Ivannia Varela Q. ivarela@nacion.com
Antes del puente plateado que hoy luce imponente, los indígenas que viven en Bajo Chirripó debían cruzar el río Zent a nado o a remo cada vez que la lluvia se ponía inclemente. Por esas aguas y en tan precarias condiciones, transitaban para sacar a sus enfermos o, simplemente, para abastecerse en la única pequeña pulpería que funciona al otro extremo.
Ahora, esa construcción colgante de 110 metros de longitud les cambió la vida. El Puente de las Culturas, inaugurado el pasado 20 de mayo, les permite salir de la montaña con más facilidad e incluso se ha convertido en un punto de encuentro para que los turistas esperen allí a los indígenas y les compren sus coloridas artesanías.
Pero este puente no es una obra más, de esas que se construyen solo para llevar progreso a poblaciones lejanas.
Su historia también está impregnada de la palabra "solidaridad" y se remonta a casi diez años, cuando un indígena cabécar buscó a la estadounidense -y casi tica porque ha vivido en el país durante los últimos 30 años- Gail Nystrom, de la Fundación Humanitaria Costarricense, para pedirle ropa, comida, ayuda médica y asistencia educativa.
Tras conocer la realidad que azotaba a los indígenas de Bajo Chirripó, esta mujer y los voluntarios que conforman esta fundación (que en distintas partes del país desarrolla cerca de 50 proyectos de ayuda a poblaciones en riesgo y de escasos recursos), decidieron hermanarse con ellos. Y la misión se la tomaron muy a pecho porque hoy los moradores de esas comunidades -unas 3.000 personas- cuentan con una escuela, muchos ya hablan español (además del cabécar), ingieren una dieta más nutritiva, una vez por semana disponen de servicios de médicos "a domicilio", y gran cantidad de mujeres se han transformado en empresarias al fabricar y vender sus artesanías.
"Cuando los vimos por primera vez, fue muy triste. Niños desnutridos, sin oportunidad de educarse y que vivían en la pobreza extrema. Sabemos que todavía hay mucho qué hacer allí, pero no descansaremos hasta conseguir que vivan mejor", aseguró Nystrom con optimismo.
El sentido humanitario que caracteriza a esta mujer ha contagiado a muchos a lo largo de estos años. Entre ellos, a su amiga, la bibliotecóloga Chris Thomas, y al profesor Michael Purpura, ambos funcionarios del Country Day School, en Escazú..
Gracias a ellos fue que en el 2000 nació la Junior Costarrican Humanitarian Fundation, dirigida por Purpura y constituida por los escolares que, año tras año, cursan el quinto grado en este centro educativo.
"Nuestra experiencia ha sido maravillosa. Los niños se han identificado con los indígenas, los han visitado en varias oportunidades y han planeado actividades de todo tipo para ayudarles. Han hecho encuentros, un show de talentos y recolectas con el fin de conseguir ropa, alimentos y dinero", explicó Thomas.
Tras las lluvias. En enero del año pasado, y después de las fuertes inundaciones que azotaron al país, los indígenas quedaron aislados, sin alimentos ni asistencia médica durante varios días.
Por ello, este entusiasta ejército de voluntarios se fijó una nueva meta: construir el largo puente sobre el río Zent.
Para ello, tocaron infinidad de puertas y de corazones. Finalmente, los alumnos lograron reunir $2.000 (cerca de ¢1 millón) y la Embajada de los Países Bajos otorgó una cuantiosa donación que permitió materializar esta obra, valorada en $20.000 (¢10 millones). También contaron con la ayuda de particulares, como Julio Abarca y John Thomas, quienes obsequiaron su mano de obra, el intelecto y lograron reducir los costos, a pesar de que no tenían suficiente experiencia en este tipo de construcciones. Una placa metálica intenta agradecer a quienes pusieron su grano de arena, de un modo u otro.
Mas el puente no significa el final del proyecto con los indígenas cábécar de Bajo Chirripó.
En este momento, los miembros de la Fundación Humanitaria Costarricense -y también los niños del Country Day- están determinados a construirles una clínica en los próximos meses. Es su nuevo sueño.
"Así ya no tendrán que viajar con sus niños o mujeres embarazadas hasta Batán o Limón para acudir al centro médico más cercano", afirma Nystrom, convencida de que "querer es poder" y de que, en Costa Rica, todavía hay muchísima gente dispuesta a ayudar al prójimo.