece el rostro del poeta. Sus ojos azules, inquisidores, desconfiados, nos miran de arriba abajo y de un lado hacia el otro. Tiene puesto un gorro de lana que le tapa la mitad de la frente. Más tarde dirá que hoy amaneció con una frase de Hamlet rondándole la cabeza: “How if I say no?” (¿Qué tal si digo no?), pero ahora no dice nada.

Parra cierra la ventanilla, abre la puerta y hace un ademán para invitarnos a su mundo. Ya no tiene puesto el gorro de lana, viste unos pantalones de pana beige, una camisa verde con un lapicero Bic prendido del bolsillo. Debajo de la camisa se cuelan los bordes de su pijama celeste, la que probablemente usaba cuando irrumpimos en su soledad.

Avanzamos por un pasillo de paredes blancas donde están escritos, con marcador, varios números telefónicos, como el de una clínica y el de su nieto Tololo . Hay una estatua de mujer, artefactos, una foto antigua junto a la de su hermana Violeta en la carpa de La Reina. A la izquierda están la sala, los ventanales, la terraza y el mar.

Durante unos segundos, Nicanor Parra estudia el lugar y elige para nosotras el sofá que mira hacia el océano. Él se sienta en una silla de paja, dándole la espalda. Cuando nos sumergimos en la conversación, se escucha el abrir y cerrar de la puerta principal. Es la “Violeta” que entra a tranco pesado, directamente a la cocina. Para nuestro alivio, ya estamos en la zona de seguridad.

Nicanor no pregunta quiénes somos, ni cómo nos llamamos ni en qué andamos. Le decimos que somos sus admiradoras. También saco mi libreta y mi lápiz. Le digo que escribo artículos y que me gustaría hacer algo sobre esta visita. Me mira serio, sus ojos azules como proyectiles, voltea la cabeza, y, sin contestar, cambia de tema.

Retrato de familia. Hace una semana, Nicanor Parra Sandoval dejó con los crespos hechos a todos los admiradores que irían a verlo al lanzamiento de sus Obras completas II en la Feria del Libro de Santiago. En un comunicado de prensa, la editorial Random House Mondadori lo excusó por razones de salud: habría sufrido un ataque de asma.

Tiene 97 años, pero no parece enfermo, no tose ni carraspea, camina, maneja y lee sin anteojos. Un frasco de Rinomex sobre la mesa de centro –un descongestionante y antialérgico– se confunde entre un libro de Hamlet , diarios y papeles, e indica que quizás el episodio sí fue cierto..., aunque quizás no.

Para romper el hielo, le digo que conocí a su hijo Barraco , que tocó guitarra en una fiesta a la que asistí. Barraco (Juan de Dios Parra), músico, un virtuoso de Juan Sebastian Bach, hermano de Colombina, nombrado Barraco porque, cuando guagua [bebé], gritaba como chanchito, asegura su padre, casi no viene a visitarlo.

Barraco es un Apolo – continúa Nicanor.

Barraco es alto, flaco, rubio, de pelo rizado, ojos azules y rostro angulado como su padre. Es hijo de la Nury Tuca, la mujer catalana que lo tuvo cuando era veinteañera, y Nicanor un sesentón. Parra la define como de “estilo Liz Taylor”; pero, más importante que todo eso, Barraco es el padre de “Lina Paya”, de Cristalina Parra, la nieta de once años que robó el alma al poeta y que se autobautizó así.

“Lina Paya” vivía junto a sus padres en la casa de La Reina que Nicanor tiene en Santiago. Recuerda una de las últimas cosas que le dijo:

–Abuelo, ¿por qué te vas?

Él le contestó:

–Porque tú no me quieres.

Ella replicó:

–Yo sí te quiero, pero, si querís, ándate.

Nicanor cuenta que una vez la pillaron cantando y que el resto de la familia se puso a cantar con ella. La niña dijo:

–No. Ustedes no cantan. Yo canto; ustedes aplauden.

–Esa es la “Lina Paya” –dice Nicanor, emocionado.

–¿Viene a verlo acá?

–Ahora ya no.

Se queda unos segundos en silencio. La escritora crespa, sexy y limeña, le dice:

–Te traigo un regalo –y le pasa su último libro, una colección de cuentos. Olvida decirle que él aparece en uno de ellos. Nicanor lee la contratapa, se entera de que es peruana y le recita un huainito [canción andina]:

“Bajando de Machu Picchu, / perlas challay, / me enamoré de una chola, / chiguas challay, / más linda que una vicuña, / perlas challay, / pero ella no me hizo caso, / ¡palomitay! / “Eres demasiado viejo”, / perlas challay, / me dijo y huyó riendo, / chiguas challay, / y yo me quedé pensando, / perlas challay, / ¡qué cosas tiene la vida, / palomitay! / Mejor me vuelvo a Chile, / perlas challay, / donde me espera mi vieja, / chiguas challay, / con mis siete ratoncitos, / perlas challay, / y aquí no ha pasado nada, / ¡huifayayay!”.

