Es mediodía y otra ciudad se dibuja en las sombras del asfalto. El vacío tiene la forma de la luz y todo lo que existe, la consistencia de un reflejo. Para quien mira estas sombras detenidamente, la realidad podría perder fácilmente su carácter sagrado.
En las inmediaciones del parque España, tres siluetas se detienen al borde de la acera. Una de ellas conoce el significado de aquel instante en que, por misterioso azar, el sol se proyecta desde lo alto, desdoblando sobre el suelo esa segunda existencia de las cosas, tan inasible y fluctuante como un espejismo: es la silueta de Albert Robinson Roberts.
-Vea ese poste ahí, dice Robinson, señalando hacia abajo. La sombra de un poste se yergue al lado de nuestras propias sombras y parece como si también esperara para cruzar la calle.
-Él también es materia pero nosotros somos materia en movimiento. Yo puedo atravesarlo -dice, desplazándose un poco y provocando una fusión de su sombra con la del poste- pero en realidad él también me atraviesa a mí.
La empinada cuesta de avenida 7 sube hacia los barrios del este -Aranjuez, Otoya, Escalante- dejando atrás el mismo centenar de cuadras que conforman la ciudad desde hace más de 100 años.
Dicen los libros que San José fue la segunda capital, después de París, en brillar con luz ajena (el invento del siglo; la vanguardia): la luz eléctrica. De esa vieja modernidad, nos ha quedado el monóxido de carbono.
Robinson camina lentamente y cada paso es una revelación: un neumático, dos chapas, tres millones de medias, una pantufla de pie izquierdo, dos tangas, una esponja de lavar platos, varias tuercas de grueso calibre, la mitad de un pantalón, varios pantalones completos, una lámina de aluminio, cordones, diademas, cuatro toneladas de pantis , ligas, anillos, pulseras, bolsas, clavos, piedras y todos los escondites del mundo en los bolsillos de ese otro cuerpo que lleva sobre el cuerpo, a manera de vestimenta.
Todos los días, San José se derrumba un poco y Robinson arrastra los escombros. A él no le preocupa que la ciudad esté amotinada y que muchos la consideren intransitable. Él mismo está amotinado; atrincherado en el esplendor de su extravagancia.
-El hombre puede seguir su propio rastro, pero le da pereza, dice Robinson, desenterrando un enorme tornillo con la punta del pie, apenas visible entre la hojarasca. "Cobre; plata; plomo; son elementos que no dejan pasar espíritus", continúa, sopesando el invaluable hallazgo y desenterrando de sus propios bolsillos una figura similar, pero plástica, que encaja a la perfección con la cabeza de la tuerca.
Sin tiempo para explicaciones, une ambas figuras con un cordel, limpia sus bordes y, con una pregunta, pone un nuevo objeto ante nuestros ojos:
-¿Qué significa esto?, dice, ofreciendo el tesoro.
La pregunta es incontestable porque no es una pregunta, sino una forma de convertir en diálogo el eterno monólogo en que fluye su travesía.
-Yo solo sé que todos los días me tengo que levantar contra el mal que quiere destruir el reino de Dios, dice Robinson. "Debo juntar el bien con el mal: lo que está suelto, amarrarlo; lo que esta amarrado, soltarlo".
Desinterés. Dice que cumplirá 60 años el próximo 5 de noviembre. Dice la verdad pero se equivoca: cumplirá 59. Quitarse un año de encima no puede considerarse un acto de vanidad y, tratándose de él, tampoco un atributo de su mala memoria.
El error solo puede achacarse al desinterés: sinceramente, no es en este tipo de asuntos en los que está interesado un hombre como Albert Robinson Roberts.
"Antes era Albert Robinson Roberts", corrige él, "ahora soy Ramsés: reencarné en el 83".
-¿En serio?
-He muerto más veces que la momia azteca: llevo 28 reencarnaciones. Soy Taras Bulba, Gengis Khan, Jehová, el abuelo de Jesucristo, Nat King Cole, el doble de Elvis Presley y el primo de Abraham, dice. "Yo.", agrega despacio, "en realidad, soy Albert Einstein".
-Ah, también.
-Ah sí, un bichito, pero hay que ser humilde.
En una esquina de la antigua Fábrica Nacional de Licores, Robinson señala la parte alta del edificio, a nuestras espaldas.
-Estas son escrituras de la cultura tolteca, dice, como si tuviera ojos en la nuca.
En lo alto del muro, justo en el ángulo que corta la esquina, sobresalen unos rostros en bajorrelieve que jamás habíamos visto y no precisamente por su reciente fabricación, sino por todo lo contrario: porque siempre estuvieron ahí.
En su espontánea disertación sobre los lenguajes arquitectónicos de la zona, la erudición y la fabulación son esclavas de una ciencia aún mayor: la casualidad mística.
