Hay directores de cine con arte, y esto los diferencia de quienes tan solo suman su nombre a otros tantos en los créditos de una película. Todavía más: a esos directores el buen estilo se les nota, incluso en sus filmes más comerciales. Este es el caso de un realizador sueco, Lasse Hallström, quien viajó de Estocolmo a Hollywood con el buen talento en sus mochilas, lo hizo después de que triunfó con una cinta muy sueca: Mi vida como un perro (1985), incluidas postulaciones al Oscar.
La personalidad de Hallström para el cine está clara: liviana y generosa para entrarle al arte del melodrama, con la evocación constante de los sentimientos y sin hacer de ellos un drama interior. Así, el tono agridulce es parte inherente de cada uno de los filmes de Lasse Hallström, antes y después de su arribo a los Estados Unidos, porque su cine es muy suyo, tal la autoría.
La ironía, los conflictos familiares, la fina recreación sentimental de las vivencias y la comprensión de la conducta humana, entre otros detalles, pasaron a conformar la bitácora emotiva de las distintas cintas de Hallström. En Mi vida como un perro , este director se adentra como un maestro en el tema de la infancia, lo hace con mirada tierna y cariñosa, con envidiable tono descriptivo y admirable calor humano; el personaje es Ingemar, niño que debe irse a vivir con unas tías ante la larga ausencia de su padre y la enfermedad de su madre.
Esa película transcurre como un emotivo cuadro de costumbres ricamente sueco. Luego, cuando Lasse Hallström comienza su carrera en el extranjero, en 1991, con la película Querido intruso , incursiona en sus ejes temáticos con la historia de la mujer que se deprime porque siente que la posibilidad del matrimonio no le llega, pero termina casándose con un tipo a quien rechaza la familia de ella.
Baile sin música
Su siguiente filme en los Estados Unidos, ¿Quién ama a Gilbert Grape? , de 1993, describe a una familia rural que resiente el suicidio del padre, mientras la madre se ha convertido en una gorda de 230 kilos. Con un gran calor humano, la película cuenta las relaciones emotivas entre Arnie, retrasado mental con quien su hermano Gilbert comparte sueños: es un baile sin música, hasta que llega Becky, muy llena de libertad, a completar las vidas de ellos. Excelente largometraje.
La siguiente película, más a lo Hollywood, de 1995, es El poder del amor . Es la historia de Grace, quien lleva una vida rutinaria, hasta que encuentra a su esposo besándose con otra, por lo que Grace inicia un proceso de reencuentros: consigo, con sus familiares y con las circunstancias. Es una historia burlona, pero no es el mejor filme de Hallström.
Luego vino uno de los más acertados logros del director sueco: la película Las reglas de la vida , de 1999, con la historia de un muchacho crecido en un orfanato que un día sale a conocer el mundo. Es un melodrama tejido a puro nudo de garganta, rupturista en su propuesta ética (sobre el tema del aborto) y ferviente en su emotividad: pasa de las formas tradicionales del género melodramático a la riquísima indagación psicológica, con personajes amorosamente definidos.
Fábula de la golosina
Del año 2000 es una de sus cintas más exquisitas: Chocolate , película convertida en golosina, cargada de sugerencias, mientras corre como una fábula sobre la bondad humana, como una endulzadora receta sobre el amor y la tolerancia. Su historia transcurre en un pueblo francés, donde un conde y un cura imponen voluntades, hasta que un día llega una madre soltera (con su hija y sus chocolates), y todo cambia. Es un filme impecable, dulce y simpático.
Ahora el turno es de Atando cabos , del 2001, cinta que tiene el problema de que abarca muchas situaciones y personajes, pero no aprieta tanto; aún así, el filme destaca por el balance emotivo y por el sentimiento narrativo, bien dosificado entre el melodrama y el sentido lírico de sus imágenes, con la historia de un tipo perdedor que busca reencontrarse en el pueblo de sus ancestros.
El sentido fabulador del cine de Lasse Hallström, como se comprueba con su filmografía, insiste en ver el mundo más allá de su envoltura realista, sin renunciar a ella: de ahí el recurrente universo de la parábola para acercarse a la naturaleza humana, el material poético en relación con lo emotivo. Ese es Lasse Hallström: en el nombre de los sentimientos.