La escritora peruana le recita –le canta– otro huaino de vuelta, uno sobre el huacatay [hierba comestible].

–¿Tinto o blanco? –le preguntamos.

–Parece que tinto –dice él, y la crespa sexy y limeña parte a la cocina a buscar vasos y a meter el blanco en el refrigerador, donde ve un pedazo de pollo y un pan de mantequilla. La “Violeta” la mira en silencio y con desdén.

Trabajar, no trabajar... Por mientras, paso al baño. En la pared cuelga un cartón blanco algo ajado donde está escrito, en versión antipoema, que no tiren papeles al escu-sado. Las toallas son amarillas, a la ducha le faltan algunos azulejos. Cuando regreso, Nicanor está interrogando a la fotógrafa rubia despampanante.

–¡Ah!, Chile fue un país de poetas –le dice–, luego un país de columnistas. Antes había sido un país de historiadores, y ahora es un país de di-se-ña-do-res. Cuando compro el diario, lo que más llama la atención son los monos [las historietas].

Se pone de pie y, desde una mesa pequeña, trae la portada de un suplemento deportivo del 16 de noviembre pasado con una foto a página completa de un futbolista con la lengua fuera, probablemente celebrando algún gol. En un papel blanco doblado bajo la foto, Nicanor Parra escribió:

“TODO POR UN MTO DE ÉXTASIS”

Se ríe, toma un sorbo de vino y explica que su método de trabajo consiste en apoderarse de lo que hacen y dicen los demás. Lo llama “estilo Bill Gates”.

–El método es el siguiente: no hay que trabajar; hay que hacer trabajar al resto del mundo para uno.

Parra toma uno de los ejemplares de su nuevo libro; lo hojea. Parece que nunca lo hubiera visto. No puede creer que cueste 35.500 pesos. Dice que se divirtió como chino escribiéndolo. Son más de mil páginas escritas entre 1975 y 2006.

–Me falta un año y tanto para los cien. La pregunta ahora es: “¿Para qué vivir tanto?”. La Violeta se suicidó a los 50, y un mes después tuve un sueño.

Relata que era de noche y él estaba en un bosque. Subía por una escalera destartalada, que no conducía a ninguna parte, y, antes de llegar al último peldaño, oyó una voz que venía por detrás. Decía: “Tito, no seas imbécil. Tito, ¿por qué no te matas?”. Escuchó la frase tres veces. Volteó la cabeza y allí estaba Violeta, envuelta en un chal, diciéndole: “Tito, no seas imbécil. Tito, ¿por qué no te matas?”.

La Violeta. El suicidio es un gran problema, asegura Nicanor, y vuelve a Hamlet:

To be or not to be . Ser o no ser.

No ha visto la película Violeta se fue a los cielos , de Andrés Wood.

–Es una película bonita –le digo.

Sin embargo, a Nicanor no le gustó el título y por esto no la verá nunca, dice. No le gustó que el nombre de su hermana no viniera precedido del artículo “la”, como se estila en los barrios pobres donde crecieron. Él era “el Tito”; Roberto, “el Roberto”, y Violeta, “la Violeta”.

–Eliminar el artículo es puro arribismo –dice. Hubiera ido a ver la película si se hubiese llamado “La violenta Parra”. Así le decían en Chillán los choros [ladrones] burgueses –cuenta.

Le digo que se llamó Violeta se fue a los cielos porque está basada en el libro homónimo de su hijo Ángel (Cereceda) Parra.

I couldn’t care less . El Angelito es un buen niño, pero se enredó en las alfombras burguesas. ¿Entiendes eso o no?

Tampoco ha leído el libro. Le digo que me sorprendió que él apenas haya salido en la película sobre su hermana. Hace un ademán de disgusto. Le pregunto entonces cómo Violeta fue tan brillante en su escritura, en sus canciones, sin haber estudiado.

–Yo la inventé a la Violeta. Es la hermana menor mía; yo la inventé –dice y nos recuerda una frase que dijo ella misma: “Sin Nicanor no hay Violeta”.

Se remite al barrio de Estación Central, a la calle Melipilla, número 1440, donde su madre, Clara Sandoval, tenía un restorancito.

–Era tan penca [malo] que no tenía ni nombre –dice y se pone a zapatear en el suelo. Zapatea en el suelo cuando dice algo gracioso, y, cuando lo dice, suena muy gracioso.

Cuenta que un día llegó hasta allí y se encontró a la Violeta y a su hermana Hilda cantando y tocando la guitarra. Le preguntaron qué le parecía y él contestó:

–Folclor radial, folclor comercial.

Le sugirió a la Violeta que fuera al campo a ver cómo cantaban las campesinas. Le hizo caso y partió con su grabadora.