En su exhaustiva interpretación urbana, todo accidente, toda eventualidad, es fundamental para comprender el mapa de relaciones simbólicas que "los dioses" - sus dioses - despliegan alrededor. Para él, no basta con saber que tal o cual edificio es neoclásico: hay que tomar en cuenta la cantidad y disposición de los postes de luz que hay delante, valorar el significado de la imagen de una Virgen de Los Ángeles pintada en un azulejo en la acera de enfrente, sin desdeñar el ángulo de ubicación de una basura que dice centenario y sobre la que brilla un cielo azul, solo interrumpido por una lejana columna de humo gris. Las asociaciones libres son vitales e infinitas.
Irónica provocación. Las palabras de Robinson siempre destilan un denso barniz universitario y el perfume de la locura, aunque nunca se sabe. Con él, a veces todo parece una irónica provocación.
"También me preocupo por el entorno espiritual de la comunidad", dice, "porque en la medida en que la comunidad pierde la perspectiva espiritual de mi labor, en esa medida el cosmos se desordena. Estamos en tiempos de transición: todo el mundo está quisquilloso, desde los dioses hasta los animales. Si el faraón no los estimula a estar en conciencia, todo se desordena. El cosmos está en juicio y Jesucristo está sobre la jugada, incluso con plata".
Vagar sin rumbo. Con más de 10 años de rodar sin rumbo, Robinson es lo mas parecido a un guía turístico en ruta permanente por la "dimensión desconocida". Conoce San José centímetro a centímetro: las calles se hacen bajo sus pies y estos, siempre están trazando y entrelazando coordenadas imaginarias.
"Hace 16 años que no descanso porque si descanso, hay que volver a empezar desde el principio", explica.
Nos atrevemos a preguntarle hacia dónde vamos ahora.
-Vamos por aquí-, responde con caballerosidad, lanzándose a la calle.
Alcanzamos la otra orilla y llegamos a una desvencijada verdulería. En su interior, "el faraón" brinda con Milory al tiempo que se come un banano. Nosotros, a falta de bebida, brindamos con el banano.
-¿Y si conseguimos una guitarra?
-Podría cantar, aunque hace tiempo que no lo hago.
-Es como andar en bicicleta: lo que bien se aprende nunca se olvida.
-Es cierto: la reina Isabel fue mi profesora de primer grado; la reina de Holanda, mi profesora de protocolo; San Luis Gonzaga, mi profesor de guitarra.
Abandonamos la pequeña cueva y, de golpe, recibimos el impacto del mediodía.
-¿Qué vas a hacer hoy?, le preguntamos.
-Caminar.
-¿Y después?
-Cerrar las puertas del infierno.
Otros tiempos. El presagio del aguacero disuelve las esquinas; apura los tragos; abre los paraguas. Está a punto de llover y cientos de pájaros se lanzan desde lo alto de las azoteas. Todas las miradas se elevan hacia el cielo, excepto la de Robinson, que siempre está en todas partes.
Hace muchos años, Albert Robinson Roberts tocaba la guitarra y cantaba sus propias canciones con el grupo Fontana. Era un éxito. Se presentaba en bares y hoteles, y se ganaba la vida como músico profesional.
"Hace 30 años estaba recién casado", recuerda. "La historia comienza cuando me lanzo a las orillas para alimentar a la familia. Imagínese, seis hijos. El canto para mí siempre fue más una necesidad que un placer y yo, con lo que sabía, estaba tratando de salvar a la familia de la crisis de los años 80" .
Incluso para Robinson es difícil precisar en qué momento sustituyó todo por la deriva urbana incondicional, pues el tema desaparece de la conversación sin dejar rastro.
Con el agua encima, Robinson rebusca entre sus bolsillos hasta descubrir un nuevo impermeable: lo que alguna vez fue una tela plástica negra amarrada a una especie de antena circular, apenas para lucir como un cruce entre Batman y Mi marciano favorito.
Nos resguardamos en un restaurante chino, cerca de La Corte, donde acompañamos un café con queque de zanahoria y chocolates. Quizás sea por culpa de Borges -que dice que la lluvia es una cosa que siempre sucede en el pasado-, que Robinson recuerda una de sus canciones: especialmente una.
Desde la silla plástica, rasga una guitarra imaginaria, y canta.
Estoy en el olvido/ porque me abandonaste/ no sé que hacer/ si moriré/ cómo extraño ese nido/ me siento como herido/ cual flor al viento/ me deshojé/ Yo fui quien flores te envió y poemas dejo escritos para ti/ Yo quien te amó, te canto y también permitió/ que te fueras así/ Con el pasar del tiempo/ todo es correr tras viento/ este no es tiempo/ de amar así/ otros te prometieron y ya ves/ nada te dieron/ mas yo de mi todo te di/ Yo fui quien flores te envió y poemas dejo escritos para ti/ yo quien te amo, te canto y también permitió/ que te fueras así/ Yo, yo, yo, te amé.