–Y pasó lo que pasó –dice.

–¿Y Hamlet inventó a Nicanor?

–Yo aprendí mucho de él o me confirmé en él. Lo que pasa es que Hamlet se hace el loco, esa es la clave.

Hamlet y amigos. Nicanor Parra tradujo las obras de Shakespeare del inglés al castellano. Nos pregunta si hemos leído esas obras.

–No –decimos las tres.

–No tienen perra idea con quién están hablando –dice y continúa:

–Yo no tengo nada que ver con eso que llaman arte. Yo salí de la carga de la burra hace mucho tiempo. ARTE (mueve las manos como si estuviera la palabra en el aire) > verguenza ajena. Artimañas del rey para manipular al huevonaje. No al arte. Yo me despedí incluso de Shakespeare.

A Hamlet en particular hacía meses que no lo leía: lo tenía cancelado, dice. Su hermano Roberto, el de las cuecas bravas, que apenas terminó la primaria, una vez, después de escucharlo recitar a Hamlet, le dijo que era basura, basura al cuadrado, y lo convenció; pero hoy, este lunes de noviembre, amaneció con esa frase, “How if I said no?”, y se obsesionó.

También está obsesionado por descubrir las razones de por qué Ofelia le fue infiel a Hamlet. Hace unas semanas se encontró con una enfermera que conocía de antes y le preguntó.

–Dígame, ¿por qué cree que Ofelia le puso el gorro a Hamlet?

Ella le respondió:

–Porque era poco hombre.

–Una de las fallas de Hamlet es que era machista. El que no lava platos en Inglaterra está perdido. Yo soy un asqueroso machista latinoamericano.

–Supongo que a usted nadie le puso el gorro.

–Ese es un secreto. Te hubiera contestado la “Lina Paya” a esa pregunta.

Nicanor Parra abre un enorme libro rojo. Es el catálogo de la exposición que montará en Barcelona en enero del próximo año. Es una recopilación de lujo como ninguna que le hayan hecho en Chile.

Un inmortal. Nicanor Parra abre una página al azar. Aparece la foto de su curso en el último año, el sexto de humanidades del Internado Barros Arana, con la leyenda: “Todas íbamos a ser reynas”. Es la misma foto y la leyenda que tiene colgada dentro de un marco en esta sala. Los repasa uno por uno. Se sabe los nombres, los apellidos, las historias. Hasta hace un tiempo, él y otro “ñato” [chico] eran los únicos vivos. Es probable que hoy él sea el único. A los cien años, dice, sólo aspira a no olvidar demasiadas cosas.

–Anota bien porque después todo se olvida –dice mirando mi libreta.

Sin embargo, él no olvida que el rector del Barros Arana se apellidaba Alcayaga y que era primo de la Gabriela Mistral; que el capitán del equipo de básquetbol era un alemán de dos metros; que el tesorero fue encontrado muerto en su departamento, degollado y vestido de mujer, y que el primero en morir fue un compañero que sacó la cabeza por la ventana de un tren y lo decapitó un poste.

–El último va a ser usted –le digo.

–Por fin un inmortal en la familia –dice y se larga a reír.

Son cerca de las tres de la tarde. Desde la cocina se huele el pollo que se cuece en la sartén. Nicanor Parra desayunó tarde un brunch con dos huevos a la copa, y se excusa por no tener almuerzo para nosotras. Sugiere que vayamos a comprar unas galletas. Él también quiere ir.

Cuando salimos, nos cuenta que él es un hombre de negocios; que, un día, mientras caminaba por la calle, unos señores, arriba de un camión, lo pararon.

Le mostraron un cheque por treinta mil dólares y le pidieron 30 segundos de su tiempo. Pensó que era una broma, pero se arriesgó. Le pidieron que tomara un vaso de leche y dijera: “Yo tomo leche”. Fue al banco y el cheque tenía fondos. Se ríe.

La limeña crespa y sexy y la rubia despampanante se bajan a comprar galletas, papas fritas y bebidas en el mismo almacén donde la “Violeta”, que le compraba su Coca Cola, nos dijo que no estaba. Nos quedamos en el auto, conversando. Le pregunto qué le gustaría que escribieran en su epitafio.

–Cuando un periodista me pregunta eso, le contesto que es un secreto.

De regreso nos invita a pasar a la terraza. Nos sentamos, y, cuando estamos cómodas, con un vaso de vino y masticando papas fritas que él no toca, de un momento a otro se levanta y dice:

–Voy y vuelvo.

A los 15 minutos aparece la “Violeta”, señal inequívoca de que su última frase, la misma que está escrita en uno de sus famosos “artefactos” [poemas] –una cruz de Cristo sin Cristo, pero con los clavos– es una “parrada”. Las cortinas de una de las piezas están corridas. El antipoeta descansa.